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“El Islam no es la única causa del conflicto en Siria”

Freedom House

Miriam Díez Bosch - Aleteia Team - publicado el 07/02/14

Entrevista al experto católico en islam Justo Lacunza Balda

Habla shahili y árabe. Es vasco, Padre Blanco, y uno de los máximos expertos católicos en Islam. Ha realizado estudios sobre el islam en más de 30 países. Se doctoró en el prestigioso SOAS de Londres en Lenguas y Culturas Africanas.  El padre Lacunza, rector emérito del PISAI (Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islámicos) de Roma, nos adentra en esta entrevista en el conflicto sirio y nos ofrece claves de lectura para comprenderlo después de la cumbre de paz Ginebra 2 sobre Siria haya entrado en una nueva fase de negociaciones.

– Se achaca al Islam como causa del conflicto en Siria. ¿Qué hay de cierto?

Como en todo conflicto bélico, son múltiples los ingredientes que forman parte y que, como en el caso de Siria, desatan la furia de los combates, asaltos y bombardeos. Todo ello ha causado la muerte de miles de personas de toda edad, y forzado el éxodo masivo de la población. Una tragedia humana de inimaginables consecuencias. ¿Y el islam tiene algo que ver? Pues sí tiene su papel. Pero vayamos por partes.

La guerra en Siria comenzó en la ciudad sureña de Daraa con la matanza de un grupo de jóvenes en la Mezquita de al-Omari. Fue el 18 de marzo de 2011. Así iniciaron los días cruentos del conflicto sirio con las noticias de otros países árabes donde la gente había salido a las calles para deshacerse de sátrapas, tiranos y dictadores. El eco de las revueltas populares en Túnez, Egipto y Libia había llegado también a Siria.

Grupos de jóvenes se habían manifestado pacíficamente en la ciudad de Daraa. Eran los comienzos de la llamada “primavera árabe”. Los manifestantes pedían más libertad y más derechos. Pero pronto el ejército trató de sofocar las manifestaciones callejeras. El dibujo de un graffiti en la pared contra el régimen había despertado la ira de las autoridades.

No tardaron en llegar las fuerzas republicanas. La ciudad de Daraa fue asediada por el ejército nacional. Los tanques ocuparon las calles y plazas de la ciudad. Fue un asedio planificado en sus mínimos detalles: cortes de agua y de electricidad, a los hombres se les prohibió salir de casa, prohibición de la entrada en la ciudad a los medios de comunicación.

Nadie sabe el número de muertos, detenidos y desaparecidos en la ciudad fronteriza de Daraa. Los manifestantes se refugiaron en la mezquita pensando que el ejército respetaría el lugar sagrado. Las fuerzas republicanas, dirigidas por Maher al-Assad, hermano del presidente Bashar al-Assad, dieron el asalto y causaron la masacre.

Nadie podrá negar que a partir de ese momento el conflicto en Siria llevara la marca a fuego del islam a causa de la masacre perpetrada en una mezquita. Ese es un hecho histórico, punto de partida del conflicto sirio. A medida que la guerra se recrudece y se extiende van saliendo a flote otros intereses y objetivos con etiqueta musulmana.

– El conflicto se extendió a otras localidades y el régimen recrudeció las represalias.

En los meses sucesivos al episodio de Daraa estallaron las protestas en Alepo, Homs, Hama, Latakia y Damasco. El régimen se manchó de sangre una vez más por orden del presidente Bashar al-Assad al que en el año 2000 se le había presentado como el “presidente-oculista”. Con una mentalidad abierta y democrática, defensor de los derechos y las libertades, impulsor y promotor del diálogo en Oriente Medio.

Bashar al-Assad ha mostrado, sin embargo, ser un feroz e implacable dictador, que no ha dudado en sacar la artillería pesada para vapulear y aplastar a su propio pueblo. Ha tildado las revueltas y manifestaciones de sublevación inspirada por el terrorismo islamista y ha acusado a los países occidentales de apoyarlo.

Bashar al-Assad continúa hasta hoy el juego sucio con el apoyo de la República Islámica de Irán y de Hizbulá del Líbano. Sin olvidar el respaldo político y geoestratégico de Rusia. No ha mostrado ninguna intención de apearse del caballo y no parece estar dispuesto a hacerlo aun después del anuncio de la Conferencia Ginebra 2, realizada en Montreux (Suiza) del 22 de enero 2014.

– Ha pasado la conferencia de paz Ginebra 2. ¿Y ahora?

Ha sido cita con numerosos países representados y con un gran interrogante, si se habla de las conclusiones a las que los participantes llegarán. Un camino con muchos obstáculos, trampas y dificultades. Mientras tanto continúan los bombardeos del régimen contra la ciudad de Alepo.

El enfrentamiento entre sunníes y chiíes ya tuvo lugar en Siria en febrero del 1988. Fue entonces cuando Hafiz al-Assad (1930-2000), padre del actual presidente, no dudó en aplastar la sublevación sunní de los Ikhwan (Hermanos Musulmanes) en la ciudad de Hama. El ataque fue conducido personalmente por el hermano del presidente, Rifaat al-Assad. Murieron más de 20.000 personas y esa llaga sunní hace parte de la historia de la República Árabe de Siria.


– ¿Entonces gran parte del conflicto reside entre suníes y chiíes?

No podemos decir que el Islam es la única causa del conflicto en Siria, pero es verdad que uno de los problemas centrales gira en torno a la autoridad y control del islam entre sunníes y chiíes. Por eso diferentes estados árabes, o de mayoría musulmana como Irán, apoyan una parte u otra en la guerra siria.

Mientras Irak ofrece su apoyo al régimen sirio, Arabia Saudí y Qatar si ponen del lado de la oposición al Gobierno de Bashar al-Assad.

La minoría alauí, de inspiración chií, ha controlado la República de Siria con mano férrea desde los años ’70. El régimen alauí se siente apoyado por la República Islámica de Irán y por el partido Hizbulá (Líbano) mientras que Arabia Saudí, Qatar y Turquía ofrecen su ayuda y apoyo a la oposición, especialmente al Free Syrian Army, fundada con oficiales desertores en julio de 2011.

Unos meses más tarde, en diciembre 2011, las tropas americanas se retirarían de Irak. A partir de ese momento sunníes y chiíes aceleran su enfrentamiento mientras se va consolidando y reforzando el eje Damasco-Bagdad-Teherán. Las tribus sunníes en Irak declaran la guerra al primer ministro de Irak, Nuri al-Maliki, al que desafían abiertamente y piden su dimisión.

– El conflicto se ha extendido a Irak.

En diciembre 2012 se desplegó una gran movilización popular que tenía como epicentro la ciudad de Falluya (Provincia de al-Anbar) al oeste de Bagdad y a orillas del río Eufrates. Es una de las regiones más destacadas y significativas para los sunníes. Falluya es  conocida como “la ciudad de las mezquitas” por las numerosas mezquitas (más de doscientas) que hay en la ciudad y en los pueblos vecinos.

En las pancartas de las manifestaciones populares aparecieron referencias a la Free Syrian Army. Es decir, el conflicto de Siria había traspasado la frontera de Irak. No sólo con el éxodo masivo de refugiados sirios, sino también con el renacer de la hermandad sunní.

Los sentimientos, las creencias y la fe de las personas no conocen fronteras geográficas. Se solidarizan aún más en momentos difíciles de dolor, de incertidumbre, de guerra. Como está ocurriendo en la trágica situación de Siria. Siempre ha habido relaciones familiares y lazos históricos entre los sunníes sirios e iraquíes. Pero el conflicto sirio ha dado visibilidad concreta, en clave guerrera, a esas tradicionales  alianzas con la fundación del “Ejército Islámico de Irak y del Levante” (ISIS en su sigla en inglés).


– Y los wahabís de Arabia Saudí también se han posicionado sin tapujos.

Volviendo a esa división histórica entre sunníes y chiíes, el presidente Bashar al-Assad tuvo palabras muy duras contra Arabia Saudí el pasado 15 de enero de 2014. Recibió en Damasco  al ministro de Exteriores iraní, Mohammad Javad Sharif, que no pensó dos veces en ofrecer el apoyo moral y logístico al régimen sirio.

El presidente al-Assad dijo: “La ideología política y religiosa de la Arabia Saudí es una amenaza para el mundo”. Se refería claramente al islam wahhabí, a la pugna que mantiene el reino saudí con el islam chií.

Desde los primeros meses del conflicto las autoridades saudíes han manifestado en varias ocasiones una clara e indiscutible oposición a la continuación de la dinastía al-Assad en el poder. Además, el reino saudí ha sido crítico con los Estados Unidos de América, su gran aliado político, militar y económico, respecto de Siria.

El presidente Barack Obama habló de “líneas rojas”, que no estaba dispuesto a tolerar en referencia al uso de armas químicas que el régimen sirio podía utilizar. Pero cuando, aparentemente esas “líneas rojas” se habían traspasado, todo el mundo pensaba en una inminente operación militar de gran envergadura. Pero los Estados Unidos echaron el freno. Parte de las armas químicas han salido ya de Siria y llegarán al puerto italiano de Gioia Tauro (Región de Calabria) para ser eventualmente destruidas.

– ¿Y el papel de células terroristas?

Dentro de la oposición al régimen de al-Assad han quedado en evidencia las maniobras furtivas,  la manipulación solapada y el radicalismo islamista de al-Qaeda. Y aquí estamos hablando también del islam, porque los textos, videos, declaraciones y anatemas de al-Qaeda siempre hablan del islam y de El Corán, de los combates y de la yihad contra los infieles.

Siria se ha convertido en una cita casi obligada de la yihad global con la presencia de más de 10.000 milicianos que han venido de los Países Árabes, de África, Asia y Europa para luchar, en el nombre de Allah, contra el régimen sirio.

El movimiento de al-Qaeda, fundado por  Osama bin Laden (1937-2011), está ampliando su rayo de acción en Siria, Irak y Yemen. En Siria lo ha hecho uniendo al-Qaeda en Mesopotamia (Irak) y al-Qaeda en el país del Sham (Levante, Siria), creando el “Estado Islámico de Irak y del Levante (Islamic State of Irak and the Sham).

Tanto los sunníes, como los chiíes y los yihadistas de los diferentes grupos combaten para hacerse con los destinos de Siria. En una guerra rabiosa y maligna, que se ha incrustado violentamente en el país y sigue produciendo miles de heridos, muertos y refugiados. Sin hablar de la destrucción de aldeas, pueblos y ciudades.

También los islamistas de al-Qaeda quieren controlar Siria, imponiendo el  islamismo radical en Siria, alargando su influencia y aplicando la ley islámica (al-shari‘a). Si al-Qaeda no consigue sus objetivos seguirá creando una situación de inestabilidad nacional que irá alargándose, o se ha extendido ya, a otros países del Oriente Medio.

Desde los comienzos de las revoluciones nacionales en los estados árabes, se están escribiendo nuevos capítulos en la historia del islam. Uno de los más dolorosos y sangrientos es el capítulo de la Siria contemporánea. Pero el conflicto sirio, que comenzó como un conflicto local y nacional, ha ido evolucionando hasta adquirir una dimensión internacional por su realidad y envergadura, sus tendencias y enfoques, sus líderes e interlocutores.

Las grandes potencias del mundo están implicadas, bien por su posición en el Consejo de Seguridad, bien por sus intereses económicos y geopolíticos. Sin olvidar los patrocinadores de una parte u otra. Sin embargo, ya no se puede hablar hoy del régimen y la oposición, sino del régimen y varios frentes de oposición

, algunos motivados por la ideología islamista.

Usted ha dicho que el islam político ha fracasado. ¿Por qué?

El islam se ha politizado en los últimos años y estamos viendo los efectos en muchas sociedades musulmanas. El islam político está fracasando: lo hemos podido constatar en Túnez, Libia y Egipto en los últimos tres años.

La separación del poder civil y de la autoridad religiosa es esencial para gestionar, administrar y gobernar una nación. La separación de poderes no quiere decir que no haya comunicación, entendimiento y colaboración. Al contrario, el diálogo se impone como vía maestra para construir una sociedad en la que la convivencia, y no el que tiene razón, sea la brújula cotidiana. Esto vale para todas las sociedades.

Sin embargo, afirmar que “El islam es la religión del Estado” lleva sencillamente a hacer de la religión musulmana la última referencia de un Estado independiente. No creo personalmente que el Estado como tal “tenga religión” y menos aún “una religión particular”.

Será difícil, por no decir imposible, que los ciudadanos y ciudadanas que profesan otras religiones, o ninguna, tengan en la práctica los mismos derechos y libertades. La historia y la experiencia nos demuestran lo contrario.

El islam no puede convertirse en la ideología suprema a la que tienen que someterse todos los que viven en el territorio nacional. Poco importa si son creyentes o ateos, musulmanes o agnósticos, cristianos o liberales.

– Egipto aquí no sería un ejemplo.

Una religión trasformada en ideología significa impedir que los derechos humanos, las libertades civiles y los procesos democráticos funcionen con normalidad.

En ese sentido hay muchas lecciones que aprender de la historia reciente de Egipto durante la presidencia del ex mandatario Mohamed Mursi (30 de junio 2012 – 3 de julio 2013). Los cristianos en particular han pagado un gran precio durante la presidencia de Mohamed Mursi: amenazas, intimidación, secuestro de bienes, violencia sectaria, ataques, muertes, asesinatos, incendios, éxodo. Egipto estaba al borde de la guerra interna cuando intervinieron los militares para acabar con el oleaje islamista de la presidencia de Mohamed Mursi. Pero esta realidad parece que se había escapado al ojo agudo y avizor de los analistas políticos.

En círculos institucionales europeos se hablaba con demasiada ligereza, y se continúa haciendo, de “golpe de Estado”. Vieron solamente que los militares tomaban el poder, sin pensar que ese hecho evitó la catástrofe de una guerra en Egipto. Observar y documentar los procesos democráticos solamente a través de las urnas nos puede dar muchas sorpresas y conducir no necesariamente al derecho, a la libertad y a la justicia.

Esto no quiere decir que la intervención militar ha solucionado todos los desafíos nacionales Egipto. Lo mismo podríamos decir que el final del régimen dictatorial en Siria no significa la solución global a todos los retos estatales de Siria.

La nueva Constitución de la República Árabe de Egipto, sometida a referéndum popular el 14 y 15 de enero de 2014, sigue afirmando que “el islam es la religión del Estado”, pero se prospectan importantes cambios: la nueva Constitución prohíbe los partidos políticos basados en la religión, afirma la igualdad de hombres y mujeres y defiende la libertad religiosa de las minorías.

Bueno, realmente los nueve millones de cristianos en Egipto no pueden ser considerados como una minoría. Son ciudadanos de pleno derecho y no por méritos o concesión del Estado. De nuevo hay que decir que la manipulación del islam en Egipto por parte de los Hermanos Musulmanes, como arma político-institucional, condujo el país a una situación de extrema gravedad, que, por otro lado, millones de egipcios habían previsto.

Después del referéndum nacional parece prospectarse una nueva hoja de ruta, que será ardua y difícil. La sociedad egipcia está profundamente herida en su tejido humano y social y pasarán años, quizás generaciones, antes de que se llegue a una verdadera reconciliación nacional.

Y no hablemos de Siria, país martirizado por tanta guerra y violencia, exhausto por tanta muerte y destrucción. Los problemas humanos no se curan con las ruidosas declaraciones de los participantes, ni se acaban con la rubrica solemne de los firmantes en las conversaciones de paz. El enrevesado problema doctrinal entre sunníes y chiíes está en los pliegues mismos de la identidad nacional de estados como Arabia Saudí, Bahrein, Irak, Irán, Siria y Yemen.

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