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Casados en crisis: cómo hacer antes de que sea tarde

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Ningún matrimonio termina “de repente”; normalmente, el camino de la desintegración tiene cuatro etapas, profundamente interconectadas

“¡Se acabó!” Con esa breve observación, muchas personas describen el final de su matrimonio, Detrás de este verbo hay crisis, sufrimientos, explosiones y, no pocas veces, peleas interminables. ¿Donde quedaron enterradas las sonrisas del día de la boda y las promesas de fidelidad “hasta que la muerte nos separe”? ¿En qué fase de la vida se desvaneció la certeza de que “nadie será más feliz que nosotros dos”? ¿Como entender la amargura que acabó con una relación que parecía tan feliz?…
 
Ningún matrimonio termina “de repente”. Especialistas matrimoniales constatan que, normalmente, el camino de la desintegración tiene cuatro etapas, profundamente interconectada – es decir, cada etapa prepara y prácticamente condiciona la siguiente.
 
En la primera, comienzan a surgir comentarios negativos, uno respecto de otro. Más que quejarse del esposo o la esposa (la queja se refiere a un comportamiento específico), se multiplican las críticas que son siempre abiertas, indeterminadas, generales: “¡Eres aburrido!”; “¡Eres cada vez más insoportable!”. Están aquellos (o aquellas) que sufren callados: no aceptan el comportamiento del compañero, pero no lo verbalizan. El problema es que van acumulando rabia en su corazón. Cuando se deciden a hablar, no miden las palabras. Las agresiones  –  verbales o de hecho – parecen ser de enemigos mortales. Ahora, lo importante es humillar al otro, para dejar claro que no hay posibilidad alguna de reconciliación.
 
Para no llegar a ese punto, es preciso cultivar el diálogo. Más que escuchar al otro, es importante tener la capacidad de ponerse en su lugar, para ver el problema “desde el otro lado”. Un matrimonio me hizo una confidencia: cuando se casaron, tomaron una decisión que marcó sus vidas: se prometieron el uno al otro que jamás dormirían sin, antes, solucionar los problemas que pudieran haber surgido entre ellos durante el día. “Solucionar”, en este caso, significaba cultivar el perdón como actitud habitual. El perdón será menos difícil si cada uno, en vez de atacar al otro de forma generalizada, llama la atención sobre los errores concretos y sobre los comportamientos que deben ser corregidos.
 
En la segunda etapa, crece el desprecio por el otro. Despreciar es una forma de ignorar, de insultar, de herir. El desprecio viene siempre acompañado del mal humor, insultos, ridiculización. El objetivo a alcanzar es la destrucción del otro. Lo importante es salir vencedor.
 
Solo se supera esa etapa cuando al menos uno de los dos acepta no ver al otro como un enemigo, y pasa a creer que no necesita demostrar que es el más fuerte. “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12,10), diría el apóstol Pablo.
 
En la tercera etapa, el que ha sido víctima del desprecio empieza a defenderse. Se impone la idea de que la mejor defensa es el ataque. Ya nadie escucha a nadie. Se acabó la comunicación.
 
Se consigue cortar esa situación solamente con la disposición de escuchar al otro, de prestarle atención, demostrando que es importante.
 
En la cuarta etapa, domina el mutismo. Uno de los dos permanece en silencio, quizás incluso con el deseo de no empeorar la situación. Pero, en ese caso, no es así como se soluciona el problema. Es preciso, en cambio, dejar claro que se está escuchando al otro. Nadie puede permanecer indiferente ante una persona que le presta atención. Escuchar y prestar atención con un corazón dispuesto a acoger es una forma de crear puentes – puentes de diálogo y de perdón, puentes de comunión.
 
Por fin, lo que podría haberse escrito desde el principio: en mis más de cuarenta años de servicio a la Iglesia, atendiendo a numerosos casados, nunca encontré un matrimonio que rezase diariamente, que colocase a Dios en el centro de sus vidas, y que hubiera pasado por crisis matrimoniales insuperables. Por decirlo de forma positiva, recuerdo la respuesta que una joven me dio, cuando le pregunté cómo le iba la vida, ya que se había casado dos años antes: “Mi marido sabe que yo amo a Dios más que a él. Yo sé que mi marido ama a Dios más que a mí. A partir de ahí, todo se hace más fácil y todo se resuelve sin grandes dificultades…”

Por monseñor Murilo S. Krieger,arzobispo de Sao Salvador y primado de Brasil
Artículo publicado originalmente en la página web de la CNBB (conferencia episcopal de Brasil)

 
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