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¿Cómo jugamos al tenis los curas?

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Qué difícil es decir que no y evangelizar al mismo tiempo en el despacho parroquial

¡Cuánto me pesa tener que decir que no!
 
El drama de mi condición de párroco es que mientras quisiera ser el hombre del sí, el hombre que acoge siempre, mi posición de presidente de la comunidad, de responsable de la ortodoxia, de maestro de la fe me obliga en cambio a corregir y a orientar y, a veces, por desgracia, a tener que decir no, y esto es lo más duro.
 
Esta dificultad se expresa sobre todo en la práctica diaria de la oficina parroquial.
 
Hoy en día en el despacho se juegan partidos mortales. Cuando una persona entra a menudo lo hace porque tiene una petición específica: quiere un bautismo, o inscribir al niño al catecismo, o pide un funeral, u otras mil cosas.
 
Se comporta en general como el que va a una agencia a comprar un servicio: ya sabe lo que quiere y no está allí para escuchar lecciones (tiene poco tiempo en la vida, hay hijos que recoger en el cole, la compra…) a fin de cuentas, lo que me pregunta es simplemente sí o no.
 
Y aquí empieza la lucha.
 
Sí, porque a menudo el que pide no tiene la mínima idea de lo que está pidiendo, aunque cree que lo sabe, y yo entonces en dos o tres minutos, me encuentro frente a la ímproba tarea de reorientar sus decisiones, redefinir sus parámetros, en el fondo, anunciar el Evangelio a quien no tiene ninguna gana de que se lo anuncien, porque está convencido de que ya lo sabe.
 
Los comprendo, pobrecitos.
 
Desde su punto de vista, es como si uno fuera a la frutería a comprar un kilo de naranjas y le dieran una lección sobre las propiedades médicas de los limones, o fuera al concesionario para comprar, yo qué se, un Mercedes y le dieran una lección de conducir. ¿Qué quiere este cura? ¿Qué está diciendo? ¿Que tengo que cambiar de vida? ¿Que no soy cristiano? ¿Pero de qué va? ¿Y qué tiene que ver? Yo le he pedido que bautice a mi hijo y él quiere que yo vaya a misa?
 
Solo que si acepto sus peticiones, cuando no hay verdadera convicción, les haría un daño mayor, porque aceptar, por ejemplo, administrar un sacramento a personas que no tienen la mínima idea de la seriedad de lo que piden significa de hecho confirmarles en su convicción no expresada de que la Iglesia, y lo que es peor, la fe, no son cosas serias.
 
La chica es joven y guapa, más cerca de los treinta que de los cuarenta, tendría una cara simpática si sonriera, en cambio está manifiestamente a disgusto, se ve en seguida que no entra en una iglesia desde hace mucho.
 
La hago esperar un momento fuera de la puerta mientras resuelvo otra cuestión (encuentro de comer y de dormir para una pobre), lo hago adrede, dejo la puerta abierta para que pueda escuchar mi conversación con esa mujer desgraciada, también esta es una forma de evangelizar (aunque esa joven y guapa no da signos de haber entendido), un modo de decir: “¿ves lo que hace la Iglesia?”. Después de cinco minutos la recibo. Su petición es sencilla: quiere dopo confirmarse. ¿Motivo? Le ha nacido un sobrino y quiere ser la madrina.
 
Y aquí empieza el partido.
 

Soy perfectamente consciente de que este es probablemente el único contacto que esta chica tendrá con la Iglesia durante mucho tiempo, por lo menos hasta el matrimonio (si no está casada ya) o al funeral de algún ser querido, así que en estos pocos minutos tengo que meterlo todo, debo hacer que se sienta sobre todo querida, y después debo suscitar en ella un deseo verdadero de Jesús, algo que vaya más allá del puro y simple afecto por el sobrino que le hace desear ser su madrina, para elevarla mínimamente en el espíritu, todo mientras ella está allí por motivos muy distintos, y sólo quiere de mí un sí o un no.
 
Ok, empieza el partido, sirvo yo. Primera pregunta: “¿dónde vive? Ah, así que no es parroquiana mía, y ¿por qué viene aquí?” Tiene dificultades con su párroco obviamente, ay ay ay mala cosa, así que probablemente está prevenida contra los curas en general, lo que explica su disgusto.
 
Me he equivocado, debería haberle ofrecido un café (en mi despacho hay una cafetera siempre preparada exactamente por este motivo) e intentar establecer una relación más empática, quizás tuteándola. Un servicio torpe y me ha batido con una volea, 0-15.
 
Ahora le toca servir a ella: “el problema es que el niño nacerá en septiembre”, rápido cálculo mental, significa que tenemos a disposición no más de seis meses.
 
¡Qué golpe! Corro como un loco al fondo del campo y consigo recuperar, pero la respuesta es débil: “De por sí no es un obstáculo esto, la verdadera pregunta es: ¿sabe usted lo que está pidiendo? ¿Qué significa confirmarse?”
 
La mirada vacía que recibo por respuesta es ambigua, podría significar total desinterés, o también que he hecho centro intentando desviar el discurso del sobrino a ella (que es la única que de verdad me importa) y que ella se siente fuera de onda.
 
Intento el fuego cruzado: “¿Usted entiende que hacer la confirmación significa confirmar su voluntad de ser cristiana? Por lo demás, lo que se pide a un padrino es precisamente que sea un ejemplo de vida cristiana. Sea sincera, ¿desde cuánto tiempo no va a la iglesia?”
 
¡Maldición, qué ataque torpe! En seguida se cierra en banda: “Mucho tiempo, ¿pero qué tiene que ver? ¡Eso no significa que no soy cristiana!” Culpa mía, he sido muy agresivo y ella se ha cerrado a la defensiva, no sintiéndose querida, sino juzgada. Punto de fondo, 0-30.
 
Ahora sirvo yo: “Mire, el punto es que para hacer la Confirmación es necesario que haya una voluntad autentica de vivir como cristianos y la motivación que usted me da no es suficiente”. Ese es el enfoque correcto, no hablar nunca de si es cristiana, sino de si vive como cristiana, pocos aceptan que se les diga a la cara que no son cristianos, muchos más están más dispuestos, en cambio (también porque es difícil negarlo) a que se les diga que no viven como cristianos. “Para que usted pueda confirmarse debe demostrar su voluntad de cambiar de vida”, no es un ace, pero sí un buen servicio.
 
Su respuesta, “¿qué tengo que hacer?” me ofrece la posibilidad de atacar de nuevo: “hacer, no tiene que hacer mucho, ciertamente debe asistir a misa el domingo, es el requisito mínimo, y después un mínimo de catequesis, pero lo que cuenta es que cambie su actitud hacia la fe”.
 
Rayos, ¡el interés era sólo fingido! Me ha atraído a la red y ahora me endosa un lob perfecto: “Sí, vale, pero ¿me garantiza de que en septiembre podré confirmarme?”. El lob es inalcanzable: 0-40
 
Último intento desesperado, juego definitivamente a cartas descubiertas: “Mire, el problema es que usted debe desear recibir la Confirmación por sí misma y no por su sobrino, mientras que usted no deje de ver en la Confirmación sólo el instrumento necesario para poder ser madrina, en realidad está fuera de las condiciones espirituales necesarias. No es una cuestión de tiempo, Dios puede cambiar una vida en un día, es una cuestión de actitud mental”. Y ella: “entiendo, ya le responderé”.
 
Game over, set y partido.
 
He perdido miserablemente, no he sido capaz de amarla bastante, ni de mostrarle la verdad de lo que decía, pero en realidad ha perdido también ella, está convencida de que ha encontrado otro cura burócrata y “malo”, ahora quién sabe cuándo tendrá una nueva oportunidad, y mientras tanto yo me quedo sumido en la inquietud y en el remordimiento del “si hubiera hecho, si hubiera dicho”.
 
Para entendernos, esa chica no tiene culpa de esta situación, sino que es la consecuencia de siglos de pastoral absurda, basada en la sacramentalización masiva, que ha producido una Iglesia prácticamente atea, pero mientras tanto somos nosotros, soldaditos de primera fila, los que llevamos el peso de la batalla y ella y tantos como ella a sentir rechazo por la Verdad.
 
¿Cuándo, cuándo lograremos cambiar todo esto?
 
Artículo publicado originalmente en el Blog La Fontana del Villaggio, y traducido del italiano por Aleteia

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