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Dies Ater: El otoño de Pelplin (3ª y última parte)

© Public Domain
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Triste crónica de la masacre del clero diocesano polaco durante la Segunda Guerra Mundial

Los sacerdotes pasaron junto al edificio de la fábrica de azúcar, cruzaron las vías del ferrocarril y entraron por el camino que va hacia Rudna y Tczew enmarcado por jóvenes árboles
 
Szatkowski siguió caminando – a cierta distancia – detrás de los sacerdotes y cuando cruzaron las vías, corrió hacia el molino y se trepó a la parte más alta. Vio como en una pequeña colina en las cercanías de Wola la escolta hizo detener a los sacerdotes y les organizaron unos "ejercicios gimnásticos" ordenándoles hacer flexiones en cuclillas, rodar en el barro, y luego correr hacia atrás y adelante.
 
La "vaca negra" – el famoso ómnibus sin ventanas para el traslado de los presos – llegó en el momento en el que el sacerdote Bartkowski no podía levantarse de la tierra por sus propias fuerzas, y la mayoría de los sacerdotes apenas podían cumplir las órdenes a causa del agotamiento.
 
Desde la ventana en la parte superior del molino Szatkowski vio alejarse a la columna de sacerdotes, caminando muy lentamente hacia el ómnibus y el camión.
 
Antes de que los sacerdotes fueran trasladados a Tczew alguien más observó la singular procesión y dejó su testimonio. Un administrador alemán de una propiedad de la zona advertido por Szatkowski, cuando este había perdido de vista a los sacerdotes, siguió el curso de la marcha. Unas semanas más tarde, en noviembre de 1939, le contó al sastre, Juan Krużycki de Pelplin que en la última fila de tres vio a un sacerdote anciano tambaleándose, que no podía seguir el ritmo de sus compañeros y era empujado con las culatas de los fusiles por los hombres de las SA. El administrador, escondido detrás de un arbusto, observaba el curso posterior de la marcha. En el momento en que algunas construcciones le impidieron ver entonces se oyó un disparo. Después de unos pocos minutos divisó de nuevo a la columna en marcha, pero al final ya no estaba el anciano encorvado.
 
Después de una hora, cuando la columna de sacerdotes hacía ya mucho tiempo que había desaparecido, el administrador alemán fue a las inmediaciones del camino y encontró la tierra recientemente removida. Entonces señaló el lugar con una piedra. Regresó allí por la noche y comenzó a explorar con una varilla larga lo que había dentro.
 
“Introduciéndola en la tierra – relató – sentí el cuerpo de un hombre alto y corpulento. Ciertamente eran los restos mortales del anciano sacerdote”.
 
La presencia de los sacerdotes no pasó desapercibida en el antiguo cuartel del ejército polaco en Tczew, convertido por los nazis en campo de internamiento. El padre de María Gliniecki, estando allí como prisionero, reconoció entre los sacerdotes a los padres: Raszeja, Kirstein, Roskwitalski, Kurowski, Partyka y Bistram. Gliniecki dijo a su hija que primero los maltrataron por largo tiempo en el sótano, y luego fueron fusilados detrás del cuartel.
 
Esa misma noche Hogenfeld completamente borracho apareció en el seminario. Inesperadamente ingresó en la celda, en la que se encontraba preso Boleslaw Krajewski. Se sentó en su cama y sin preámbulos, ligeramente murmurando dijo:
– ¿Sabes lo que hicieron con esos sacerdotes que arrestaron hoy? ¡Todos fueron fusilados!
 
A la mañana siguiente se refirió al mismo tema un alemán de Gdansk, empleado en el municipio de la ciudad:
 
– ¿Ya sabes, Krajewski, lo que hicieron con estos sacerdotes? ¡Todos fueron fusilados, pero alguno fue enterrado aún con vida… la tierra se movía!
 
Y por la tarde, cuando Krajewski limpiaba las escaleras, se le acercaron dos hombres de las SA. Uno, Walter Dyck de Lisewo, murmuró: Ein Paar Fresser weniger! (¡Unos glotones menos!).
 
Varios días después Maciejewski, un polaco de Gniew, escuchó a escondidas una conversación entre dos alemanes. El viejo sastre Konrad Radziejewski, ahora perteneciente a las SS, clamó por un par de cervezas para sus compañeros de las SS, Alfred Taube y algunos otros:
 
– ¿Quién ha hecho tanto por Alemania, sino nosotros? ¡Esto después de haber terminado con los sacerdotes de Pelplin!
 
Sólo después de la liberación, en la primavera de 1945, en el antiguo cuartel del ejército polaco en Tczew, se encontró una fosa común, y en ella los cuerpos de los sacerdotes.
 
La Comisión de exhumación señaló que antes de la ejecución, los esbirros nazis maltrataron a las víctimas, los vestigios atestiguan que los sacerdotes fueron golpeados con las culatas de las armas, con barras de hierro y con palas. La ubicación y la posición de los cadáveres indicaron que algunos sacerdotes fueron enterrados aún con signos vitales.
 
Lista de los 17 sacerdotes asesinados el 20 de octubre de 1939 en el cuartel de Tczew
 
Juliusz Bartkowski (75 años)
Walter Schütt (67 años)
Paweł Kurowski (66 años)
Jan Zaremba (65 años)
Franciszek Różyński (63 años)
Paweł Kirstein (56 años)
Bolesław Partyka (53 años)
Maksymilian Raszeja (50 años)
Jan Wiśniewski (48 años)
Józef Roskwitalski (46 años)
Alojzy Lewandowski (42 años)
Józef Grajewski (31 años)
Jan Jankowski (31 años)
Jan Bistram (29 años)
Augustyn Dziarnowski (28 años)
Juliusz Sielski (28 años)
 
El número diecisiete se completa con el padre Jerzy Chudzinski de 54 años, editor de Pielgrzyma (El Peregrino), que ya se encontraba allí.
 
Los tres sacerdotes que trabajaron con el padre Sawicki en la biblioteca del seminario fueron asesinados el 28 de octubre. Los notarios de la curia episcopal, Paweł Glock de 37 años y Tadeusz Malinowski de 41 años, y el sacerdote y catequista del colegio episcopal Jan Cyrankowski de 32 años.
 
Este es el único caso en la dolorosa historia de la ocupación nazi en que todos los sacerdotes de una ciudad que constituye la sede episcopal (en Pelplin estaba la catedral, el palacio episcopal, la curia, el seminario y el colegio episcopal) de una diócesis católica son asesinados.
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