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El amor basta… pero siempre pide más

Martine Perret

ccf factory on coffee in dili. photo by Martine Perret/UNMIT 10 July 2009

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/02/14

Llevamos cuenta de lo que damos, buscamos protegernos, pero si hay algo que no empobrece es amar

A veces nos da miedo amar. Porque nos compromete, porque creamos expectativas que luego no logramos satisfacer, porque nos exigen. El amor es lo que más nos realiza como personas. Sólo nos basta amar y ser amados para ser felices.

Nos sobra todo lo que tenemos, aunque a veces, tratando de llenar el vacío que deja nuestra falta de amor, recurrimos a todo lo creado para llenar nuestra herida, para taparla, para tratar de satisfacer el deseo más hondo del corazón. Y no lo logramos.

Sólo nos bastaría con amar y ser amados. Es lo fundamental para tener paz, para vivir equilibrados, para poder sacar la mejor versión de nuestra vida, para poder dar más sin esperar nada. Sí, el amor nos salva.

Pero el amor siempre nos pide más. El amor no es medible. Hoy nos dice Jesús: «Habéis oído que se dijo: – Ojo por ojo, diente por diente. Yo, en cambio, os digo». Jesús no quiere que nos conformemos con los mínimos, quiere que aspiremos a la perfección en el amor.

Se atribuye a Mahatma Gandhi este comentario sobre esa frase del Levítico: «Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego». Cuando escuchamos hablar de la ley de Talión estamos habituados a pensar en esta fórmula hebraica del Levítico, inspirada en la legislación babilónica, como la expresión máxima de la dureza y la ausencia de piedad.

Sin embargo, la ley del Talión fue una de las primeras limitaciones al sistema de la venganza y a la intensidad del castigo aplicado al autor del delito. El propio término «Talión» deriva del adjetivo latino «talis-tale», que significa «igual» o «semejante», y hace referencia a la proporción que deben guardar el delito y la pena.

Dice el Levítico: «Al que lesione a su prójimo se le infligirá el mismo daño que haya causado». Levítico 24, 19. Es un sistema más justo que el que existía en el que se podía llegar a una venganza extrema.

Jesús no lo desautoriza. Lo que muestra son las cumbres, lo más alto, lo más grande. Está bien que se aplique la justicia, lo que corresponde. Lo que ocurre es que seguir los pasos de Jesús exige dar un salto en el vacío, tener una audacia infinita y estar dispuestos a amar hasta el extremo.

El que quiera seguirle no puede contentarse con una justicia que da a cada uno lo que le corresponde. Estamos ante la plenitud de la ley. Un amor que no conoce límites. No consiste entonces en dar lo que corresponde, lo mínimo, sino en dar lo máximo. Es la magnanimidad de la que tanto hablamos. Queremos tener alma grande. Un alma que no se conforme, que sea capaz de todo, que sueñe con lo imposible.

Como decía el Papa Francisco hace unos días: «Jesús propone a quien lo sigue la perfección del amor: un amor cuya única medida es no tener medida». Un amor sin medida, una forma de vivir que nos parece imposible.

Porque tendemos a aplicar la justicia. Si tú has hecho esto, yo hago algo equivalente, pero no más. No queremos pasar por tontos. El que da demasiado acaba perdiendo algo. Así vemos cómo muchos matrimonios se enfrían en una lucha por ver quién da menos, en definitiva. Porque llevamos cuenta de lo que damos y de lo que recibimos. No damos el cien por cien, sólo lo que nos toca, lo que es justo, lo que me han pedido, pero nunca más.

Jesús nos pide que seamos capaces de cosas que nos parecen imposibles: «No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».

Buscamos protegernos y hoy Jesús nos dice que nos desprotejamos. Poner una mejilla al ser golpeados. Y nosotros respondemos con violencia a la violencia. Darle la túnica y la capa a quien nos pide la túnica. Y nosotros tendemos a no dar siempre todo lo que nos piden. Caminar dos millas con el que nos pide caminar una. Y nosotros no estamos dispuestos a recorrer todo el camino.


Jesús nos pide la desproporción. ¿Es posible? Es verdad que cuando damos, esperamos que nos agradezcan, que valoren lo que damos y luego nos den lo mismo. Y si no sucede, nos decepcionamos y pensamos que no merece la pena. Eso es envejecer y creer que lo sabemos todo de la vida, que ya nadie nos va a engañar. Así nos encerramos en nuestro muro infranqueable.

Hoy Jesús, desde la montaña, nos mira con cariño y nos anima a ser como Él. Porque cree en nosotros. ¿Cuál es nuestra medida? Nuestra medida debe ser, no lo que nos dé el otro. Ni siquiera lo que nosotros podemos dar. Nuestra medida es Él. La medida de nuestro corazón debe ser la del suyo.

En realidad, cuando Jesús habla de poner la otra mejilla, de acompañar dos millas, de dar la capa y la túnica, de amar a los enemigos, está hablando de Él. Jesús no sólo nos dejó palabras, nos dejó su testimonio. Él vivió así aquí en la tierra.

Nos enseñó que con cinco panes y dos peces podemos alimentar a cinco mil y no tenemos que agobiarnos. Nos mostró que un poco de barro y saliva devuelven la vista, siempre que tengamos fe.

Nos hizo ver que una bendición permite recuperar la capacidad para andar cuando confiamos. Nos enseñó que el que guarda su vida la pierde y el que la regala con generosidad la gana para la eternidad. Nos dejó su vida como camino, sus pasos como huellas sobre las que caminar. Hizo de sus palabras fuente de vida y de su mirada un puente hacia Dios Padre.

En Él se hizo vida lo que dijo en aquel monte. Él caminó dos millas cuando le pidieron caminar una. Ofreció su mejilla en silencio cuando le golpeaban e insultaban, sin defenderse nunca. Él dio al que le pedía prestado y su vida fue siempre oblación y entrega, no se guardó nada.

Hoy nos dice Jesús: «Habéis oído que se dijo: – Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?». Mateo 5, 38-48.

Es por eso que la medida del amor es el amor sin medida, un amor sin límites. Un amor que ame a los que no nos aman. Parece imposible. Un amor que no muere al entregarse. Hemos escuchado: «No odiarás de corazón a tu hermano. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor». Levítico 19, 1-2.17-18. Un amor que al amar no se empobrece, al contrario, se enriquece.

Como decía el Padre Kentenich: «Un hombre que ama, que ha puesto su amor en el corazón de Dios, participa de la inmensa riqueza del amor de Dios. Si hay algo que no empobrece es amar, es regalar la calidez del corazón»[1]. Es un amor diferente, único, imposible. Un amor que hace plena la ley. Un amor que nos hace más libres para dar.


[1] J. Kentenich,
Kentenich Reader, Tomo I, 63

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