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¿Qué luz irradiamos?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/02/14

Hay mucha oscuridad a nuestro alrededor, la iluminamos con un amor que no es el nuestro

El ideal brilla ante nuestros ojos. Nos sentimos pequeños, queremos crecer. Nuestra vida a veces es opaca. Sabemos los desafíos que tenemos en el camino. La enfermedad, las dificultades familiares, la tristeza, el dolor, la soledad. Hay mucha oscuridad a nuestro alrededor, en nuestro interior. Mucha oscuridad en la vida de los que nos rodean. La oscuridad es ausencia de Dios, de esperanza, de eternidad. Esa falta de luz nos hace más conscientes de lo que nos queda por crecer.

Si permanecemos unidos a Cristo seremos capaces de todo. Es importante que el ideal brille, que Cristo brille y nos muestre el camino. No vamos a desfallecer, no estamos dispuestos a dejar de luchar. No, queremos ser luz que ilumine a otros en su oscuridad.

¿Dónde podemos renovar la luz del alma? ¿Dónde se encuentra esa luz que no muere nunca?

La luz de nuestra lámpara se apaga. El aceite que la mantiene encendida se consume. Sólo Cristo es la luz que no pasa, pero no siempre vivimos en su luz. A veces el pecado y el egoísmo nos hacen vivir hacia dentro, en la oscuridad del alma. Perdidos y tristes en medio de la noche.

Quisiéramos tener luz siempre. Quisiéramos, cuando la perdamos, volver el rostro hacia Cristo para tener luz. Sabemos que la luz se alimenta en el amor a Dios, en el encuentro silencioso en oración, en la profundidad del alma.

María va a nuestro lado y se encarga de mantener encendida la llama del amor, la llama de Dios en nosotros. Camina a nuestro paso. Queremos pedirle que se quede y mantenga encendido el fuego del amor.

Somos luz cuando somos justos y manifestamos la verdad de la vida de Dios en el mundo. Somos luz cuando irradiamos un amor que no es el nuestro.

Una vida entregada en la renuncia por amor a otros da mucha luz. Una vida gastada hasta la extenuación. Una luz que ilumina hasta el último rayo de vida. Por ahí pasa nuestra vocación, nuestro camino. Por ser luz que venza en medio de las sombras.

Nuestra luz brilla más desde la humildad. Desde Dios alumbramos, porque Él nos da su luz. Hay que ser humildes para poder reconocer que no es nuestra luz la que ilumina, sino la de Dios en nuestro corazón.

San Pablo lo tenía claro: «Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios». 1 Corintios 2, 1-5.

En la honestidad de nuestra vida, en la humildad y sencillez. No es nuestra sabiduría humana, es la de Dios. Así, temblando, con miedo, en nuestra pobreza, sin excusarnos, damos luz. Muchas personas se acercan de nuevo a la Iglesia al ver la humildad en nosotros, al descubrir gestos de misericordia.

Como decía el Papa Francisco, nuestra actitud es la de la espera atenta y humilde: «Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se queda al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad».

Sucede cuando, desde la humildad, nos acercamos al que viene, o al que está lejos, sin exigencias, sin pretensiones, sin imposiciones. Simplemente brillando porque es Cristo el que habita en nosotros. Así, con su luz, en nuestra pobreza. Así muchos podrán acercarse al no sentirse juzgados, al no pensar que nuestra luz condena y expulsa. Al ver que nuestra vida sólo quiere iluminar el camino y dar paz al que está perdido. Acogiendo, perdonando.

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