Un obispo español lamenta los continuos ataques contra la IglesiaHemos propuesto, con ocasión de la campaña de Manos Unidas de este año, el gesto de la mano tendida por la Iglesia a todos aquellos que, compartiendo sus mismos objetivos, trabajen a favor de los más necesitados. Quisiéramos que este gesto no se limitara a la acción social concreta, sino que se convirtiera en todo un signo de la actitud de la Iglesia ante el mundo.
La mano tendida es un signo convencional cargado de bellos y profundos contenidos. Ante todo es un gesto de amistad, en concreto de una amistad que se ofrece. Lo deseamos como representación de la actitud de toda una Iglesia en relación al mundo, bien entendido que si esa mano tendida llega a ser estrechada por el otro, la comunicación, el influjo, sería mutuo. Como es sabido, este fue el gran argumento que abordó la Constitución Gaudium et Spes, La Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II. Sinceramente, creemos que ha sido también la actitud mayoritaria de la Iglesia a lo largo de todo el postconcilio.
Deseo aclarar que lo que decimos a continuación solo responde a un sencillo compartir con los hermanos un sufrimiento cotidiano.
Vivimos un momento en que mantener la mano tendida en la Iglesia es casi una tarea de héroes. Determinadas actitudes y comportamientos, así como lo que dicen frecuentemente de nosotros, o sea de la Iglesia, algunos medios de comunicación o informadores concretos resulta muy difícil de sobrellevar, si uno se propone conservar un talante evangélico.
En apenas unos diez minutos, el pasado día 11 de enero recibía mensajes del mismo o parecido tono. El informativo de mediodía de la Sexta Televisión ridiculizaba sarcásticamente las palabras de un sacerdote, sin profundizar en sus motivaciones y precisar su significado.
Al mismo tiempo, leía el artículo que firmaba Manuel Castells en La Vanguardia titulado “¿Una Iglesia franciscana?”. El argumento de este artículo era que la pretendida reforma propugnada por el papa Francisco –una reforma, según el autor, “ideológica”– era prácticamente imposible, porque en realidad el papa es un prelado conservador, que no cambiará la ley del celibato y la no aceptación del matrimonio gay (sino, todo lo más, “aceptaría la realidad de niños que crecen en parejas gays y no por eso condenarlos al infierno”); otra, la reforma de la curia vaticana y la organización de la Iglesia (que denomina “reforma política”), porque, ésta, la curia, es una auténtica cueva de ladrones, recomidos por la ambición política y económica, aliados con las redes mafiosas.
Además, añadía el articulista, “la pederastia es una práctica masiva en el sacerdocio, condonada por la jerarquía porque es peligroso tirar de la cuerda”. Me vino a la memoria otro artículo en el mismo diario, del 13 de julio pasado, “Libros imposibles (2). ‘Casarse’”, en el que Gregorio Morán, sin venir a cuento, después de decir de un obispo español que “tiene ese aire de mal follao”, confesaba: “a mí la Iglesia católica, a diferencia de los protestantes y demás religiones monoteístas, me fascina en su desvergüenza”.
No podemos decir que estas posturas representen exactamente “el mundo” actual. En el mundo hay de todo. Pero sí van creando un clima, incluso entre gente católica, de sospecha, menosprecio y desafección hacia la Iglesia muy preocupante.
Nos preguntamos si será voluntad de Dios reaccionar únicamente con resignación y silencio.
Monseñor Agustí Cortés Soriano, obispo de Sant Feliu de Llobregat. Artículo publicado originalmente por SIC