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Las tres lecciones de Benedicto XVI

©ALESSIA GIULIANI/CPP
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El papado de Francisco debe mucho a la renuncia profética de Ratzinger

A inicios de febrero del año pasado, nadie lo podía imaginar. Las crónicas de los medios informativos sobre el Papa se concentraban obsesivamente en el “Vatileaks”, “un caso que hizo sufrir injustamente al Papa Benedicto XVI y con él a muchísimas personas”, según ha explicado en días pasados el ya casi cardenal Pietro Parolin.

Doce meses después  el Papa Francisco ha sido elegido personaje del año por la revista Time, y Facebook le ha reconocido como el trending topic del año. Incluso en Rusia, el nivel de consenso de este Papa en los sondeos ha superado el 71%, algo que no tiene precedentes en la historia. 

¿Cómo ha sido posible? La respuesta a esta pregunta está en la renuncia profética de Benedicto XVI. Aquí están tres lecciones que deja el Papa emérito a la Iglesia.

Primera lección: Una Iglesia humilde

La mansedumbre del gesto de renuncia de Benedicto XVI mostró cómo la credibilidad de la Iglesia no procede del poder o de la influencia política o económica. La credibilidad de la Iglesia depende de su apego a la verdad. Y, como decía Santa Teresa de Jesús, la humildad es la verdad. El mundo se rindió ante el gesto de humildad, basado en la verdad (basta leer la Declaratio del 11 de febrero), del Papa emérito.

Segunda lección: Una Iglesia que arriesga

En segundo lugar, Benedicto XVI ha mostrado de manera evidente lo que ya ha dicho el Papa Francisco: “Prefiero mil veces una Iglesia accidentada, en vez de una Iglesia encerrada y enferma”. El primer gesto de renuncia de un Papa en la época moderna estaba lleno de interrogantes y peligros. Si hubiera sometido a una consulta entre cardenales, seguramente la mayoría se lo hubiera desaconsejado. Los hechos demuestran un año después la grandeza de esta máxima de Bergoglio, que vivió en su propia piel Joseph Ratzinger.

Tercera lección:  Una Iglesia creyente

Si alguien hubiera vaticinado en febrero lo sucedido en estos doce meses, yo le hubiera calificado de loco o borracho. Con su renuncia, el Papa Benedicto XVI ha mostrado que quien gobierna la barca de Pedro no es un hombre con nombre y apellidos. Cuando la Iglesia vive la fe hasta el fondo, experimenta una fuerza regeneradora inusitada: es la fuerza de Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre para el creyente.

 

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