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¿Cómo saber cuál es mi propio camino?

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Es importante mirar hacia dentro, conocer nuestra alma y nuestra historia, nuestras pasiones y sueños, nuestra sed, nuestras heridas y limitaciones, nuestros dones

¿Quién soy yo? Cuántas veces nos preguntamos eso. ¿Cuál es mi misión en la vida? ¿Cuál es mi lugar? A veces creíamos tenerlo claro. En momentos de crisis vuelve la oscuridad y nos perdemos. Siempre tenemos que volver a lo esencial. Recordar que somos únicos e irrepetibles. Somos el hijo más amado, el hijo predilecto. Dios está enamorado de nuestra pequeñez.
 
Queremos descubrir la luz en nuestra vida y saber qué tenemos que hacer con ella. Ser fieles a nuestra misión, es ése el desafío del hombre. ¿Cómo sabemos si estamos haciendo lo que Dios quiere? ¿Cómo descubrimos su voluntad en medio de la penumbra?
 
Comentaba el Padre José Kentenich: «La fe sencilla en la divina providencia descubre la mano, deseo y voluntad de Dios detrás de todo, incluso de los mas pequeños sucesos»[1].
 
El Padre Kentenich quiere que seamos hijos de la Providencia. Dice así del que busca siempre su voluntad: «No es un pesimista, sino un realista y, a causa de su fe en la Divina Providencia, un empedernido optimista. Por eso el panorama que se puede ver a través de la oscuridad del tiempo es siempre tan lleno de luz»[2].
 
Somos optimistas porque nuestra vida descansa anclada en el corazón de Dios. Ahí nos sumergimos. Ahí bebemos de esa agua que calma siempre la sed. Para eso nos hace falta mucha fe. Una fe sencilla que sabe interpretar los signos. Pero sin llegar a sobrenaturalizarlo todo, queriendo explicarlo todo desde Dios. O queriendo encontrar al demonio actuando cuando las cosas no salen como queríamos.
 
Queremos buscarnos en Dios, descubrir su luz en nuestro interior. Interpretar sus voces, sus deseos. Él quiere que seamos fieles a lo que somos, a nuestra verdad más profunda. Para descubrir nuestra luz interior tenemos que aprender a vivir en su luz. Que su luz acabe con las sombras.
 
Pero a veces nos comparamos y buscamos ser quienes no somos. Miramos a otros y queremos destacar en lo que ellos destacan. Dios nos ama como somos y su mayor proyecto es que seamos la mejor versión de nosotros mismos. No quiere que imitemos, ni falsifiquemos, ni nos masifiquemos. No quiere que busquemos fuera, sino en nuestro interior.
 
Él nos llama en su corazón con un nombre propio, nos necesita como somos. Se alegra con nuestra forma de ser. Nos ha dado a cada uno una mirada única, una sensibilidad particular, maravillosa, diferente. Quiere que lo regalemos, para enriquecer a otros, para dejarnos complementar.
 
Lo que yo doy nadie puede darlo. Mi historia, llena de luces y sombras, de alegrías y fracasos, es el mejor camino por el que Dios quiere encontrarse conmigo. El que me hará santo y feliz, no otro.
 
Es importante mirar hacia dentro, conocer nuestra alma y nuestra historia, nuestras pasiones y sueños, nuestra sed, nuestras heridas y limitaciones, nuestros dones.
 
Dios nos modeló con amor y sólo quiere que nos salvemos amando. Eligió con infinito cuidado las mejores capacidades para mí, para que aprenda a amar con ellas.


[1] J. Kentenich, Dios presente, Texto 196
[2] J. Kentenich, Schoenstatt, hijo de la Providencia

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