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Lo que revelan los pobres

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En ellos vemos el rostro de Cristo, en ellos se manifiesta la infinita dignidad que tenemos por el hecho de ser hombres, de ser hijos de Dios

Isaías lo tiene claro, nos dice lo que tenemos que hacer si queremos que haya más luz en nuestro camino. Él sabe lo que nos conviene y quiere que entreguemos lo que tenemos, que nos partamos por los que lo necesitan: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne». Nos presenta un programa de vida. Un camino de salvación, una forma de amar la vida y de amar al hombre.
 
El otro día leía lo que comentaba Luigi Guissani acerca de la opción por los pobres: «Tenemos como opción preferencial a Cristo. No es la pobreza lo que a nosotros nos interesa, sino el amor a Cristo. Había uno al que le interesaban los pobres: Judas, y fue el traidor. Este tenía el amor preferencial hacia los pobres. Si yo amo al pobre es porque es una persona amada por Cristo. Y también el rico es amado por Cristo, más pobrecito si no emplea bien su riqueza; es para apiadarse. ¿Por qué Cristo tenía un acento especial hacia los enfermos, ancianos, o niños, es decir, hacia los pobres? Porque era el modo como subrayaba el valor infinito de la persona humana, de aquellas personas que no podían defenderse por sí mismas frente a la sociedad. Pero no era porque fueran niños, pobres o enfermos sino porque eran los seres inútiles, sin poder; y, sin embargo, tenían un valor igual que los más poderosos. El valor de la persona es la relación con Él. Los santos más grandes que han dado su vida por los pobres y por los enfermos nunca han hecho la opción por los pobres, sino por Cristo». 
 
Es cierto, nuestra opción preferencial son los pobres, porque en ellos vemos el rostro de Cristo. En ellos se manifiesta la infinita dignidad que tenemos por el hecho de ser hombres, de ser hijos de Dios, de ser suyos.
 
Dice el Papa Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium al hablar de los pobres: «Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos». Los pobres, sí, los que sufren, los enfermos, los que están solos.
 
Añade el Papa Francisco: «Tenemos que tocar y acariciar las llagas de Jesús, curar las llagas de Jesús con ternura, tenemos que besar las heridas de Jesús, y esto de modo literal. Pensemos, ¿qué pasó con san Francisco, cuando abrazó al leproso? ¡Su vida cambió!». Nuestra vida cambia al amar al pobre, a Cristo en el pobre.
 
Se trata de tocar sus llagas, no sólo de hacer buenas obras, obras de caridad. Consiste en ser capaces de abrazar y besar el dolor llagado, ese dolor que nos apesta y aleja. Consiste en involucrarnos con esa vida que necesita nuestro amor: «Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente».
 
Cristo se rodeó de personas enfermas, heridas, necesitadas. Sació su hambre, calmó su sed de agua y de infinito. No sólo partió el pan, se partió a sí mismo. De eso se trata, no sólo dar, sino de aprender de ellos, porque en ellos está Cristo. Volcarnos en el que no tiene, en el que no es perfecto, en el que no me devuelve lo que le entrego, en el que tal vez no me sirva para mis planes.
 
Queremos aprender a darnos más por el que más sufre. Como decía el Padre Alberto Hurtado: «Acabar con la miseria es imposible, pero luchar contra ella es deber sagrado». Unimos nuestras manos y somos solidarios con el que sufre. No nos encerramos con miedo. Nos damos para que otros puedan tener en abundancia. Renunciamos por amor.
 
Entonces se hace realidad lo que dice el profeta. Cuando somos misericordiosos, cuando damos lo que tenemos, cambia nuestro corazón: «Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía». Isaías 58, 7-10.
 
Así brillará el sol en nuestra vida, cambiará nuestro camino, tendremos luz, una luz que dure para siempre. Pero para ello tenemos que cambiar de vida. Y sólo logramos cambiar de vida cuando amamos, cuando entregamos, cuando renunciamos por amor. Son obras de caridad, de misericordia. Es la luz y la sal en medio de los hombres. Es el amor el que nos diferencia de una ONG. Cuando nuestro servicio se hace caridad, como ese amor de Cristo desde la cruz.

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