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¿Para qué sirve la Iglesia?

igor stevanovic
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Entender la misión de la Iglesia en la tierra nos ayuda a entender nuestra propia misión como bautizados en el mundo

Entender la misión de la Iglesia en la tierra nos ayuda a entender nuestra propia misión como bautizados en el mundo. A través del apóstol  Pablo aprendimos que la Iglesia es el cuerpo de Cristo  donde Cristo es la cabeza. No podemos concebir a un Cristo sin cuerpo ni a un cuerpo sin Cristo, todo es una unidad.

 Cuando nos preguntan la finalidad  que la Iglesia tiene sobre la tierra ¿qué respondemos? El evangelio nos descubre la misión que Jesús le encomendó: “id al mundo entero y anunciad el Evangelio, enseñad lo que yo os he enseñado” (Mc. 16,15-20). La misión de  esta Iglesia es por tanto, construir Reino de Dios en la tierra, un Reino “que no es comida ni bebida sino alegría y gozo en el Espíritu Santo” (Rm. 14,17). Ella no tiene una tarea exclusivamente mundana, no suple las obligaciones del Estado y sus gobernantes sino que posee una misión mucho más sublime, pues ella toca el ámbito trascendente, espiritual. Hacer un Reino que se verifica aquí y ahora mediante la entrega del gran tesoro que tiene para compartir: a Jesús vivo y resucitado

Esta tarea ha sido encomendada a manos y labios tan frágiles y pecadores como los humanos; y él, conociendo esto, ha querido confiar de modo inimaginable a hombres para que erijan en su nombre este Reino poderoso y eterno. La responsabilidad de educar en la fe, de proclamar la salvación ha pasado de mano en mano, de labios a labios, inicialmente por medio de los patriarcas, posteriormente a los profetas, sumos sacerdotes, letrados, Juan el Bautista, retomada y llevada a plenitud por el mismo Jesús y encomendada finalmente a sus discípulos para que en el tiempo siguieran en este ejercicio.

Cuando Juan desaparece de escena por el encarcelamiento, Jesús toma las riendas de esta tarea y evita que quede inconclusa o tirada en el tiempo. Transcurridos más de dos mil años ese mensaje ha llegado hasta nuestros oídos. Ha sido Jesús quien ha querido que esta tarea nunca termine hasta la su vuelta a la tierra y por ello ha querido confiar en seres tan limitados como los humanos que le aman, la responsabilidad de esta hermosa esperanza.

El hecho de que no estemos a la altura de la  misión encomendada no significa por eso  que esa construcción se devalúe, o que se pervierta porque por encima del pecado de cada ser humano está el poder del Espíritu que es quien hace crecer aún contra toda limitación y pecado. La Iglesia, en medio del pecado del hombre que la construye, es la manifestación de la presencia de Dios en el mundo y su edificación no queda supeditada a los vaivenes de las emociones humanas.

El Señor se vale  de cada fragilidad humana para que sea manifiesto su poder y pueda constatarse que lo que se construye no es simple proyecto de hombres. Todos tenemos una tarea muy grande por la que responder y el Señor no mira los límites que nos envuelven: ni la edad, el estado, la falta de elocuencia, etc.

La Iglesia posee un enorme tesoro que comparte y en este tesoro que es Jesús  todo se relativiza, pues cuando uno no le conoce todo lo considera importante, aún lo más banal, pero al conocerlo entonces empezamos a darnos cuenta que todo es “basura comparado con Cristo Jesús” (Flp. 3,8).

Aun cuando muchos quieran destruir con su ideología lo que la Iglesia quiere levantar, el Espíritu de Dios sigue haciendo su obra para que la Verdad sea conocida. Para construir ese Reino, para que sea creíble, es necesario hacerlo como Iglesia, cuerpo vivo y no con dañinos sectarismos que le dan al trabajo un tinte que le hacer ver no como el Reino de Dios sino como un propio reino.

Por eso Pablo llama la atención a la comunidad de Corinto cuando les inquiere acerca de sus posturas. “He oído que hay entre ustedes quien afirma: Yo soy de Pablo o yo soy de Pedro o yo soy de Apolo o yo soy de Cristo”, (estos últimos eran aquellos que se llamaban a sí mismos la “Iglesia Pneumática-del Espíritu- y aseguraban tener una relación directa con Dios y por lo tanto no obedecían a nadie y cada uno se las arreglaba directamente con el Señor); era la anarquía total.

El Reino de Dios no se erige con sectarismos peligrosos en los que cada quien cree tener la razón, esa ha sido la gran debilidad con la que hemos revestido el cristianismo a lo largo de todos estos siglos pues cada uno quiere un Reino según su propio entender y por ello prefieren apartarse de los lineamientos de la Iglesia cuando no ven alzarse lo que creen es lo correcto.

Como Cristo está vivo la Iglesia es un cuerpo vivo, pero no vivo a modo de estado comático o vegetativo sino vivo de un modo en que da vida por medio de los sacramentos de Cristo y de la predicación de su palabra. Quien vive la experiencia de Jesús resucitado no puede tener entonces actitudes cadavéricas ni de agonizantes, sus obras no pueden oler a cadáver sino a vida nueva, esa vida que sólo Jesús sabe dar.

La Iglesia no es el Reino pero es la semilla con la que se inicia y por eso, cuando como comunidad nos amamos, vemos cómo el Señor mismo “va agregando a los que se van  salvando (Hc. 2,42-47). Por tanto, esta no es nuestra obra, pero somos sus constructores, no es nuestro Reino, pero le pertenecemos, no es nuestra comunidad pero en ella nos congregamos.
Esta es la Iglesia de Jesucristo, llamada a ser fermento de unidad en medio de las masas que andan errantes como ovejas sin pastor. Jesús es el Pastor.
 
 

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