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Caída del comunismo: Juan Pablo II fue el que marcó la diferencia

AP/Bob Daugherty
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El hecho de que 1989 concluyera sin un derramamiento de sangre, no puede explicarse sin referencia al papa polaco

Hace veinticinco años, el 27 de enero de 1989, una declaración conjunta del gobierno comunista de Polonia, el sindicato Solidaridad, y la Iglesia Católica anunció una "mesa redonda" nacional para discutir el futuro del país, incluidos los principales problemas estructurales de la política y la reforma económica. La mesa redonda comenzó el mes siguiente, y los acuerdos básicos se alcanzaron en abril; unas elecciones parcialmente libres, en las que barrieron los candidatos de Solidaridad, se celebraron en junio, y en septiembre, el líder de Solidaridad, Tadeusz Mazowiecki, se convirtió en el primer presidente no comunista de Polonia desde la Segunda Guerra Mundial.
 
Polonia fue el primer país del Pacto de Varsovia en caer. Su transición aceleró la Revolución de 1989 , que se completó a finales de diciembre de 1989 con la toma de posesión de Vaclav Havel, que aún era preso político a principios de año, como presidente de Checoslovaquia.
 
Durante el último cuarto de siglo, varios teóricos han tratado de explicar "1989", por lo general centrándose en las incapacidades económicas de los regímenes comunistas en la era post-industrial, en la personalidad del líder soviético Mikhail Gorbachov, o en alguna combinación de estos dos factores. Sin duda, la incapacidad de las economías planificadas, centradas en el Estado, para competir en un mundo de alta tecnología tiene algo que ver con "1989": igualmente lo tiene el hecho de que Gorbachov, que provenía de una generación diferente de dirigentes soviéticos, no estuviera dispuesto a sacar los tanques para mantener el imperio exterior de Stalin. Pero limitar el análisis a la economía y a Gorbachov parece ignorar la cuestión histórica más grande: ¿Qué fue lo que hizo que "1989" no implicara derramamiento de sangre y violencia masivos, los dos métodos habituales del siglo XX para efectuar un gran cambio social?
 
Permítanme sugerir, una vez más, una respuesta.
 
A partir de la publicación de La Revolución Final de 1992 , he estado argumentando que "1989" era, en el fondo, una revolución de la conciencia, una revolución del espíritu humano. El carácter esencial de esa revolución moral fue captado por el disidente polaco Adam Michnik, en una sentencia histórica que fue también el fundamento ético de un programa político: “la historia nos enseña que quienes empiezan por asaltar la Bastilla acaban construyendo sus propias Bastillas”. Los líderes de "1989", en otras palabras, determinaron que 1989 no sería una repetición de 1789. Querían construir un futuro de libertad sobre un fundamento más noble que la afirmación revolucionaria francesa de la voluntariedad radical personal – que, después del asalto real de la Bastilla, rápidamente se convertiría en turbas enloquecidas sedientas de sangre.
 
Dicho esto, ¿de donde procede esta determinación de ser diferentes? Venía de muchas fuentes. Venía de años de una seria reflexión política de los disidentes de la clase obrera y los intelectuales de Europa central, gran parte de ella llevada a cabo en los centros penitenciarios y se expresa en clásicas obras underground como "Carta desde la cárcel de Gdansk, 1985" de Michnik y el magnífico ensayo de Havel, "El poder de los sin poder". Venía de la interacción de estos disidentes, sus organizaciones y los diversos grupos de vigilancia de Helsinki que se establecieron en el mundo occidental para supervisar el cumplimiento de los regímenes comunistas de los Acuerdos de Helsinki de 1976: un acto cínico de mentira diplomática mediante el cual la Unión Soviética y sus satélites se comprometieron a honrar los derechos humanos básicos, y una locura que luego lamentarían amargamente. Venía de un presidente estadounidense, Ronald Reagan, que estaba dispuesto a llamar a la maldad política y social por su nombre verdadero, y le daba igual lo que pensaran los partidarios de la diplomacia silenciosa.
 
Y venía del Papa Juan Pablo II, quien será canonizado precisamente tres meses después del 25 aniversario de la convocatoria de la Mesa Redonda polaca.
 
La revolución – una revolución de la conciencia moral – había comenzado a aparecer en Europa central y oriental desde 1968, cuando la Primavera de Praga fue aplastada por los tanques soviéticos. Como arzobispo de Cracovia, el hombre que se convertiría en Juan Pablo II fomentó aquella revolución , reuniendo a los disidentes creyentes y no creyentes moralmente serios. Después, como Papa, Juan Pablo concentró aquella energía moral, que aún era latente, en algo así como un láser, en un fuerte y brillante rayo de la conciencia, durante su peregrinación a su Polonia natal en junio de 1979, ayudando a la gente de la Europa centro-oriental a redescubrir su dignidad .
 
El comunismo habría caído, con el tiempo. Pero si cayó cómo y cuándo lo hizo, esto no se puede explicar sin remitirse a Juan Pablo II y a la revolución de la conciencia que él llegó a encarnar.
 
 
 
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