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¿Me confieso con Facebook y no con el cura?

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¿Será acaso que las redes sociales se han vuelto las nuevas terapias para expiar las culpas?

¿Por qué es tan sencillo revelar la intimidad en las redes sociales, aún a costa de ser objeto de burlas y humillaciones, pero tan difícil acercarse al sacramento de la confesión, donde ni siquiera el confesor tendrá después capacidad para recordar lo que escuchó? ¿Qué mueve el corazón de quienes afirman no estar dispuestos a contar a otro “pecador” sus faltas, pero aún así no tienen el mínimo reparo para que el mundo se entere de las miserias que pesan en el alma?

¿Será acaso que las redes sociales se han vuelto las nuevas terapias para expiar las  culpas? Parece que sí. Es como si de alguna manera se buscara aprobación a lo que se hizo para descargar de este modo la conciencia, mediante una malentendida solidaridad, o estar dispuestos a ser fustigados por la sociedad para “limpiar” el peso de la culpa.

Pero eso que se busca de modo equivocado en el mundo de hoy, tiene una nueva propuesta en Jesús a través del sacramento de la Reconciliación, un momento en el que sólo el Señor tiene acceso a nuestra desnudez y miseria, donde no seremos juzgados, donde no hay apariencias, donde se descubre el corazón; allí donde cada uno necesita la mayor sinceridad  y todas las apariencias se acaban; allí donde solo cuentan la Gracia y el perdón amoroso del Señor.

No es el lugar de la reprensión sino de la aprehensión, del parecer sino del ser, del juicio sino de la misericordia; allí  se entiende  lo que significan los brazos abiertos del Padre celestial. Allí se permiten  que las lágrimas corran por las mejillas y limpien el alma, ellas serán testigo de lo que Dios  realiza dentro de cada uno para  poder vivir una relación íntima afectiva con él y experimentar lo que significa sentirse amado en verdad, perdonado, acogido y no condenado.  

Hay espacios y momentos de la vida en que es tan necesario ser nosotros mismos, que no podemos menos que estar  delante de Dios con todo aquello que hemos querido ocultar los ojos del mundo. Ahí es cuando nos abraza con la ternura que le es propia y recuesta su mejilla sobre la nuestra como un padre que carga a su hijo y nos dice susurrando al oído: " a mí no tienes nada que ocultar, sencillamente te amo como eres".

¿Pero por qué  no hacer esto directamente con él? ¿Acaso no le bastan las lágrimas ocultas derramadas en el silencio de la habitación? ¿Por qué someterse a ser escudriñado por un hombre que, como todos, también ha pecado? Porque no solo quiere perdonar sino que también quiere reintegrar a la vida de la comunidad, de la Iglesia; porque quiere que haya “testigos mudos” que puedan acompañar en el testimonio de la obra de Dios.

Por la potestad que ha otorgado a esos pecadores para mostrar su misericordia (“A quienes perdonen los pecados les serán perdonados…”), porque cada uno de ellos como humano, tiene una palabra de aliento para ayudar a caminar, para convertirse en bastón después de la caída. Porque no son ellos, es Cristo en ellos, porque no absuelven en nombre propio sino en nombre de Jesús. Porque Dios salva lo humano a modo humano y por medio de lo humano, porque no se retrae de lo que ha redimido para que el mundo entienda que nada humano le es ajeno a Dios simplemente porque se ha hecho humano como nosotros. 

Si esta tarea la hubiese dejado en manos de ángeles seríamos juzgados con severidad pues al no conocer ellos lo que es propio de la naturaleza humana les sería imposible entender lo que hacemos.

El mayor milagro que un sacerdote realiza hoy en el mundo es ser instrumento de la Gracia de Dios para que el pan y el vino puedan convertirse en el Cuerpo y la Sangre de Jesús y que a través suyo fluya el perdón de Dios a los hombres. ¿Qué es más fácil creer? ¿Ver a un hombre que se levanta de su silla después de años de parálisis o decir “tus pecados son perdonados”? Ese es Jesús, así es como redime, salva, santifica y recrea.

Cada día el sacerdote obra milagros por el poder de Dios otorgado en su ministerio, pero no siempre la invalidez efectiva es lo que más necesita ser curada en una persona, ni su ceguera, ni su lepra. El pecado es todo esto y más, impide caminar, ciega los sentidos y nos hace actuar irracionalmente, contamina nuestra vida hasta hacernos asquear de nosotros mismos siendo parias que no pueden convivir con ningún otro. El sacerdote es el hombre del milagro, del gran milagro de la reconciliación con Dios, con el mundo. Quienes buscan a quienes tienen “poderes” de otro estilo han olvidado lo esencial de su ser sacerdotal, de sus manos que sanan y salvan, que no necesitan levantar un paralítico de su silla, pero levantan un pecador de su postración moral.

La confesión es un tribunal  donde no hay fiscal, no hay ente acusador, salvo el mismo penitente, donde no hay secretarios que levante actas para archivar, ni testigos que verifiquen o nieguen lo que afirma quien se acusa, sólo un Defensor: Jesús el Señor. Es el lugar de la misericordia.
 

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