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¿Hasta dónde alcanza la responsabilidad por el otro?

UN Photo/Kibae Park
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Ser responsable no es sólo asumir las propias decisiones y sus consecuencias, sino también responder a la llamada de los vulnerables de hoy y de mañana

Una ética de verdadero progreso vela por el bienestar de toda vida humana, especialmente por la de los más frágiles, la de aquellas personas que, por sí solas, no pueden subsistir.
 
Hay que crear las condiciones oportunas para que estas vidas frágiles encuentren un lugar en el mundo y puedan desarrollarse en igualdad de condiciones.
 
El progreso social y moral de la humanidad es incompatible con políticas de la vida excluyentes que no garantizan igualdad de oportunidades para todos independientemente de su origen y de sus cualidades genéticas.
 
Ser responsable, tal y como lo entendía el lúcido pensador alemán Hans Jonas, no significa solamente responder coherentemente de las propias decisiones, asumir los actos libres y hacerse cargo de las consecuencias que tienen. Es responder a la llamada de los seres vulnerables que exige atención, disponibilidad, respuesta; al clamor del pobre, de la víctima, del inocente, del hambriento, del transeúnte, del sin techo.
 
La responsabilidad de Hans Jonas, sin embargo, se proyecta hacia el futuro. Interviene en ella la razón práctica pero, a la vez, la fuerza imaginativa. Vuelve a traducir de manera creativa el imperativo categórico kantiano y exige tratar a los hombres y a las mujeres del futuro dignamente, sin olvidar que son fines en sí mismos.
 
El empuje hacia el futuro, sin embargo, no puede venir del miedo, sino del amor.
 
Hans Jonas dibuja un futuro oscuro y devastado y, a partir de esta prospectiva, argumenta a favor de la responsabilidad. Muchos la califican como catastrofista y, consecuentemente, descalifican la exigencia de responsabilidad que se deriva de ella.
 
No creo que sea así. El deber de velar por el bien de las generaciones futuras no puede emerger del miedo, sino del deseo de bien que experimentamos por ellas, de la benevolencia, que es uno de los grandes frutos del amor libre y gratuito.
 
En la última de las conferencias Gifford que John C. Eccles dictó en la universidad de Edimburgo durante el curso académico 1977-1978 se preguntaba: “¿Estamos todavía a tiempo de volver a edificar una filosofía y una religión que nos puedan dar una confianza renovada en esta gran aventura vivida en libertad y con dignidad?”.
 
Quiero creer que sí, que la razón humana, empujada por el amor incondicional que hay inoculado en la entraña de toda persona, puede renovar esta confianza en la especia humana y ganar terreno en la pacificación del planeta.
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