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¿Qué sentido tiene la renuncia?

Jeffrey Bruno
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Negarnos a nosotros mismos sólo tiene sentido si es para que otros tengan vida en abundancia

Tantas madres hoy renuncian a estar con sus hijos para poder vivir en un nuevo lugar y ganar el dinero suficiente para su educación futura. Pienso en tantas madres inmigrantes que dejan a sus hijos en sus países porque aquí no pueden mantenerlos ni cuidarlos.

La renuncia es generadora de vida, aunque traiga consigo mucho dolor para ambas partes. En ocasiones creemos que no, que la renuncia sólo es un dolor, una ausencia, una pérdida, una falta de plenitud que no tiene sentido.

En el plan de Dios todo encaja, aunque en la tierra nos cueste comprender sus deseos. La renuncia es fuente de vida en el corazón de Dios, la renuncia de María para cuidar a Jesús, la renuncia de Jesús en la cruz para salvar a los hombres. La renuncia de tantos santos a lo largo de la historia de la Iglesia. Es la renuncia hecha en el corazón de Dios, con humildad, dócilmente, la que da vida, la que es fecunda.

Muchas personas reciben la vida de una persona que es capaz de renunciar por amor, de renunciar a sí misma, a sus planes, a su propio camino de felicidad, de autorrealización como persona. Esa autorrealización que ahora parece sagrada para todo el mundo.

Hoy tantas personas se buscan a sí mismas tratando de realizarse, de encontrar el mejor lugar para desplegar sus talentos y capacidades. Se quejan cuando no encuentran el trabajo de su vida, o la casa, o el país, cuando no se realizan sus sueños y no entienden que la renuncia pueda tener un valor.

Sin embargo, también hay personas capaces de renunciar por amor, de ponerse a sí mismas en un segundo plano. Como esas mujeres fuertes que aprenden a vivir en soledad para que sus hijos tengan una educación y puedan hacer su camino. Entregan lo que más quieren y aprenden así a amar en el silencio, en soledad, muchas veces en la distancia. Aprenden a educar de rodillas, como tantas otras madres cuando se sienten impotentes a la hora de educar a sus hijos.

Esa entrega puede ser el inicio de algo grande. Quizás de forma poco consciente. De forma sencilla y humilde. Pero pueden cambiar la vida para siempre.

Renuncias así nos hacen preguntarnos si nosotros somos capaces de renunciar, de ponernos en un segundo plano, de alegrarnos porque otros puedan hacer su camino y encontrar su camino de felicidad, mientras nosotros permanecemos ocultos en un segundo plano.
 
María aparece como modelo, no sólo como camino. Ella se puso en segundo lugar y aceptó la condición de sierva haciendo vida sus palabras: «Hágase en mí según tu palabra». Se retiró, dejó que Jesús se hiciera carne en su vida y cambiara para siempre su camino, su destino, el rumbo de sus pasos, sus propios planes de vida. Se trata de ser capaces de negarnos a nosotros mismos para poder afirmar a otros.

«Sin lagar no hay vino», rezaba el Padre José Kentenich. «Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo», nos dice Jesús. Negarnos a nosotros mismos sólo tiene sentido si es para que otros tengan vida en abundancia. Es el sentido de toda renuncia. Una muerte para dar la vida. Que en otros haya más vida, una vida verdadera y plena.
 
Nuestro camino de plenitud pasa por el camino de plenitud de aquellos a los que amamos. ¿Nosotros valoramos la renuncia? ¿Entendemos que pueda ser fuente de vida y fecundidad? ¿A qué renunciamos por amor?

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