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La Iglesia necesita hobbits

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No todo el mundo necesita ser un Tomás de Aquino

Tengo muchos amigos que se han convertido al catolicismo a lo largo de los años. Yo mismo soy ex evangélico, hoy católico. El contacto con católicos intelectuales en lugares como Princeton, ISI y en muchas organizaciones sin ánimo de lucro de Washington es suficiente para mostrar a los jóvenes evangélicos lo que se están perdiendo. La belleza y la grandiosidad, la conexión con la historia y la fuerza intelectual son frecuentemente citadas como razones para la conversión.
 
Pero hay un contra-argumento que también he oído: que la muestra de catolicismo que se ve en los lugares que he mencionado está lejos de ser el catolicismo “normal”. El catolicismo "normal" de hoy puede ser supersticioso, mediocre en sustancia y formación espiritual; puede llevar a sus seguidores a iglesias que envejecen rápidamente o que están llenas de hispanos en rápido proceso de secularización. Un contra-argumento, en fin, que se basa en el aviso de que “no es lo que parece”.
 
Intentando comprender este escenario: ¿deberíamos quizás estar procurando un cristianismo de alta intelectualidad? ¿Querríamos que todos fueran intelectuales? ¿Nuestro parámetro de un buen cristiano es un post graduado que escribe su disertación sobre Tomás de Aquino?
 
Yo sé que Tolkien, él personalmente un católico convencido, trato sobre eso en “El Retorno del Rey”. En el capítulo “Las Casas de Curación”, Pippin observa que los hobbits no tienen nada que ver con reyes, castillos y grandezas exteriores. Merry responde:
 
“Pero al menos ahora podemos verlos y honrarlos [a los reyes]. Lo mejor es amar ante todo aquello que nos corresponde amar, supongo; hay que empezar por algo, y echar raíces, y el suelo de la Comarca es profundo. Sin embargo, hay cosas más profundas y más altas. Y si no fuera por ellas, y aunque no las conozca, ningún compadre podría cultivar la huerta en lo que él llama paz. A mí me alegra saber de estas cosas, un poco. Pero no sé por qué estoy hablando así. ¿Dónde tienes esa hoja? Y saca la pipa de mi paquete, si no está rota”.
 
Pippin y Merry no son intelectuales. No son mentes brillantes. Pero podemos ver dos cosas en este pequeño discurso de Merry que son cruciales para una Iglesia saludable, creo yo:
 
1. El reconocimiento, por parte de las personas “normales”, de que las cosas que los intelectuales valoran, en una sociedad rectamente ordenada, tienen impacto sobre todos, aunque no todos entiendan claramente esas cosas. En consecuencia, las personas pueden respetar esas preocupaciones aparentemente ajenas. Podremos juzgar mañana el valor de las elites de hoy en base a lo que su trabajo haya cultivado comunidades y almas.
 
2. Un aprecio por las cosas que importan, aunque sea a su nivel más básico. Así, gran parte de la vida bien vivida consiste en aprender a apreciar las cosas ciertas.
 
Y eso los hobbits lo saben. Sería difícil encontrar a alguien en la Tierra Media de la Tercera Edad o en la América del siglo XXI que sienta más placer que ellos por la buena música, la bebida, los desayunos, el hogar, los árboles o la amistad. Pero Merry, al contrario que sus amigos en la Comarca, tiene la sensación de que esas cosas vienen de algún lugar; de que vale la pena explorar ese “algún lugar” y conocerlo más profundamente, aunque no sea él el que lo haga (es importante: al final de su pequeño y sorprendentemente profundo discurso, Merry sacude la cabeza y pide su pipa).
 
No debemos querer que todos o la mayoría sean intelectuales. Debemos querer que todos, sin embargo, en cierta manera, sean hobbits.
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