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Autoeducación, un método realista para mejorar

© Jean Matthieu GAUTIER / CIRIC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 17/01/14

Conocerse a uno mismo, aceptarse, encauzar, conducir, respetar, soñar con lo que podemos llegar a ser si nos dejamos educar por Dios

En ocasiones vemos la realidad de una manera determinada y pensamos que es la única. No aceptamos la versión que nos dan los demás sobre nuestra vida, sobre la misma realidad que contemplamos. Creemos que los que están mal son ellos, los que se equivocan, los que llegan tarde, los que no aciertan con sus comentarios, los que no ven bien cómo son las cosas.

Vemos la realidad de una manera propia y desconfiamos de los juicios de los otros, de sus puntos de vista, de su mirada. Resaltan colores que no vemos nosotros y ponen el acento en el lugar equivocado. Se equivocan, pensamos, porque la vida es como nosotros la vemos, no hay duda.

Hay personas que son incapaces de ver que lo que hacen no es correcto. No por maldad, ni porque se justifiquen, simplemente porque no son capaces de ver su vida con algo de perspectiva y objetividad. No aceptan las críticas y, cuando cuentan su problema, parece que se refieren a otra persona.

A todos nos puede pasar. Vemos la vida desde nuestro dolor, desde la herida, desde nuestro prejuicio arraigado en el alma, desde los ojos que nuestra historia ha ido modelando.

Y entonces ya no estamos dispuestos a aprender, ni a mejorar, ni a avanzar. Nos hemos estancado en la idea que tenemos de la vida, de nosotros mismos, y ahí nos sentimos seguros.

No aceptamos la complementación y rechazamos ese amor que nos exige el cambio. No somos capaces de decir lo que afirmaba una persona: «Aprendí que el amor no tiene fronteras ni límites, que el amor despierta amor y que Dios siempre se manifiesta en los más pequeños y pobres».

¿Qué es lo último que hemos aprendido? ¿De quién lo aprendimos? ¿Cuándo hemos renunciado a nuestra visión para aceptar la visión de los otros? ¡Qué difícil! El color del cristal a través del cual miramos determina la realidad. ¡Qué difícil acoger los comentarios que nos educan y forman, que nos hacen comprender que no hacemos todo bien! ¡Qué complicado aceptar los errores, las debilidades y comenzar a cambiar!

Por eso es tan importante la autoeducación, el conocernos y aceptarnos como somos, el soñar con lo que podemos llegar a ser si nos dejamos educar por Dios. El Padre José Kentenich decía: «Procuremos tener dominio sobre nosotros mismos. Observemos dónde está nuestra fortaleza y nuestra debilidad. Si nos conocemos verdaderamente, no arrojaremos tan fácilmente piedras al prójimo, porque en él también hay una mezcla distinta a la mía»[1].

¿Cuáles son nuestras fortalezas? ¿Dónde se encuentran nuestras debilidades? Nos cuesta conocernos de verdad, entender la mezcla de pasiones que hay en el alma, vislumbrar el sueño que Dios ha sembrado en el corazón y acogerlo con pasión.

Decía el Padre Kentenich: «Dios nos ha dado pasiones a modo de ayuda y apoyo. De ahí que el sentido de la educación no sea extirpar sino ennoblecer. Algunos entienden las palabras ‘despójense del hombre viejo’, como si la educación consistiera únicamente en un continuo despojo. En dicha cita paulina se dice también ‘revístanse del hombre nuevo’. La principal tarea de la autoeducación consiste en el revestirse»[2]. Revestirnos de Cristo, dejar que Cristo tome posesión de nuestra vida, cargada de pasiones, cargada de fuerzas y debilidades. Autoeducar es encauzar, conducir, respetar.

Decía Menapace, un monje benedictino: «Todos estamos en el camino de aprender todos los días a ser mejores y de entender que a esta vida vinimos a tres cosas:

-a aprender a amar

-a dejar huella

-a ser felices

La trascendencia y el darle sentido a lo que hacemos».

De eso se trata. De amar, de dejar huella con nuestra entrega, y ser felices. Se trata de descubrirnos cada mañana y empezar un camino nuevo. Siempre dispuestos a cambiar el rumbo, con un alma flexible y un corazón abierto a lo que Dios quiera mostrarnos.

Como decía Rafael Nadal al comentar sobre los tenistas jóvenes: «Lo normal es que uno mejore siendo humilde, con gente adecuada a tu alrededor que no haga pensar que eres una estrella antes de serlo. Si no eres capaz de continuar mejorando tendrás menos opciones. Si no eres capaz de hacer cosas nuevas, las que ya hacías bien las acabarás haciendo algo peor».

Es el sentido de nuestro camino. Podemos mejorar, descubrir nuevos caminos, arriesgar sabiendo que podemos perder, luchar y esforzarnos porque la vida exige entrega. Cuando nada damos, cuando no sembramos, nada nos llegará de lo alto. Sin esfuerzo y lucha no hay victoria.

Queremos conocernos y saber lo que podemos llegar a dar en esta vida. Queremos llegar a lo más profundo del alma, arañar la coraza que esconde el corazón y saber quiénes somos de verdad, en lo más hondo.

Lo que sucede es que, como no nos conocemos de verdad, nunca estamos satisfechos con lo que hacemos. Pensamos que seríamos más felices tal vez en otro lugar, haciendo otras cosas, con otras personas más adecuadas. Tal vez soñando otros sueños e ideando otros proyectos. No sé, algo que nos deje satisfechos.

Una persona me comentaba que cuando era joven siempre pensaba: «Yo quiero hacer algo grande con mi vida». Con el paso de los años, rondando los cincuenta, veía que no había hecho nada grande, nada importante. Y se sentía insatisfecho. Creemos entonces que estar satisfechos es la meta última de nuestra vida, la meta de la autoeducación.

Una persona comentaba: «El corazón nos hace creer que no hacemos lo suficiente, hace que siempre estemos buscando más y más, insatisfechos, no dándonos cuenta de que Dios ya nos ha marcado un camino y nos ha dado una misión. Tenemos mucho donde actuar en el día a día, con personas que Dios nos pone delante, para que las cuidemos».

Es así. Dios nos pone donde nos pone y nos da las personas que necesitamos para ser felices, para amar más, para dar más. Algo grande puede ser algo que los demás no vean, algo que no sea noticia y sobre lo que no valga la pena hacer una película. Pero puede que sea grande para Dios si justamente estamos haciendo lo que Él nos pide.

Y en el fondo, quizás Dios no quiere que estemos satisfechos. Porque la satisfacción nos estanca, nos inmoviliza y nos hace pensar que ya estamos en el cielo, que ya no hay nada por lo que luchar. La insatisfacción, por el contrario, nos permite seguir en búsqueda, avanzando, caminando, luchando cada día.

Pero también es verdad que esa insatisfacción puede hacernos ir por la vida inquietos, buscando, continuamente tristes, taciturnos. Nos olvidamos de algo importante: somos portadores de la eternidad, caminantes del cielo. Vivimos en la frontera de lo eterno, como me comentaba el otro día una persona. Tenemos una misión y Dios nos dará la fuerza para cumplirla. Sembramos para el cielo, y eso nos deja más tranquilos.


[1] J. Kentenich, Kentenich Reader, Tomo III
[2] J. Kentenich, Kentenich Reader, Tomo III

Tags:
alma
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