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¿Es válido todo para traer a la gente a la parroquia?

Marcel Jancovic

Juan Ávila Estrada - publicado el 27/01/14

Hay que enseñar con claridad aún con riesgo de que muchos se vayan, Jesús no cambió nunca la verdad del evangelio por la simpatía de sus seguidores

¿Por qué a veces somos tan “folclóricos” al momento de anunciar el evangelio o querer construir vida de Iglesia? Tal vez porque existe el temor que al anunciar la Palabra de Dios ella asuste tanto que terminemos espantando en vez de atraer. El apóstol san Pablo nos recuerda que Dios utilizó la “necedad de la predicación” para cimentar la fe y propagarla por el mundo; pues es   esta predicación  a la que necesitamos volver  como  fuente de lo que Dios quiere para nosotros.

La metodología utilizada, los nuevos recursos, la nueva pedagogía, cuando no se entienden, suelen desdibujar y decolorar la fuerza y la hermosura del anuncio salvador. Por eso, cuando pensamos  en actividades eclesiales que incentiven la vida comunitaria y de fe podemos correr el riesgo de  pensar que vale más el medio que el fin y que, en últimas, todo es válido para anunciar a Cristo. La predicación sigue siendo “necia” pero necesaria para el encuentro con la Palabra del Señor Resucitado, y si bien es cierto que los recursos humanos son válidos, no todo puede hacerse en aras de creer  que el evangelio está llegando a todos. El peligro de la realización de cualquier actividad que llamamos “evangelizadora” es que en vez de evangelizar lo mundano, terminemos mundanizando el evangelio.

Uno de los grandes choques que siempre encontré en los lugares en los que tuve la oportunidad de ser párroco fue que cuando se deseaba hacer un bingo parroquial, por ejemplo, no faltaba quien propusiera vender licor, con el argumento trasnochado de que era lo que más ganancias dejaba. Siempre respondía algo que aprendí hace muchos años desde que era seminarista: “no pego ladrillos con vómito de borrachos”. Siempre he pensado, con recta convicción,  que hay ciertas cosas que deben ser desterradas de nuestra vida eclesial, so pena de caer en la mundanidad y de no ser ejemplo para quienes nos miran.

Cuando pienso en un grupo o movimiento juvenil, siempre reconozco el ingenio que éstos poseen para hacer cosas e innovar, pero en medio de la euforia se tiende a desdibujar la hermosura de Jesús y quedarnos únicamente con la belleza de los actos realizados. ¿Cuántos de nuestros jóvenes, miembros de estos grupos juveniles parroquiales, se confiesan frecuentemente, participan y reciben la Eucaristía? ¿Cuántos de los que estuvieron están hoy casados por la Iglesia? Si el porcentaje es poco entonces tenemos que cuestionar si lo hicimos de manera correcta. Es que nuestros movimientos juveniles no solo busca formar gente solidaria sino gente cristiana y eso es mucho más que ser solidario.

Cada una de esas actividades que llamamos “evangelizadoras”, deben tener como centralidad a la persona de Jesús y no podemos llamarnos a engaño pensando que todo lo que se hace en la parroquia, por ser parroquial, lleva a Jesucristo.

No hay que tener miedo a la predicación, a la enseñanza, a la transmisión de la fe, a la presentación de la Palabra de Dios, que suele ser “espada de dos filos” y por eso necesitamos ser claros desde el principio. Como lo nuestro no es ser “trabajadores sociales” ni simples “filántropos” sino apóstoles del evangelio, que amamos en nombre del Señor y construimos a la persona en todas sus dimensiones, mundana y trascendente, cada uno de los que se acercan a nuestras comunidades o vamos a lanzarle una propuesta de vida nueva, deben tener claridad de lo que se les ofrece. No hay que tener miedo a orar, pensando que se aburrirán, a leer la palabra de Dios, pensando que no volverán, a animarles a participar de la vida sacramental, argumentando que eso se deja para después; lo que ofrecemos en la Iglesia es a Jesucristo, el Señor, él es el tesoro que compartimos, su salvación es la propuesta para quienes quieren acogerle, pero también  una nueva forma de vivir, de ver el mundo, de interpretarlo y de vivir la vida.

No me opongo a muchas actividades parroquiales, de hecho las he promovido, pero también es cierto que debemos revisar si las estamos haciendo de tal forma que quien salga de ellas le ha permitido realmente tener un encuentro personal con el Señor o por lo menos le ha dado paz a su corazón. Divertirnos, hacernos amigos, todo eso es fundamental en la vida de Iglesia, pues no podemos ser ni parecer gente aburrida, pero quien nos ve debe reconocer que nuestra alegría es mucho más que la alegría del mundo y que nuestra fraternidad tiene nombre propio, que ella es producto de nuestra relación con Dios.

No se puede construir vida de Iglesia alrededor de una olla, ni de un juego de mesa, se construye alrededor de la Palabra. La olla y los juegos se dejan para construir simpatía, amistad, solidaridad, son importantes, espero que me entienda, pero la fe va más allá de todo esto y no se puede quedar en una simple lavada de platos y de chistes alrededor de una botella de licor.

Cada día somos retados por Cristo a tener arrojo, valentía, a no tener miedo, a enseñar con claridad aún con riesgo de que muchos se vayan, Jesús no cambió nunca la verdad del evangelio por la simpatía de sus seguidores. Cuando tuvo que decir las cosas las dijo y cuando muchos se apartaron de su lado también preguntó si todos querían irse; estaba dispuesto a quedarse solo antes que hacer perder fuerza a las enseñanzas de su Padre.

Somos nosotros la sal de la tierra, somos nosotros los que estamos llamados a transformar el mundo y no el mundo a nosotros.

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