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Lo que los papas han dicho sobre los periodistas

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Pablo VI, hijo de periodista, fue el primero en hablar del periodismo como vocación

San Francisco de Sales (1567-1622), evidentemente, no fue periodista. Ni siquiera se consideraba en su tiempo este oficio aunque hubiese otros que hoy consideraríamos sus precedentes (consejeros como líderes de opinión o heraldos como difusores de noticias). Si es el patrono de los periodistas, además de los escritores, no fue por su buen ejercicio del ministerio episcopal, o por fundar, junto a Santa Juana Francisca de Chantal, la Orden de la Visitación. Algo más tiene que ver con el hecho de ser el autor de la “Introducción a la vida devota”, que para Benedicto XVI fue “uno de los libros más leídos en la edad moderna”; o por escribir el famoso “Tratado del amor de Dios”, en cuanto representan obras de divulgación en las que, adelantándose a nuestro tiempo, expone la noble vocación de los laicos y la importancia del diálogo entre fe y razón. Dos temas que, pasados los siglos, resultan actualísimos, desde el punto de vista subjetivo el primero y objetivo el segundo, a la vocación periodística.

Pero, unido a esto, tenemos que entender que el que fuera proclamado doctor de la Iglesia, con el empeño evangelizador propio del ímpetu de la Contra-reforma, ideó todo tipo de medios –como las octavillas que repartía de noche por las casas- para la divulgativa respuesta apologética a las controversias sobre la fe. De tal suerte que, cuando en 1923 Pío XI le otorgó este patronazgo, vio en todos estos méritos un ejemplo a seguir por parte de los escritores y de los periodistas, sobre todo, en el contexto del surgimiento, en esos años, de la llamada “buena prensa” católica, más vinculada al periodismo editorialista de divulgación de las ideas que al, aún incipiente, periodismo moderno informativo. Lo que aparece claro, a partir de la designación de este patronazgo, es que desde que toma carta de ciudadanía el oficio periodístico, la Iglesia vio en él una valiosa vocación.

Para el beato Juan XXIII la labor del periodista se desplegaba en tres “militancias”. Si a los periodistas católicos italianos les dice en 1959 que deben “ser cultivadores de la verdad, a fin de que ésta, a menudo conculcada y traicionada por los medios de información, pueda triunfar”, como arma veritatis; en su encíclica Ad Petri cathedram del mismo año, les recuerda que además de propagar lo verdadero, deberán guardar “incólume la integridad de las costumbres”, como arma honestitatis; inseparable del “realizar el bien” e “irradiar la virtud”, como arma caritatis. Para él la respuesta a esta vocación requiere una profunda preparación, porque “un periodista no se improvisa”. Dirigiéndose en 1960 a los periodistas católicos italianos les decía: “Reflexionad. El periodista necesita la delicadeza del médico, la facilidad del literato, la perspicacia del jurista, el sentido de responsabilidad del educador (…) Es necesario conocer el modo y las técnicas de la información y, al mismo tiempo, no perder el tiempo en inútiles audiciones y lecturas, para que se afine la sensibilidad y se posea el arte de saber escoger, entresacar, y revestir las noticias”.

Pablo VI, hijo de periodista, fue el primero en hablar del periodismo como vocación. Dirigiéndose a los periodistas católicos de todo el mundo, en 1963, les decía: “lo mismo que el sacerdote, vosotros estáis al servicio de la verdad; como él, sois para los demás, no para vosotros mismos. Vocación de servicio, con todo lo que lleva consigo de sacrificio, de fecundidad también, de grandeza y de belleza”. Y dirigiéndose ese mismo año a los periodistas italianos explicaba así esta vocación profética: “Sois maestros, hoy, para la gran mayoría de vuestros compatriotas; sois, por lo tanto, educadores; decimos más, sois profetas, pues, como todos los seglares cristianos, según la doctrina de la constitución conciliar sobre la Iglesia, estáis comprometidos en un testimonio específico, que tiene una cierta nota específica y una particular eficacia por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del siglo (Lumen Gentium, n.35).

Vuestro testimonio consiste en estar al servicio de la palabra, que en todas sus expresiones creadas debe ser eco fiel de la Palabra eterna e increada, el Verbo del Padre, la luz de nuestras inteligencias, la Verdad que tanto nos sublima”.

Años más tarde, en 1967, proponía a los periodistas reconocer en su interior “dos energías” secretas: la primera, el amor-simpatía por el pueblo, “no el amor de su aplauso (que puede envanecer); no el amor de su favor (que puede envilecer), sino el amor de su bien”. La otra energía es la belleza de la bondad, porque “cuando vosotros, escritores y artistas, sabéis sacar de las vicisitudes humanas, por humildes y tristes que sean, un acento de bondad, súbitamente un rayo de belleza inunda vuestra obra. No es os pide que os convirtáis en moralistas de una tesis fija, sino que se pone confianza en vuestra habilidad de hacer entrever el campo de luz que hay tras el misterio de la vida humana”.

En el único discurso a los periodistas de su brevísimo pontificado, Juan Pablo I recordó que no hay comunicación sin comunicabilidad, y no hay comunicabilidad sin empatía. Si la primera es una capacidad a desarrollar, la segunda es un valor a implementar en la vida del periodista.

En su primer encuentro con los periodistas el beato Juan Pablo II se atrevió, como él mismo dijo, a utilizar el término vocación: “vuestra profesión, tan exigente y a veces tan agotadora, me atrevería a decir vuestra vocación, tan actual y tan hermosa”. En un discurso a los miembros de la Unión Católica de la Prensa Italiana (1983), recogió así el legado magisterial de la Iglesia sobre esta vocación: “Según ha señalado repetidamente el magisterio pontificio durante estos decenios, la profesión periodística debe ser entendida como una misión de información y formación de la opinión pública, en cuyo origen se sitúa un impulso fuertemente interior, que podríamos llamar vocación. Tal misión, es decir cometido cualificado, mientras reclama del sujeto un compromiso personal que moviliza sus mejores facultades, exige por su naturaleza, ejerce al abrigo de toda arbitrariedad, y se canaliza en la corriente de un ministerium, de un servicio -como se dice en el argot también de algunas prestaciones periodísticas- constantemente anclado en los criterios de la veracidad, objetividad y claridad”.

En el documento “Ética en las comunicaciones sociales” (2000), se dice que la vocación profética del periodista consiste en “clamar contra los falsos dioses e ídolos de nuestro tiempo -el materialismo, el hedonismo, el consumismo, el nacionalismo extremo y otros-, ofreciendo a todos un cuerpo de verdades morales basadas en la dignidad y los derechos humanos, la opción preferencial por los pobres, el destino universal de los bienes, el amor a los enemigos y el respeto incondicional a toda vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, buscando la realización más perfecta del Reino en este mundo”.

Se trata por tanto de una vocación que se inscribe entre aquellas vocaciones en y desde la Iglesia destinadas a la transformación según el Evangelio de las cosas temporales, como vocaciones primordialmente (aunque no exclusivamente) laicales. En el mensaje final de la X Asamblea General del Sínodo de los Obispos de 2001, se dice, en el contexto de lo que el Papa Juan Pablo II llamó los areópagos modernos, particularmente en el universo de los medios de comunicación, que los laicos “continúen rellenando el foso que separa la fe de la cultura. Que se reúnan en un apostolado organizado para estar en primera línea en esta lucha necesaria por la justicia y la solidaridad, que da esperanza y sentido a este mundo”.

Una lucha que, de algún modo, compete hoy en día a todos. Benedicto XVI, consciente de que “es necesario una info-ética, así como existe la bio-ética en el campo de la medicina y de la investigación científica”, porque “hay que evitar que los medios de comunicación social se conviertan en megáfono del materialismo económico y del relativismo ético”, consideró prioritario proponer “la búsqueda y la presentación de la verdad sobre el hombre” como “la vocación más alta de la comunicación social”, como “tarea entusiasmante confiada, en primer lugar, a los responsables y operadores del sector”. Pero una tarea que –y esto era ya evidente cuando lo escribió en el año 2008-, “sin embargo, nos corresponde en cierto modo a todos, porque en esta época de globalización todos somos usuarios y a la vez operadores de comunicaciones sociales”.

El Papa Francisco, con su inconfundible sensibilidad humana y social, ha considerado el mandamiento del amor al prójimo desde su realización concreta en el horizonte de la vocación del comunicador. Lo hizo ya en su primer discurso a los periodistas al indicar que al profesional de la comunicación se le pide “estudio, sensibilidad y experiencia, como en tantas otras profesiones, pero implica una atención especial respecto a la verdad, la bondad y la belleza”. Para entender esta prioridad, tenemos que remontarnos a su magisterio cuando aún era Cardenal Bergoglio. Especialmente a una conferencia pronunciada en Buenos Aires en 2002 bajo en sugestivo título “Comunicador: ¿quién es tu prójimo?”. En ella decía que “aproximarse en la comunicación” consiste en que si “bien, verdad y belleza son inseparables cuando nos comunicamos”, lo son (inseparables) “por presencia o también por ausencia, y -en este último caso- el bien no será bien, la verdad no será verdad ni la belleza será belleza”. Y “así como a nivel ético, aproximarse bien es aproximarse para ayudar y no para lastimar, y a nivel de la verdad, aproximarse bien implica transmitir información veraz, a nivel estético, aproximarse bien es comunicar la integridad de una realidad, de manera armónica y con claridad. Aproximarse mal en cambio es aproximarse con una estética desintegradora, que escamotea algunos aspectos del problema o que los manipula creando desarmonía y que oscurece la realidad, la afea y la denigra”.

Parece claro que los papas contemporáneos a la “sociedad de la información” tienen una altísima estima a la vocación periodística y, al mismo tiempo, señalan un no menos alto reclamo a la responsabilidad social que esta vocación comporta. Un legado inmenso para un inabarcable potencial de servicio bajo la protección de un santo para el que el pan de la verdad, aunque escrita en una arrugada octavilla, merecía también el beso sagrado del pan de los pobres.
 

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