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Su pequeña vida me enseñó lo que es el amor

© Jacoplane

Alfa y Omega - publicado el 10/02/14

11 de febrero: Jornada Mundial del Enfermo, con el lema Fe y caridad

La hija enferma de Mercedes, que sólo vivió tres meses, «me enseñó lo que significa el amor». Ésta es la experiencia de muchos enfermos y sus familias: el sufrimiento les ha enseñado a vivir a fondo la caridad, y les ha animado a buscar nuevas formas de ayudar a los demás. Ellos son ejemplo de lo que afirma el Papa en su Mensaje: «En unión con Cristo», estas experiencias negativas «pueden llegar a ser positivas»

Los enfermos no sólo son receptores del amor de los demás, una llamada para que todos nos volquemos en nuestros hermanos más débiles. En su situación de sufrimiento, pueden experimentar que Cristo «no ha eliminado de la experiencia humana la enfermedad y el sufrimiento, sino que, tomándolos sobre sí, los ha transformado y delimitado. Delimitado, porque ya no tienen la última palabra; transformado, porque en unión con Cristo, de experiencias negativas, pueden llegar a ser positivas». Lo afirma el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el día 11 de febrero -fiesta de Nuestra Señora de Lourdes-, con el lema Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos».

Una enfermedad puede convertirse, así, en llamada para que también el propio enfermo crezca en caridad, al tomar conciencia de que, «como el Padre ha entregado al Hijo por amor, y el Hijo se entregó por el mismo amor, también nosotros podemos amar a los demás como Dios nos ha amado».

En el Mensaje para la Jornada del año pasado, Benedicto XVI puso el ejemplo de santa Anna Schäffer, canonizada pocos meses antes. Con las dos piernas amputadas, postrada en cama y en medio de fuertes dolores, fue «un espejo del amor de Dios para muchas personas» que acudían a su lecho «en búsqueda de consejo». No es el único caso: al testimonio de confianza en Dios en medio de la enfermedad, los santos unen siempre el fruto natural de la caridad hacia los demás.

Ahora vivo mejor mi vocación

Es la experiencia de sor Rosalía García. Esta Hija de la Caridad ha pasado «toda la vida» como enfermera y, tras jubilarse, como voluntaria en la Fundación Jiménez Díaz, de Madrid. «Quieres a todos los enfermos, porque san Vicente de Paúl tenía un gran amor por los enfermos. Pero es muy distinto después de haber sido uno mismo el que sufre la enfermedad». Los ingresos y operaciones serias que ha sufrido en los últimos años -explica- «me han ayudado mucho a vivir mejor mi vocación», con más entrega. No se debe sólo a ver la muerte de cerca; también al cambio que supone sentirse uno mismo vulnerable y necesitado de todo.

Así lo ha vivido también María José Rubio, voluntaria en este mismo hospital. «Siempre había querido hacer voluntariado sanitario, pero no tenía tiempo». En 2010, la despidieron del trabajo y, «al mes, ya era voluntaria». El empujón final se lo había dado una operación de corazón, tres años antes: «Cuando estás mal, te das realmente cuenta de cómo una persona necesita que la escuchen. Los enfermos y los familiares nos cuentan a nosotros lo que no les cuentan a los demás para no preocuparlos». Al entrar en una habitación, «tienes que estar dispuesto a llorar con ellos o a contar chistes. A las personas les da mucha tranquilidad» hablar con alguien que ha pasado por lo mismo. Y para la propia María José, ha sido «una cura de humildad y de gratitud hacia Dios tremenda».

La historia de don José Álvarez es similar. Hace casi cuatro años, le extirparon un tumor maligno de colon en el Hospital Clínico San Carlos, de Madrid. Antes, tuvieron que operarle de un problema cardiaco que impedía esta intervención. Ahora, no sólo está bien, sino que «me encuentro mucho mejor que antes. Y es porque, a raíz de la operación, empecé como voluntario. Era algo que quería hacer al jubilarme, pero cuando me diagnosticaron el tumor ya llevaba un año jubilado y no había llegado a hacerlo. Fue la enfermedad la que me impulsó. Yo no estuve en Oncología, porque no me dieron quimioterapia; pero un día, paseando con mi mujer por los pasillos, vi el despacho de la Asociación Española Contra el Cáncer, y dije: Aquí haré voluntariado si salgo de ésta».

Familias que ayudan a familias

No es sólo el propio enfermo el que, a raíz de su enfermedad, puede convertirse en antorcha que, con su amor, ilumine a los demás. Puede ocurrir también con la familia y, de hecho, muchas entidades destinadas a ayudar a las familias de niños enfermos han nacido así.

«Pienso que Dios le ha dado a mi hija María una misión grande», afirma doña Mercedes Pérez. Muchos lo encontrarán difícil de creer, pues la pequeña nació con trisomía 18, y murió con tres meses y diez días, una vida larga en el caso de esta dolencia. «Ojalá yo, cuando me muera, haya enseñado la mitad de lo que nos ha enseñado ella. Me enseñó lo que significa el amor, me despertó la fe, y me dio una fortaleza que desconocía. Creo que vino al mundo para salvarme». Pero la misión de la pequeña no acababa ahí: tenía una segunda parte, en la que sus padres han sido «simples instrumentos». Justo después de su muerte, «empecé a buscar en Internet a familias en la misma situación. Necesitaba estar en contacto con esos padres» y acompañarlos. Quería que no se sintieran solos «como me había sentido yo», ante una cultura de la muerte que considera que la vida de estos niños no tiene sentido, y propone el aborto como única salida.

Es un orgullo hablar de mi hija

«Una médico me puso en contacto con otra familia que tenía a su hija en el Hospital Niño Jesús. Empezamos a conocer a más gente, y nos dedicamos a ponernos en contacto con otras familias». Tras varios años, fundaron la asociación Trisomía 13, trisomía 18 y otras malformaciones genéticas graves. Cuando localizan a una familia que espera a un niño así, «hablamos con ellos y les contamos nuestra experiencia. Les orientamos hacia los sitios donde te tratan mejor», y les asesoran sobre cómo mejorar la corta vida de sus hijos. Ahora, Mercedes no puede dedicarle tanto tiempo como al principio, y otras familias han tomado el relevo. Pero asegura que no le costaba nada revivir su experiencia al compartirla con los demás: «Para mí ha supuesto tanto mi hija, que es un orgullo hablar de ella».

También Franchek Drobnic y su mujer han convertido la enfermedad de un hijo en una oportunidad para ayudar a los demás. Son médicos y, cuando a su hija Carmen, de cuatro años y medio, le diagnosticaron neuroblastoma, sabían que la supervivencia de este tipo de cáncer es sólo del 50%. «Esta experiencia -afirman- ha afianzado mucho nuestra fe. Parece que has de pasarlo mal para ser más consciente del sufrimiento de Jesús por nosotros. También somos más conscientes de las personas que lo pasan mal a nuestro alrededor».

No parecía un sacrificio

Durante el tratamiento de su hija, «nos dimos cuenta de que los padres necesitan ayuda». Con otras familias del hospital, pusieron en marcha la Fundación NEN (Niños Enfermos de Neuroblastoma), para promover la investigación y asesorar a los padres sobre el día a día con un hijo enfermo. Lo hicieron entre tratamientos, trasplantes… «Cuando ves a los niños soportándolo todo como toretes», el trabajo extra de la Fundación «no suponía un sacrificio. Incluso nos cuesta más ahora, cuando ha pasado todo». En efecto, Carmen, con casi nueve años, está limpia de tumores, aunque aún no está oficialmente curada. Pero, aunque ahora sea más difícil, saben que «sigue haciendo falta nuestro trabajo». Detrás de la investigación que ayudan a financiar, por ejemplo, «hay padres haciendo y vendiendo pulseras, con la esperanza de que, dentro de diez años, se curen el 90% o el 100% de los niños», incluso si los suyos no lo han logrado.

Por María Martínez López. Artículo publicado originalmente por Alfa y Omega 

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caridadenfermedadfelourdes
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