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La ley del amor

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bougie coeur

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/02/14

Que nuestra forma de hablar, nuestro pensamiento, nuestros sentimientos, nuestros actos, nuestras decisiones, estén llenos de Dios

Hoy escuchamos hablar de la sabiduría humana y de la sabiduría de Dios. Es una sabiduría que tiene que ver son los mandatos de Dios: «Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo». Eclesiástico 15, 16-2.

Dios nos lo da todo y sólo espera nuestro sí confiado. Dios nos explica la ley como un camino de vida. Jesús no ha venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. Su ley es la ley del amor y ese amor nos libera de los «noes» y de los mínimos.

La ley de Jesús es un sí al amor, a la vida más plena. Consiste en amar sin medida. O mejor aún, amar según su medida. Amar según la medida de su corazón, grande, misericordioso, que siempre da más. No según la ley, no según el mínimo, no según lo que el otro me dé. Sino según su corazón, hasta el extremo.

Así es su forma de amar. Así amó Jesús, pasó haciendo el bien, sin pensar quiénes le iban a seguir, quiénes le iban a agradecer, quiénes le iban a corresponder. Amó en saco roto. Sin contar, porque Jesús no sabe contar.

¡Nosotros contamos tanto! Contamos el bien que hago, el mal que hace el otro. Calculamos, llevamos cuenta del mal y del bien. Las palabras de Jesús hoy son motivadoras. Nos hablan de la ley del amor.

Siempre nos parece que la ley limita, pone barreras, corta las alas, restringe la vida, la coarta y reduce. La ley no ilusiona ni da plenitud, parece no dar vida. Más bien es un mal menor necesario para la convivencia. No deja de sorprender lo que puede llegar a permitir o no permitir una ley. El papel lo aguanta todo, como se suele decir.

Pero la ley de Dios, la ley de su amor, es diferente. El seguimiento a Cristo pasa por una ley que nos llena y nos da la gracia, abre horizontes, es para la vida, es eterna. Esta ley del amor nos confronta con nuestra vida, con nuestra debilidad, con nuestros sueños y anhelos, con lo que hacemos y sufrimos, con lo que nos alegra y nos exige un esfuerzo.

Así pues no es el cumplimiento externo de la ley, hasta sus últimas consecuencias, lo que nos salva, sino más bien una actitud interior que nos lleva a unirnos con Cristo en lo profundo del alma.

Es la magnanimidad la que nos lleva seguir a Cristo. Así lo explica San Pablo: «Hablamos una sabiduría que no es de este mundo (···), sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida». 1 Corintios 2, 6-10. Una sabiduría que viene de Dios y da sentido a nuestra vida. Una forma de vivir, de decidir, que no es de este mundo y nos invita al amor eterno.

Todo lo que Jesús nos dice hoy lo hace con la autoridad de aquel que ha venido a traernos la paz. Es el hijo de Dios y sus palabras tienen en Mateo la fuerza de un profeta. Jesús es el nuevo Moisés sentado en su cátedra, en el monte. El horizonte que contempla es el cielo y el mar. No hay límites.

Su voz resuena por encima del lago, de la actividad cotidiana de los hombres, de la rutina, de sus agobios y problemas. Muchos escucharían sus palabras, muchos otros permanecerían sordos a su sabiduría. Allí, en el monte, Él cura y les habla al corazón.

Seguramente da respuesta a preguntas concretas de muchas personas. Es una hoja de ruta, son pequeñas claves de la vida, de una vida diferente, de una vida verdadera. Jesús siempre habla de lo cotidiano, respondiendo a dificultades sencillas de los hombres. Comprende, acoge, escucha y después muestra su forma de vivir y de amar. Sus palabras tienen una fuerza especial porque ellos le ven compartir la vida, le ven curar, ven que come con todos.

Despierta interrogantes. ¿Cómo hay que actuar? ¿Qué le preguntaríamos nosotros? Si Él estuviese delante, ¿qué preocupaciones le comentaría, qué dudas?

Jesús muestra un camino de vida: «Yo os digo». Sus palabras vienen avaladas por la autoridad de Dios, por ese amor que nos sostiene. Porque Él nos ha amado primero y está con nosotros en el camino, nunca nos deja solos. Ese «Yo os digo» se corresponde con la promesa que nos hace: «Yo estoy con vosotros». Sí, todos los días, hasta el fin del mundo.

No se desentiende de nuestra suerte, nos acompaña, nos levanta cuando caemos, nos alienta. Sus palabras nos dan la vida y esperanza. Su voz repite nuestro nombre y la promesa a la que somos llamados.

En la película La ladrona de libros, la protagonista acompaña a un hombre en la agonía de su enfermedad leyéndole libros. Fueron esas palabras, que aparentemente nadie escuchaba, las que lo mantuvieron con vida en esos momentos de oscuridad. Cuando el hombre ya sanado se despide de la protagonista, le dice: «Durante todo este tiempo has sido con tus palabras la luz que me dio vida, ahora debes llenar tus páginas vacías, siempre podrás encontrarme en tus palabras».

Dios nos habla en sus palabras, con su voz pronuncia nuestra vida. Su palabra crea, engendra, sana. Tenemos vida en Él y vivimos de su voz, de sus palabras que marcan nuestro camino, nos dan vida y alegría. Nuestras palabras pueden sanar y dar vida.

Nosotros escribimos nuestra historia y en nuestros gestos se refleja la fuerza de Dios que nos construye. Somos sus hijos. Él está con nosotros y da fuerza a nuestras palabras. Llena las páginas en blanco de nuestra vida con su presencia sanadora. Las palabras de Jesús nos alientan, nos llenan, nos guían.

Jesús nos muestra hoy el ideal y nos ayuda a caminar con una medida generosa. Es verdad que quedarse en mínimos hace el corazón más mezquino. Cumplo o no cumplo. Hay detrás una imagen de Dios que fiscaliza, que está contento conmigo si consigo cumplir y descontento si no lo hago.

En realidad me paraliza porque me hace sentirme perfecto, puro, si cumplo con la ley y sin querer, juzgo al que no cumple. Los que cumplimos estamos dentro, los que no cumplimos no somos dignos.

Dios mira el corazón, la intención, la forma de ser de cada uno. Sabe todo lo que puedo dar. Nos pide que vivamos la aventura de pisar sus huellas. Nos llama a tener sus mismos sentimientos, a mirar y pensar como Él.

Hoy Jesús comienza poniendo un ejemplo: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: – No matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: – Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano ‘imbécil’, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama ‘renegado’, merece la condena del fuego». 

Si no mato, cumplo. No peco. Pero Jesús nos llama a tener esa delicadeza de sentimientos más allá del mínimo, a mirar a las estrellas.

A veces interpretamos el verbo matar de forma reductiva, literal. Pero es más amplio. Matamos con palabras, con ofensas, con desprecio, con falta de amor. Matamos con nuestras ausencias y nuestros silencios. Matamos con palabras que hieren y matan la honra y la fama. Matamos con nuestra falta de amor que es indiferencia.

Hoy nos invita Jesús a no conformarnos con los mínimos, a aspirar a lo más alto, a tener un alma grande y magnánima. Hoy quiere que aprendamos a pedir perdón, a reconciliarnos, a no ofender con palabras, aunque nos parezca insignificante nuestra ofensa.

Jesús va más allá, más adentro todavía y nos pide perdonar: «Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda».

Si he hecho sufrir a otro, si he pensado mal de otro, si guardo rencor, si he sido desconsiderado, duro, injusto. O si hay alguien que sufre por mi culpa. Habla de una delicadeza de sentimientos muy grande. La ofrenda a Dios en ese momento no está en el altar, lejos de mi hermano, la ofrenda a Dios es en el corazón de mi hermano. Ahí me espera Dios. El otro es el camino para llegar a Dios y yo soy el camino del otro para encontrarse con Él.

¡Cuántas veces le pedimos a Dios que se ponga de nuestra parte en divisiones que tenemos con otros! Justificamos nuestro desamor frente a Dios, quejándonos y criticando en nuestra oración.

Dios nos llama en el otro, nos llama a perdonar, a salir de nosotros hacia el corazón del otro. La rabia, la ira, el desprecio, la crítica, los juicios, las ofensas, transforman nuestro corazón y hacen peores a las personas que viven a nuestro lado porque tenemos violencia en nuestro interior. Un tigre escondido que salta cuando menos lo esperamos. Nuestro rencor saca lo peor de aquellos a los que más amamos.

El otro día una persona rezaba: «Quizás exijo demasiado y pretendo encontrar en los demás la perfección que deseo. ¿Qué es la perfección? Al igual que nos has dado talentos, tenemos innumerables debilidades y somos heridos constantemente. En las debilidades nos esperas, quieres que las aceptemos y te las entreguemos. Son nuestro contrapeso para no caer en la soberbia por los dones recibidos, el sello de nuestra pequeñez, el recuerdo permanente de nuestra dependencia filial».

Aceptar nuestra pequeñez, nuestras debilidades, es el paso previo para aceptar las torpezas de los que nos rodean y perdonar sus deficiencias. Nuestra mirada se torna benévola, justa, misericordiosa, cuando parte de la aceptación de la propia vida. Nuestros defectos nos hacen más comprensivos con los defectos ajenos.

El otro día leía: «Felices quienes intentan descubrir en los demás lo positivo que tienen y disculpan sus errores». Nuestras miserias nos vuelven más misericordiosos y más felices. Porque el hecho de no aceptar la imperfección ajena nos llena de amargura y resentimiento.

¿Cómo podemos ir al altar con nuestra ofrenda cuando hay hermanos con los que no estamos en paz? Es muy frecuente. Tapamos en lo profundo del corazón esos sentimientos dañinos, pero no desaparecen. Acudimos a la eucaristía, signo de unidad y de amor fraterno, sin estar totalmente reconciliados con algunas personas. Guardamos rencor, desprecio, incluso odio.

¿Cómo borrar del alma todo lo que nos hace daño? Una persona rezaba: «He deseado desahogarme contra mis enemigos irritándome con ellos, contestando sus ataques, enfadándome, queriendo evidenciar las acciones que a mis ojos parecen viles. Lo único que consigo es envenenar mi corazón recreándome en ello y cuanto más me regodeo pensando, más aumenta mi aversión y se hincha mi orgullo pero, ¿con qué fin?».

El odio, la aversión, el rencor acumulado en el alma no nos libera, todo lo contrario. El otro día leía: «El mal no libera. El mal ata aún cuando se hace deliberadamente e incluso cuando se disfruta»[1]. El mal nos esclaviza, nos hace más pequeños. Endurece el corazón y lo hace incapaz para el amor.

María nos enseña a amar. En María podemos recobrar esa belleza perdida por el pecado. Ella nos devuelve una mirada llena de paz. Le pedimos que nos enseñe a perdonar, a reconciliarnos, a vivir con un corazón agradecido.

Por otro lado, el Señor hoy nos invita a crecer en la fidelidad de nuestro amor: «Habéis oído el mandamiento ‘no cometerás adulterio ’. Pues Yo os digo: – El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno». 

Jesús nos habla también del pensamiento. Nos pide no cometer adulterio. Pero pide más, no sólo no pecar, no sólo el mínimo. Él mira el interior, la intención, el juicio, el deseo, el sentimiento. Confía en que podemos aspirar al máximo, aunque fallemos tantas veces.

A veces nos dejamos llevar por pensamientos de envidia, de celos, de victimismo, de juicio, de crítica, de queja. Nos cuesta pensar bien, no sospechar de los otros, ponernos en su lugar, comprenderles. Juzgamos y somos duros. ¿Cómo son mis pensamientos? ¿Los cuido?

Queremos pedirle a María, en el Santuario, que nos eduque a imagen de Jesús, que nuestra forma de hablar, nuestro pensamiento, nuestros sentimientos, nuestros actos, nuestras decisiones, estén llenos de Dios. Dios tiene que penetrar hasta lo más hondo de nuestro interior. Él quiere llenarlo todo, todas las parcelas.

Puedo elegir. Vivir con Dios o sin Dios. Vivir una vida plena o una vida incompleta, muchas veces vacía.

El pecado nos aleja de Dios y nos hace ser infieles a sus deseos. Lo somos cuando dejamos de amar, cuando nuestra vida ya no es plena, cuando es carente e incompleta. Nos alejamos del camino marcado.

Jesús nos invita a despojarnos de lo que nos aleja de Dios, a cortar por lo sano. ¿Algún miembro está enfermo? ¿Estamos enfermos? A veces nos dejamos llevar por nuestra enfermedad, por lo que es débil en nosotros y nos alejamos de Dios. Nos sentimos indignos y dejamos de luchar.

Tal vez tenemos que mirar el corazón y preguntarnos cuál es nuestra parte enferma. A lo mejor el pensamiento, que juzga y condena, que critica y piensa de forma enredada. A lo mejor nuestros ojos que no ven la bondad en las personas. A lo mejor nuestras manos cargadas de violencia en lugar de caricias. A lo mejor nuestra lengua que no sabe contener los sentimientos y habla de forma inapropiada. A lo mejor nuestro corazón en el que no reina Dios.

Por último, el Señor hoy nos invita a vivir en la verdad: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: – No jurarás en falso y cumplirás tus votos al Señor. Pues yo os digo que no juréis en absoluto. A vosotros os basta decir ‘sí’ o ‘no’. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». Mateo 5, 17-37.

Jesús simplemente nos pide que no juremos y cumplamos los votos. Nos pide que digamos sí o no. Es lo que realmente importa en realidad. Nos pide que vivamos en la verdad, aceptando nuestra vida tal y como es, sin depender tanto de lo que los demás piensan de nosotros.


[1] Alberto Reyes Pías, Historia de una resistencia, 117

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