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Ofrecerlo todo, entregarlo todo

Corinne SIMON/CIRIC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/02/14

En la luz podemos dar como María, sin reservas

La luz de la que hoy hablamos es la luz que ilumina nuestra vida. A los ojos de Dios nada permanece oculto. La luz da vida y alegra el alma. En la luz no podemos ocultarnos, no hay escondite seguro.

En la luz de Dios somos como somos, sin tapujos, sin miedo. Su luz no nos intimida ni violenta. Su luz revela la verdad más honda de nuestra vida. La luz muestra la verdad y la verdad puede ser muy dolorosa. Nos cuesta ver nuestra propia verdad. A veces preferimos vivir en un claroscuro, en una mezcla de virtud y de pecado.

Cristo, con su venida, ilumina el pecado y nos hace ver nuestra pobreza. En su luz nos invita a entregarlo todo sin reservas, a buscar siempre y sólo su luz.

La fiesta de hoy es una fiesta que nos abre a la esperanza y a la alegría. Cristo, que va a pasar por el sufrimiento, nos enseña que, a través del dolor, se llega a la luz de la vida.

Muchos hoy no ven la luz, no creen, no esperan. Han caído en esa actitud negativa del que ya no espera nada de la vida. Hay muchas personas que necesitan nuestra luz, esa luz que brilla en nuestro corazón.

En el Templo entra la luz en los brazos de José y de María. El templo de nuestra vida ha de tener las puertas abiertas, para que muchos puedan ver a Dios. Nuestra puerta santa tiene que estar siempre abierta. La puerta santa de nuestra Iglesia ha de estar abierta para que su luz ilumine el mundo.

Decía el Papa Francisco: «A menudo nos comportamos como controladores de fe y no como facilitadores. Pidamos al Señor que todos aquellos que se acerquen a la Iglesia encuentren las puertas abiertas».

Ojalá seguir a Jesús nos ayude a que nuestra fe se haga vida, nuestras palabras se concreten en hechos. Que quien nos mire vea en nosotros a un Dios cercano, personal, incondicional. Que quien vea nuestros actos vea en ellos la luz de Dios.

La fiesta de la Candelaria es una fiesta de alegría. María es el reflejo de esa luz, es el rostro que nos da la verdadera alegría. Decía el Padre José Kentenich: «La alegría es uno de los afectos fundamentales de la vida humana. Quien no cultiva la alegría, arruina su carácter hasta la médula. Una persona sin alegría es una persona enferma. Las falencias en el cultivo de la alegría son uno de los defectos más graves de la educación»[1].

Tenemos que aprender a vivir nuestra vida con alegría, a disfrutar los pequeños momentos. A valorarlos y agradecer a Dios por ellos. Continúa el Padre Kentenich: «Si siempre tomamos a Dios como la medida, si descansamos en Dios, si todo lo relacionamos a Dios, mantendremos una cierta serenidad aunque nuestro corazón se esté desangrando. Pero si no descansamos en Dios, si no somos hombres sobrenaturales, no esperemos tener siempre alegría. Para hallar lo eterno hay que saber gozar del sol en todas partes y cortar las flores que encontremos en el camino»[2].

En la medida en la que vivamos con alegría todo lo que nos ocurre, daremos luz a muchos. Que puedan decirnos con frecuencia lo que le decían el otro día a una persona al llegar al trabajo: «Hoy llegas llena de luz». Así deberíamos ser siempre los cristianos. Que no vivamos nunca apagados. Que la luz de nuestro amor brille en nuestros ojos y palabras. Que puedan ver a Dios en nosotros. Que el amor que recibimos se convierta en amor a muchos.

Hoy celebramos la fiesta de la luz, la fiesta de las candelas. Velas encendidas que anuncian a Cristo, su presencia, su fuego, su vida. José y María llevan a Jesús al Templo. Presentan la luz, la esperanza del pueblo que espera.

Dice el profeta: «Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que vosotros buscáis». Malaquías 3, 1-4. Lo presentan cumpliendo lo que manda la ley: «Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como prescribe la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor. Ofrecieron también en sacrificio, como dice la ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones».

Jesús es presentado ante su Padre en obediencia a la ley. Antes, en Belén, los Reyes de Oriente habían venido a adorar al Niño Dios nacido en lo oculto. Ahora, en el Templo, la luz llega al pueblo de Israel, al pueblo que esperaba al Mesías. Llega a su Templo, a su casa. Llega a la casa de su Padre.

Ese mismo Templo en el que Jesús iría en tantas ocasiones a orar, a alabar a Dios, a agradecer. Ese Templo en el que discutió con los escribas de niño. Ese Templo del que echó a los mercaderes porque la casa de su Padre no era una cueva de ladrones. Ese Templo en el que repitió las alabanzas del Señor y predicó el amor de su Padre. Ese Templo a través del cual sus pasos recorrieron el camino hasta el Calvario. Fue la tierra de Dios, de su vida entre los hombres. Fue la presencia viva del Espíritu, allí donde descansaba y podía estar en paz. Allí vivió cada vez que caminaba hasta Jerusalén. Allí oró y descansó.

Hoy no va Él, hoy es llevado. Fue su primera visita. Pasivamente llega hasta su Padre. Es ofrecido, entregado. Será el símbolo de su última peregrinación hasta la cruz. La antesala, el preludio.

Hoy surge la luz en las tinieblas y pocos la ven. Es el comienzo de una nueva época y no lo saben. Comienza la esperanza verdadera pero reina todavía la desesperanza. La luz de Dios llega al Templo, a los hombres, y lo ilumina todo con su presencia, pero los hombres no la reconocieron.

Son pocos los que comprenden, los que ven, los que entienden y alaban. Un anciano espera al Señor y da fe de su presencia: «Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor. Vino, pues, al Templo, movido por el Espíritu y, cuando sus padres entraban con el niño Jesús para cumplir lo que mandaba la ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: – Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz. Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, como luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

Cristo es la luz. Sólo Simeón anuncia y habla de Aquel que trae la esperanza. Toda una vida esperando ha merecido la pena. Ahora puede descansar en paz. Ha podido ver con sus ojos lo que tantos han esperado y no han visto. Él sí lo ha visto. Ha creído. Ha esperado. No tiene la mirada de una persona gastada por la edad. Es joven, tiene la mirada de un niño. Cree en la presencia del Mesías oculta en la piel de un niño.

Me impresiona la fe de este anciano. Movido por el Espíritu Santo fue al Templo a orar. Justo en ese momento. Toda la vida esperando y todo cobra sentido en un solo instante. Podía no haber escuchado la voz del Espíritu. Podía haber puesto objeciones y haber rehusado ir al Templo ese día. Simeón aguardaba el consuelo de Israel.

¡Cuántas veces queremos las cosas rápidas! Nos cuesta aguardar, como Simeón. Muchas veces en nuestra oración le pedimos a Dios, no sólo que se cumplan nuestros planes, sino que se cumplan en el plazo que nosotros queremos. En la medida y en el momento que nosotros queremos. No dejamos a Dios que tome posesión de nuestra historia, de nuestra vida. No dejamos que nos sorprenda, que se derrame su gratuidad sobre nosotros. Que desborde nuestro cauce.

Simeón dedicó toda su vida a algo que a nuestros ojos parece improductivo. Esperar. Aguardar. Sin ver nada durante tantos años. No aguarda sólo para él. Eso es lo que le hace grande. Aguarda el consuelo de Israel. Él, día y noche, implora en el Templo por su pueblo, para que por fin llegue el Mesías que les salve y les acerque a Dios. Sin saber cómo sería, ni cuándo. Es un don.

Él recibió el don de darse cuenta de la necesidad de su pueblo, él vivió con esperanza todos los días. Sentía en su corazón que, tarde o temprano, se iba a cumplir esa promesa. Dios siempre cumple las promesas. Sobrepasa cualquier expectativa humana. Dios nunca nos deja solos.

Ahí se une a María en esa alabanza que le hizo su prima Isabel: «Feliz tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Felices los que creen como los niños. Felices los que aguardan, los que confían, los que se fían de Dios. Los que esperan en Él. Los que, como Simeón, no desfallecen. Los que se mantienen fieles a esa intuición del corazón que un día vieron, a ese susurro de Dios en su alma, sin dudar. Hasta el final de su vida. Los que aguardan para otros. Los que piden para otros. Los que imploran por otros. Los que tienen paciencia y se adaptan a los ritmos de Dios. Los que mantienen los ojos abiertos como Simeón.

Su misión, como la de la profetisa Ana, fue preparar con oración, de la misma forma que Juan preparó con su predicación, el camino al Señor: «Había estado casada siete años, siendo aún muy joven, y después había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo dando culto al Señor día y noche con ayunos y oraciones. Se presentó en aquel momento y se puso a dar gracias a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la liberación de Israel». Lucas 2, 22-40.

Es el camino oculto, enterrado en el corazón. La oración nadie la ve, pero mueve el mundo. Por la oración de los que nos aman nuestra vida se sostiene. La misión de Simeón y de Ana fue aguardar, orar. Orar día tras día, sin desfallecer, por el Mesías. Nadie los siguió. Dios le regala a cada hombre una misión y pone en su alma anhelos y dones para cumplirla.

Ana era una mujer que había sufrido mucho. Toda una vida en soledad alabando y dando gracias en el Templo. Una mujer paciente y buscadora. Una mujer llena de Dios que espera al Mesías pacientemente. Pasó toda su vida en el Templo, día y noche esperando, soñando, confiando. Igual que Simeón. ¡Qué fe más grande!

José y María aprendieron a guardarlo todo en su corazón, aún sin comprender: «Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de Él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: – Mira, este niño hará que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de muchos».

Es un mensaje de esperanza pero también se anuncia el dolor de la cruz. Una espada que atravesará su corazón. María y José no comprenden todo. Tal vez el corazón no puede entenderlo todo de golpe. Sólo puede asumir una parte.

Comprendieron la bendición de Simeón y supieron que era una señal que confirmaba esa misión tan impresionante que Dios les había confiado. Ser padres del Mesías, cuidar al Salvador. ¡Cuántos peligros se cernían sobre sus vidas!

María y José inician una peregrinación sagrada. Regresan a Nazaret cuando todo ha concluido. Allí, en lo oculto, continúa la vida ordinaria de Jesús: «Regresaron a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía llenándose de sabiduría, y contaba con la gracia de Dios».

Nada extraordinario volvió a ocurrir. Ningún otro mensaje venido por boca de Simeón y de Ana. ¿Y si estaban equivocados? ¿Y si todo había sido producto de su imaginación?

A veces en la vida dudamos de nuestras grandes certezas. El silencio de Dios. El fracaso. La pérdida. Todo ello nos hace dudar. A lo mejor no teníamos una misión tan grande. María y José en Nazaret hablan de espera paciente. Hablan de esa capacidad de escuchar a Dios y guardar como un tesoro en el alma todo lo que nos dice. Ellos guardan las promesas de Dios y no desconfían.

Nosotros a veces olvidamos nuestras certezas, olvidamos las palabras que Dios nos dijo, que otros nos dijeron. Vivimos superficialmente y la voz de Dios la apagan los ruidos. Queremos aprender a guardar todo en el corazón.

La fiesta de hoy es la presentación de Jesús a su Padre. José y María lo presentan, lo ofrecen. Ofrecen aquello que más aman. La fiesta de la Candelaria nos invita a ofrecer aquello que más queremos.

El Padre Kentenich dice en el libro Hacia el Padre: «Al Hijo, que concebiste por obra del Espíritu Santo, ahora en el Templo, llena de anhelos de redención y con tu mirada maternal fija en nosotros, lo devuelves al Padre regalándolo sin reservas. Al igual que tú entrego por los hombres aquello que más amo».

La vida de Jesús es ofrenda. Es ofrecido desde su nacimiento a su Padre. Y a través de su Padre a los hombres. No se guarda nada María. Lo entrega ahora en el Templo de la misma forma que lo entregará más tarde al pie de la cruz. Dios se lo pide todo y Ella lo entrega todo. María no quiere que nos guardemos nada.

¿Qué es aquello que nos cuesta más entregar? Muchas cosas están atadas en nuestra vida. No queremos soltarlas, no queremos perderlas. Dios nos invita hoy a entregarlas. Las ofrecemos en el fuego del amor de Cristo.

María nos invita a ser más generosos. ¿Qué guardamos con miedo a perder? Que Dios pueda tomar todo lo que hay en nosotros. Le decimos que sí a Dios muchas veces, que se lo damos todo. Pero luego, cuando ese todo se concreta, echamos con miedo marcha atrás. Nos asusta no poder resistir la pérdida.

Hoy, en la fiesta de la luz, le entregamos todo lo que hay en nuestra vida. Nuestros apegos, aquello que más amamos. Lo hacemos porque es suyo, porque a Dios le pertenece todo lo que somos y tenemos.


[1] J. Kentenich, Familia, Reino de María, Retiro de Federación de Matrimonios, 31. 05 – 04. 06. 1950
[2] J. Kentenich, Familia, Reino de María, Retiro de Federación de Matrimonios, 31. 05 – 04. 06. 1950

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