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¿La vida te parece una guerra?

Dmitry Kalinovsky
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Nos olvidamos de lo esencial: nos necesitamos los unos a los otros. Dios nos quiere atraer a su corazón y nos regala lazos humanos que nos lleven al cielo

Le exigimos a la vida ser felices, tener una vida plena y llena. Queremos que las bienaventuranzas que un día el Señor nos dejó como camino de vida sean una constante en nuestro corazón. Sí, queremos ser plenamente hombres, plenamente de Dios, plenamente libres.
 
Mamerto Menapace, un monje benedictino, decía: «Ser felices no nos exime de los problemas, pero nos hace entender que la única diferencia entre alguien feliz o no, no tiene que ver con los problemas que tenga sino que con la actitud con la que enfrente los que le tocan. Las alegrías, cuando se comparten, se agrandan. Con las penas pasa al revés, se achican. Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón. Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro».
 
Pero muchas veces tenemos la sensación de no ser felices, de no ser plenos ni bienaventurados. Tal vez es que nuestro corazón no se ha dilatado lo suficiente. La felicidad es una gracia que se recibe cuando no se espera y se encuentra cuando no se busca.
 
El otro día leía: «Esta vida es una guerra». No me gusta mucho esta afirmación. La vida es lucha, es cierto. A veces una lucha exigente y dura. En muchos casos puede ser injusta. En ocasiones la cruz pesa demasiado. Hay vidas que no encuentran un sentido y sufrimientos que desbordan las capacidades humanas. Abismarse en el corazón humano es toda una aventura y muchas veces uno encuentra sombras, dolores, amargura, oscuridad.
 
Pero no creo que la vida se pueda definir como una guerra. En la guerra uno mata y ve enfrente enemigos contra los que luchar. En la guerra se pierde mucho más de lo que se gana. Una guerra despierta el odio y la rabia, la ira y la violencia. No creo que la vida sea una guerra. Hay sufrimiento y dolor, es verdad. Hay amargura y sinsentido. Exige renuncias y sacrificio. Pero en medio de tanta oscuridad, en medio de las injusticias y los dramas, está Cristo resucitado, vivo, lleno de amor y esperanza.
 
Cristo no se baja de nuestra vida, no permanece indiferente ni olvida nuestro dolor. Este domingo escucharemos: «Por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, Él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba». Hebreos 2, 14-18.
 
Sí, en medio de la oscuridad está Cristo. En medio del dolor Él es el que sana, Él ya ha sufrido y nos levanta. Él es la causa de la verdadera alegría y de la paz definitiva. La esperanza no muere a su lado, todo lo contrario, la esperanza renace.
 
Decía el Papa Francisco: «El Magníficat es el cántico de la esperanza. Es el cántico de tantos santos y santas, algunos conocidos, otros desconocidos, pero que Dios conoce bien, que han afrontado la lucha por la vida llevando en el corazón la esperanza de los pequeños y humildes. María está allí, cercana a esos hermanos nuestros, camina con ellos, sufre con ellos, y canta con ellos el Magníficat de la esperanza».
 
En María renace la esperanza. Ella, que alumbra el sol sin ocaso, nos da luz en medio de las tinieblas. Ella, la Virgen de las candelas, es la llena de luz, la que trasparenta con su vida el amor de Dios. La que, entonando el canto de los pequeños, se hace pequeña para que Cristo brille.
 
Me gustaría pensar que mi búsqueda apresurada de la felicidad me conduce siempre a María y descansa en Ella. Muchas veces me contagio de las prisas, me agobio e inquieto y me dejo llevar por los dolores. No contemplo a María que camina despacio, llena de paz, llena de sol, llena de vida. Se me nubla la vista y la felicidad se esfuma, y la risa, y la vida misma se vuelve guerra. Y veo enemigos en las sombras, por todas partes, dentro de mí mismo. Y me creo que tengo que atacar y defenderme. Y me olvido de sembrar paz con mis palabras y mis gestos. Y desaparece la luz de mi vida.
 
Entonces deja de tener sentido tanto amor que he recibido y se me olvida que mi nombre está escrito en el cielo para siempre. Y miro entonces a María, portadora de Dios, custodia viva. La miro a Ella para descansar en su corazón: «Felices quienes saben experimentar gratitud por todo lo que la vida les ha regalado. Felices quienes se reservan cada día unos momentos de silencio para entrar gozosos en su corazón. Felices quienes no se dejan abatir por los problemas, ni se complacen excesivamente en sus éxitos. Felices quienes se conmueven y luchan por eliminar la miseria, el odio y la injusticia. Felices quienes viven en la esperanza y la confianza».
 
Sí, feliz cuando agradezco sin quejarme, cuando camino sin reprochármelo todo, cuando confío sin temer los imprevistos, cuando espero sin echar en cara infidelidades. Sí, feliz tú, María, que me consuelas y levantas y me enseñas que el único camino es el de ser dóciles y libres, pequeños y confiados. Sí, sólo así renace la esperanza. En el brillo de esos ojos de Madre que nos esperan siempre.
 
Es verdad que a veces me olvido y vivo sin vivir en mí, descentrado, perdido. Buscando desesperado razones para esperar. Apresado en los miedos que no entiendo. En esos momentos la vida no tiene sentido. Con nuestra mirada, con esa percepción confusa. Lo sabemos, ¡cuántas personas viven así a diario! Aisladas en sus problemas, abrumadas por sus miedos, ofuscadas en caminos sin salida. No encuentran ayuda, a veces ya no la buscan.
 
Nos olvidamos de lo esencial: nos necesitamos los unos a los otros. Dios nos quiere atraer a su corazón y nos regala lazos humanos que nos lleven al cielo

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