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Demasiado dóciles para los nazis. El otoño de Pelplin (2da parte)

© Public Domain

Gerardo Rodríguez - publicado el 28/01/14

Última peregrinación del Capítulo de la Catedral de Pelplin

Sin gritos, sin golpes y sin la amenaza de las armas reunieron a todos los sacerdotes en el patio. Éstos resultaron ser extremadamente obedientes. A la sombra de la catedral la escolta colocó a los sacerdotes en fila de tres. Pero tanta docilidad resultó excesiva para los hombres de las SS. El profundo silencio con el que obedecían sus órdenes terminó por irritarlos. Entonces comenzaron los gritos, las amenazas con las culatas de los fusiles, algún puño se levantó en alto.

En el segundo piso varios presos se concentraron en las ventanas observando esta inusual escena. No duró demasiado tiempo. Los sacerdotes rodeados de una escolta armada siguieron a los soldados a paso ligero y desaparecieron de la vista.

El grupo se detuvo a dos kilómetros fuera de la ciudad, en el patio de la propiedad perteneciente al obispado denominada Pólko. Desde los establos y detrás de los vidrios los miraban antiguos peones, incapaces de comprender, por qué los alemanes les ordenaron sacar y arrojar palas y picos a los pies de los canónigos, por qué les ordenaron a los sacerdotes tomar las herramientas, cargarlas sobre sus hombros y volver a la fila.

De aquí en adelante la escolta se volvió más vigilante. Los soldados se alejaron un poco de la columna y dirigieron hacia ella sus armas, y luego con gritos de Schnellerl Schneller! encaminaron a todo el grupo hacia un bosque cercano. Allí, en un claro, ordenaron a los sacerdotes cavar una fosa. Cuando después de media hora estaba ya casi lista llegó desde Pelplin un hombre de las SA con órdenes para el nazi de más alto rango. Le dijo algo en voz baja y ordenó a los sacerdotes que dejen de cavar.

La escolta de nuevo colocó a los sacerdotes en fila de tres y los condujeron por el mismo camino a Pelplin.

Alrededor del mediodía ingresaron por la calle Starogard. En el jardín detrás de la valla se encontraba Ana Buszkiewicz, con la que el padre Roskwitalski había desayunado en la mañana. Ahora volvió la cabeza hacia ella, la sacudió significativamente, luego se fue alejando con tristeza, trasladando la pala de un hombro al otro. En otro lugar Esteban Kuchta observaba la procesión, unas pocas docenas de metros más allá Pablo Adamowski y Carlos Węsierski, de lejos detrás de los últimos soldados de la escolta caminaba el fogonero del molino, Juan Szatkowski. En la calle de la estación observaba esta escena desde detrás de la cortina de su departamento Sofía Burdakowa. Todos los residentes vieron a escondidas o sigilosamente a los sacerdotes de esta extraordinaria procesión a lo largo de todo el camino.

A la cabeza en el lado derecho marchaba en uniforme de gala el hombre de las SA Gustav Hogenfeld, en el lado izquierdo el comandante de las SS Friedrich, detrás de ellos a ambos lados de la columna de los sacerdotes iban los hombres de las SA y varios no identificados pertenecientes a las SS. Los alemanes iban con cascos y con los fusiles listos para disparar.

He aquí a través de las calles de la sede episcopal va marchando todo el capítulo de la catedral. No, no sólo el capítulo – hay más, marchan todos los sacerdotes de Pelplin, a los que se ha encontrado en sus domicilios el 20 de octubre de 1939. Ellos van con una postura firme, de cuello blanco, algunos con sombreros, de negro, con abrigos. El único sacerdote que marcha en sotana es el padre Bartkowski.


Entre los tres primeros va el canónigo de la catedral y rector del seminario, el sacerdote y doctor José Roskwitalski de cuarenta y seis años, profesor de Catequética, Pedagogía y Teología Pastoral. Junto al soldado de la escolta camina con la cabeza erguida el comandante de la policía estatal de Pelplin Eduardo Jarczewski y tiene a su derecha al canónigo de la catedral, el sacerdote y doctor Maximiliano Raszeja de cincuenta años, profesor de Teología Moral y Sociología.

Por encima de todos sobresale la cabeza canosa del más alto, el sacerdote que mide casi dos metros. Este capellán papal y canónigo de la catedral de cincuenta y seis años es el sacerdote y doctor Pablo Kirstein, director del colegio episcopal desde el año 1929. A su izquierda camina el canónigo de la catedral, prelado doméstico de Su Santidad y penitenciario, el sacerdote y doctor Francisco Różyński de sesenta y tres años; y a su derecha el capellán papal y párroco de Pelplin, Luis Lewandowski de cuarenta y dos años.

Entre los tres de la tercera fila se encuentra un sacerdote de sesenta y cinco años inclinado y sin aliento, el sacerdote y asesor Juan Zaremba, profesor de matemáticas y ciencias naturales en el colegio episcopal, desde hace seis años es emérito. En el centro camina el capellán papal, canónigo de la catedral e inspector de religión en las escuelas secundarias, el sacerdote Boleslaw Partyka de cincuenta y tres años. A su derecha va el sacerdote de treinta y un años José Grajewski, catequista y director espiritual del colegio episcopal.

En la cuarta fila sólo son dos los sacerdotes. Ambos son jóvenes y ambos son vicarios de la catedral: Agustín Dziarnowski tiene veintiocho años y Juan Bistram veintinueve años

En la quinta fila los tres son: el capellán papal y profesor del seminario, el sacerdote de cuarenta y ocho años Juan Wisniewski, profesor de canto en el colegio episcopal y director del coro y de la orquesta del seminario; el profesor de veintiocho años del Colegio Mariano, el sacerdote y magister Julio Sielski, exalumno de la universidad de Pelplin; finalmente el vicario de la catedral, el sacerdote Juan Jankowski de treinta y un años.

La procesión se cierra: el sacerdote alemán de Danzig Walter Schütt de sesenta y siete años y Canciller de la Curia episcopal; el canónigo de la catedral y prelado doméstico de Su Santidad, el sacerdote Pablo Kurowski de sesenta y seis años, capellán del obispo y profesor del colegio episcopal también director diocesano de Propaganda Fide. Entre ellos, tambaleándose, va el sacerdote más anciano de la curia de Pelplin, el prelado de setenta y cinco años, prepósito del capítulo catedralicio, el sacerdote Julio Bartkowski, toda su vida asociada a la ciudad de la sede episcopal: aquí se graduó, aquí fue capellán del obispo, administrador, luego párroco, canónigo, vicario general y oficial del tribunal eclesiástico; condecorado con la Cruz de Comendador de la Orden de Polonia Restituta.

Cuando pasaban por las primeras casas de Pelplin comenzó a llover. Grandes gotas caían sobre esas cabezas descubiertas expuestas al sol, golpeaban esos rostros enrojecidos y cubiertos de sudor por marchar a paso ligero y durante largo tiempo.

El padre Julio Bartkowski,, un hombre alto y corpulento, desde hacía varios años caminaba con dificultad a causa de la enfermedad de sus piernas. Durante el primer tramo del camino pudo mantener heroicamente el ritmo de sus compañeros, pero ahora fue disminuyendo progresivamente la velocidad, provocando gritos más frecuentes entre los soldados.

Al pasar cerca de la catedral, recinto sagrado donde actuaron durante gran parte de sus vidas, todas las cabezas se volvieron hacia sus paredes góticas, el magnífico portal y los ricos vitraux, hacia las paredes y los patios del Collegium Marianum y hacia el edificio del seminario, convertido ahora en lugar de tormento y ejecución de polacos.

Los nervios del anciano sacerdote no soportaron esta visión, se detuvo por un momento, se metió la mano en el bolsillo para sacar un pañuelo para limpiarse la nariz y los ojos llorosos, pero el nazi más cercano alcanzó al anciano y le dio un puñetazo en la cara. El sacerdote se recompuso, dio algunos pasos, de repente tropezó y se habría caído de no haber sido por las manos vigilantes del sacerdote un poco más joven Schütt. Lo sostuvo a través de varios metros, pero en razón de su edad también el sacerdote alemán comenzó a respirar con dificultad, de modo semejante como iba caminando en esa misma fila de tres el sacerdote Pablo Kurowski de sesenta y seis años.

En la medida que la fatiga se acrecentaba disminuía el ritmo de la marcha y el ruido de los tacones sobre las piedras del pavimento se mezclaba con las respiraciones ruidosas. A los ancianos y a los enfermos comenzó a faltarles el aliento, respiraban extensamente con la boca abierta, jadeando en busca de aire. Pero la muerte ya había quedado atrás, en aquella fosa que cavaron en vano y que hubiera sido la tumba de todos. ¿Estos venerables ancianos se esforzaban hasta el límite con la esperanza de que el siguiente momento les traería alivio y descanso?

Cuando se acercaron a la plaza del mercado, las manos débiles del sacerdote alemán ya no fueron capaces de brindar ayuda, entonces el padre Bartkowski cayó. Los alemanes lanzaron un grito, uno se precipitó hacia él para golpearlo con la culata del arma, pero antes llegaron corriendo los sacerdotes más jóvenes Sielski y Jankowski, lo tomaron debajo de sus brazos y además lo condujeron por las calles empedradas de Pelplin

En la plaza del mercado los alemanes organizaron un desfile.

– ¡Enderezar! – Gritaron.

– ¡Marchar!

Varios hombres de las SA corrieron hacia adelante para tomar una serie de fotos conmemorativas con la firme convicción de que serían unas fotos históricas extraordinarias….

La escolta se tornó más enérgica. Al darse cuenta de esta situación inusual, los nazis le gritaban a los sacerdotes cada vez más fuerte y con más frecuencia, y llevaron a la parte posterior al sacerdote Bartkowski empujándolo de vez en cuando con la culata del fusil, con el fin de darle fuerzas. Los verdugos sintieron sobre sí una mirada de odio, que venía hacia ellos desde todas las ventanas, con el rostro escondido detrás de las cortinas.

Y los sacerdotes iban, a la medida que sus fuerzas podían igualar el paso, con la cabeza bien alta, llevando los picos y las palas con dignidad.

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