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Papa Francisco: el que no se sienta pecador, que no vaya a misa

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Audiencia general del 12 de febrero

Queridos hermanos y hermanas
 
En la última catequesis subrayé que la Eucaristía nos introduce en la comunión real con Jesús y su misterio pascual, renovando para nosotros, como fuente inagotable, todo el amor y la gracia que brotan de la pasión, muerte y resurrección de  Cristo. Ahora podemos plantearnos algunas preguntas respecto a la relación entre la Eucaristía que celebramos y nuestra vida, como Iglesia y como cristianos a nivel individual. …. Nos preguntamos: ¿Cómo vivimos la Eucaristía? ¿Qué es para nosotros? ¿Es sólo un momento de fiesta, una tradición consolidada, una ocasión para encontrarnos o para sentirnos bien, o algo más? Hacer memoria de cuánto el Señor nos ha amado y dejarnos nutrir por Él – por su Palabra y por su Cuerpo – ¿toca realmente nuestro corazón, nuestra existencia, nos hace más similares a Él, o bien supone un paréntesis, un momento en sí que no nos implica y no nos cambia?
 
Hay señales muy concretas para comprender cómo vivimos todo esto. La primera señal es nuestra manera de mirar y de considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo realiza siempre de nuevo el don de sí que hizo en la Cruz. Toda su vida es un acto de total don de sí por amor; por ello Él quería estar con los discípulos y con las personas que conocía. Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba sus almas y sus vidas. Ahora nosotros, cuando participamos en la Santa Misa, nos encontramos con hombres y mujeres de todo tipo: jóvenes, ancianos, niños; pobres y gente acomodada; nativos y forasteros; acompañados de sus familiares y solos … Pero la Eucaristía que celebro, ¿me lleva a sentirlos a todos, de verdad, como hermanos y hermanas? ¿Hace crecer en mí la capacidad de alegrarme con el que se alegra y de llorar con el que llora? ¿Me empuja a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús?
 
Un segundo indicio, muy importante, es la gracia de sentirnos perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguno pregunta: ¿Para qué se debería ir a la iglesia, dado que los que participan habitualmente en la Santa Misa es pecador como los demás?” En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere parecer mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Ese “Yo confieso” que decimos al principio no es un “pro forma”, ¡es un verdadero acto de penitencia! No debemos nunca olvidar que la Ultima Cena de Jesús tuvo lugar “en la noche en que iba a ser entregado” (1 Cor 11,23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno al cual nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Esto resume de la mejor forma el sentido más profundo del sacrificio del Señor Jesús y ensancha a su vez nuestro corazón al perdón de los hermanos y a la reconciliación.
 
Un ultimo indicio precioso se nos ofrece en la relación entre la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una especie de conmemoración  de lo que Jesús dijo e hizo. No. ¡Es una acción de Cristo! Es un don de Cristo, el cual se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos de su Palabra y de su misma vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia surgen de allí, de la Eucaristía, y allí toman siempre forma. Entonces debemos poner atención: una celebración puede resultar impecable desde el punto de vista exterior, pero si no nos conduce al encuentro con Jesús, corre el riesgo de no traer ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia y permearla de su gracia, para que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vita.
 
Queridos amigos, el corazón se llena de confianza y de esperanza pensando en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio de Juan: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (6,54). Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe y de oración, en la certeza de que el Señor realizará lo que ha prometido.
 

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