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Dar sabor a la vida

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La magia de la sal es sacar el sabor real a las cosas desapareciendo cuando lo hace

El Evangelio de hoy nos habla de Jesús que predica desde la montaña y abre nuevos caminos. Está sentado en su tierra, delante de su lago, mirando el amplio horizonte. Iban a escucharle muchos porque tenían sed de sus palabras.
 
Las palabras de Jesús de hoy vienen después de hablar de las bienaventuranzas en el llamado Sermón de la montaña. Lleno de esperanza, Jesús enaltece y mira lo positivo, cree en el hombre. Jesús nos dice que somos sal y que somos luz.
 
Cuando escuchamos este Evangelio pensamos en esa misión tan grande y maravillosa que nos desborda. Allí, ante todos los que le escuchan, Jesús marca un camino de vida. Las bienaventuranzas muestran la forma concreta de vivir. La misión de hoy abre caminos, nos muestra lo que podemos llegar a ser si creemos, si confiamos. Las bienaventuranzas son un camino de vida y si vivimos de acuerdo con ellas tendremos la paz en el alma, seremos dichosos.
 
En el Evangelio de hoy el Señor nos invita a ser sal y luz entre los hombres. Estamos llamados a ser luz que no se apague y sal que no se vuelva sosa.

Allí, en aquel monte, quizás habría algunos que lo oirían por primera vez y estarían lejos de Él. Esos que no formaban parte del grupo de sus discípulos. Otros irían cada día a buscarlo entre los hombres para beber sus palabras. Algunos estarían esperando a que terminase de hablar para contarle su enfermedad y pedirle un milagro. Otros lo mirarían escépticos, o con miedo o timidez. Unos con sed y anhelo de estar con Él. Otros sólo por curiosidad. A lo mejor estaban cansados de palabras y sólo creían en los hechos.

Todos estaban allí por algún motivo. Jesús los mira, se adentra en sus corazones, en lo que les preocupa en ese momento. Él los ve como una comunidad, como su rebaño, como si todos fueran sus discípulos. Tal vez por eso les dice a todos: «Vosotros sois la luz y sois la sal del mundo». Parece contar con todos. Los mira como una comunidad unida.
 
Hoy el Señor nos pide que seamos lo que ya somos. Siempre recuerdo con cariño aquellas palabras de Juan Pablo II a los jóvenes en el año 2000: «Si sois lo que tenéis que ser incendiaréis el mundo». Es el mismo espíritu de las palabras de Jesús. Les dice: «Sois». Ahora, ya. Es su esencia, es nuestra esencia. Basta con ser fieles a nuestra identidad.
 
Parece fácil. Jesús no habla de lo que seremos siempre y cuando cumplamos un montón de requisitos. No pide como contrapartida cambiar el corazón. No, Jesús sólo mira en nuestro interior y ve lo que ya somos en lo más hondo.
 
Nos mira y descubre aquello que siempre ha estado en nosotros desde que fuimos creados, aunque nosotros no lo hayamos visto. Nos mira y ve más que nosotros. Toca con su voz esa nota que resuena en lo profundo del alma.
 
Él ve la luz que hay en nuestro interior. No se detiene en nuestra oscuridad, en nuestras sombras. Ve el fuego que arde en el alma. Es cierto que a veces es pequeña la vela y tiembla. El pabilo vacilante a punto de extinguirse. Pero también es cierto que otras veces arde el fuego en nuestro interior.
 
Jesús mira y ve la sal propia de cada uno. Jesús no mira la apariencia. Mira lo que es cada uno, su nombre, lo más auténtico, lo que nadie ve porque está tapado y nadie mira como mira Él.
 
Ve nuestra luz y nuestra sal y confía en nosotros. Sabe ver detrás de lo oscuro la luz de nuestro faro. Nos dice que ya somos luz, que somos sal, que no tenemos que angustiarnos pensando en la manera de ser fieles.
 
Él ha visto lo que somos y cuenta con nosotros. Cree en nosotros, más que nosotros mismos. Mira dentro de nosotros ese don que tenemos para dar sabor a lo gris de la vida diaria, para alegrar el corazón de los otros, sin que nadie lo vea, porque la sal es invisible. Podemos dar mucha vida. Podemos dar sentido a la etapa del camino en la que estamos.
 
Creo que es importante dar gracias por esas personas que han sido luz en algún momento oscuro de nuestra vida, que han sido sal en algún momento gris y pesado de nuestro camino.
 
Siempre hay personas especiales que nos marcan el camino. Son los santos de la vida diaria, que muchas veces pasan desapercibidos en el mundo. Son los santos necesarios para caminar. Como decía el Padre José Kentenich: «Sólo Dios es quien enciende la zarza ardiente de los grandes hombres. Ellos son un regalo especial de Dios a la humanidad. Un regalo que se puede implorar, desaprovechar o rechazar»[1].
 
Tenemos la vocación de dar luz, la vocación profética de iluminar los caminos. ¿Somos de los que iluminan a otros? ¿Damos sabor a la vida? ¿Alegramos el momento, iluminamos, calentamos, damos alegría en las cosas pequeñas y grandes de la vida?
 
Jesús habla con mucha sencillez y usa palabras e imágenes que todos conocen. Habla de cosas cotidianas, no de cosas profundas. Les dice que tienen que ser luz y sal. Es algo que todos conocen, que todos tienen. Todos saben cómo es la luz y cómo es la sal y para lo que sirven. Es algo del día a día. Son dos cosas con especial valor. No son sustituibles por nada. Se tienen o no se tienen.
 
Jesús nos enseña a hablar con palabras que el otro entienda. A veces en la Iglesia nuestras palabras complicadas no son comprensibles y nos separan de los que son diferentes. Hablamos otro idioma, mientras que Jesús habla desde el otro. Desde lo que el otro conoce, comprende y vive. Siempre lo hace así. Y desde lo cotidiano, conocido y familiar, le da otra hondura, otro sentido.
 
Tenemos que aprender de Él a hablar desde el otro, a buscar siempre maneras de comunicarnos, de construir puentes y no muros. Siempre es más lo que nos une que lo que nos separa.
 
Utiliza dos imágenes conocidas para hablar de una misión. Aquello que ya somos implica una misión. Lo que soy es para darlo. Mi vida es para entregarla. La luz y la sal sólo sirven cuando se dan, cuando salen de sí mismas. Son para otros. Son invisibles. Nadie ve la sal en la comida, pero, ¡qué diferente sabe la comida sin sal! Nadie ve la luz, pero, ¡qué duro vivir en la oscuridad, en un sótano sin ventanas!
 
Es una vocación preciosa ser como Jesús. Él es la luz que ilumina a otros y la sal que da sabor. Tenemos que ir más allá de nosotros mismos. La sal y la luz no se guardan, se donan, se entregan. Se regalan aunque duela, aunque implique riesgo y miedo. Dándose no se gastan, al contrario, cumplen la misión para lo que fueron creadas.
 
Cuando soy capaz de salir de mí mismo, cuando rompo esas barreras autoimpuestas, cuando quiebro las puertas y me entrego y doy mi tiempo, mi escucha, mis manos, mi oración, lo que soy en lo más profundo, todo cambia. Entonces doy vida, sabor, luz. Cada uno sabe lo que le toca dar. Si lo hacemos, el mundo tendrá más luz y más sabor.
 
Jesús marca un horizonte grande, inabarcable: la luz del mundo y la sal de la tierra. Todo el mundo a nuestros pies, toda la tierra. Lo que yo doy llega a otros, mucho más allá de mí mismo. En el cielo veremos cómo estamos de unidos por dentro unos con otros, cómo nos hemos iluminado en el camino, cómo nos hemos dado sabor.
 
Jesús pone el marco más grande, el mundo, la tierra. Sueña con cosas grandes. No se contenta con lo pequñeo. Aunque a veces mi vida parezca invisible, si yo cumplo mi misión, estoy haciendo el mundo más bello. Estoy dando luz en la oscuridad y haciendo que la vida de los otros sea mejor. De forma invisible, oculta, pero desde la verdad más profunda.
 
Lo primero que hoy nos dice Jesús es que seamos sal: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente».
 
La sal permite que la vida tenga su sabor auténtico. La magia de la sal es sacar el sabor real a las cosas desapareciendo cuando lo hace. Muere para dar vida. Es fecunda en la entrega. Desaparece y el sabor permanece. Renuncia y su presencia invisible saca lo mejor de cada cosa. Así es la vida del cristiano en medio de este mundo. Invisible, irrenunciable.
 
Cuando Cristo nos invita a ser sal en esta tierra, nos propone que nuestra vida sea auténtica. Así lograremos sacar lo más auténtico de cada persona con la que nos encontremos. La sal del amor logra sacar lo mejor del otro, lo mejor que hay en nuestros corazones.
 
Si nuestro amor es verdadero, hará crecer al que ama. La sal nos hace disfrutar más de la vida, descubrir el sabor de la alegría en medio de los sinsabores de la vida.
 
Un cristiano no es alguien soso, insulso, que pasa por la vida de puntillas, sin vivir. El cristiano se involucra, saborea la vida en su esencia y saca lo mejor, se compromete y se entrega. En su vida todo le importa. Navega hasta lo más hondo del mar, no se queda en la orilla. Llega hasta lo más íntimo y descubre esa belleza oculta, inapreciable.
 
Aprender a vivir es una tarea para toda nuestra vida. Si nos quedamos sin la sal de Cristo todo quedará desabrido, soso, sin vida. Nuestra vida será muy pobre. La sal de Cristo le da alegría a todo lo que hacemos. Además la sal conserva la comida en buen estado. Conserva el amor en nuestra vida, para que no muera. Conserva la alegría y la esperanza.
 
Si somos sal en medio de los hombres somos la presencia permanente de lo eterno. Hacemos referencia con nuestra vida al infinito. Conservamos esa mirada inocente que nos lleva a querer mirar el rostro de un Padre que nos ama con locura.
 
Habla de la sal y luego nos recuerda que nuestra misión pasa por ser luz en medio de los hombres: «Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo». Mateo 5, 13-16.
 
La semana pasada veíamos a Jesús como luz cuando entró en el Templo en los brazos de María. Simeón le reconoció como «luz para alumbrar a las naciones». Jesús es la luz que ilumina a todo hombre. Jesús es nuestra luz. Sin Él no podemos caminar, no sabemos por donde ir, no conocemos cuál es el siguiente paso. ¡Cuánto necesitamos su luz! Es necesaria para avanzar. Cuando no la tenemos es muy difícil tener paz.
 
Me impresiona que hoy Él nos dice que nosotros, como Él, somos luz. Nos dice que somos como Él, nos pide que seamos como Él, que amemos como Él, que nos unamos a Él, que compartamos su misión.
 
Nos viene a decir que nos necesita para completar su misión. Que miremos a los demás con su misma misericordia, que tengamos esa luz en la mirada capaz de iluminar los rincones del interior de otro y rescatar lo más sagrado. Que oremos y cuidemos de forma especial a aquellos que están en la noche, que han perdido la luz en sus vidas. Nos pide entonces que la luz que tenemos la entreguemos al mundo. Si la luz se queda debajo del celemín, se pierde.
 
Decía el Padre Kentenich: «No debo estar pendiente de mí mismo. De si soy feliz o no. O de cosas por el estilo. Lo que me importa son las personas que el Padre Dios me ha regalado. Puedo caer agotado con tal que los otros sean felices. Ésta es la actitud fundamental de la maternidad y la paternidad, del amor. Esa actitud respetuosa ante el ideal que tengo ante mí»[2].
 
Somos luz cuando dejamos de pensar tanto en nosotros mismos, en nuestras necesidades y deseos. Somos luz cuando nos importa más que los demás sean más felices, más plenos, más bienaventurados.
 
Si uno deja de ser aquello para que lo que ha sido creado nadie puede reemplazarlo. Sucede cuando la sal se vuelve sosa y la luz se oculta.
 
En Schoenstatt lo llamamos ideal personal, ese sueño de Dios para cada uno, esos trazos que Dios dibujó cuando nos creó y con los que quiere hacer la obra de arte más bella. Es su sueño para nosotros.
 
Cada uno de nosotros tiene un nombre único para Dios. Dios ha puesto en cada uno un tesoro original, una huella, unos dones. Siguiendo sus huellas podremos descubrir ese tesoro y regalarlo.
 
Hoy Jesús nos dice: «Si la sal se vuelve sosa, ¿Quién la salará?», «No se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero». Si dejo de ser quien soy, si dejo de dar lo que Dios quiere que dé, lo que nadie puede dar si no lo hago yo, no habrá luz, ni sal. Soy insustituible.
 
La luz sólo puede alumbrar y la sal dar sabor. Falta algo si no lo hacemos. Mi forma de reír, de darme, de caminar, de rezar, de amar, de acoger. Mi sello personal es lo que Dios me pide que dé. Aunque haya cosas que no me gusten de mí mismo. Aunque me rebele con lo que no puede cambiar.
 
Dios me quiere así. Desde lo que soy, desde mi vida. Quiere que lo dé con generosidad. Nos dice que somos luz, que somos sal.
 
Lo que más me duele, lo que más me alegra, las palabras que hacen vibrar alguna cuerda dormida en mi alma, mis sueños. Todo me habla de quién soy. Jesús nos anima a dedicar toda nuestra vida a ser aquello que ya somos.


[1] José Kentenich, Dios presente, Texto 191
[2] J. Kentenich, Pedagogía de la confianza

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