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Recordando la dura persecución de los católicos en Japón

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L'Osservatore Romano - publicado el 15/01/14

Hace poco se descubrieron unas catacumbas cristianas en la "pequeña Kyoto"

Taketa — llamada también la pequeña Kyoto — se encuentra en la prefectura de Oita en el centro del Kyushu, rodeada por una serie de montañas, en el nacimiento del río Ono. Una zona de belleza natural que comprende aguas termales conocidas en todo el Japón. Lo eran también en los tiempos de los primeros misioneros, y hay quien lanza la hipótesis – pero solo eran habladurías – de que vinieron aquí para disfrutar de los saludables baños. Lo que es cierto es que un samurai bautizado por Francisco Javier en Oita se retiró a Taketa y muchos campesinos del lugar, fascinados por su ejemplo, se dispusieron a abrazar su fe.

Al principio se convirtieron al cristianismo más de doscientas personas, y bien pronto Taketa se convirtió en uno de los centros con mayor presencia cristiana de todo el Japón: sobre una población de cuarenta mil personas, cerca de treinta mil eligieron el nuevo culto.

Los misioneros, partiendo de Nagasaki, que era el principal centro de la cristiandad japonesa, tuvieron que pasar por aquí para llegar a Kyoto, entonces capital del Estado.

Todo cambió con el comienzo de las persecuciones. Muchas personas se vieron obligadas a elegir el budismo para no morir, otras — se cree que casi la mitad — se convirtieron en cristianos ocultos. Los bosques que rodean la ciudad se transformaron en seguida en escondites donde los fieles podían practicar clandestinamente su fe. Se excavaron en las montañas pequeñas cuevas para poderse reunir y rezar. Hoy estas capillas excavadas en la roca pueden visitarse. Hasta hace poco tiempo se conocía sólo una. Hace tres años, el asesor de los bienes culturales de Taketa, inspirado por la lectura de una novela — el Código de Javier, el autor es un japonés de Osaka cuyos antepasados residían precisamente en Taketa — que mezcla historia y ficción, tuvo una intuición: ¿y si hubiera más grutas? Se puso con linterna y casco a buscar entre los bosques y encontró otras siete.

A mi llegada a Taketa me acoge el alcalde Katsuji Syuto y soy enviado a casa de una anciana señora. En este edificio de hecho era donde se convocaba a los sospechosos de practicar la fe a escondidas y se les obligaba a pisar imágenes sagradas (los fumie) que representaban el rostro de Cristo o la Virgen. Lo sabemos con certeza porque es precisamente aquí donde se descubrió una de las muchas capillas clandestinas diseminadas por el territorio de Taketa en esa época. El pavimento sobre el que se pisoteaban los símbolos sagrados se vino abajo bajo el enorme peso de las personas aquí reunidas y se descubrió otra habitación – probablemente la bodega privada – que se utilizaba para las liturgias de los cristianos. En esa ocasión, el jefe de la ciudad fue inmediatamente condenado a muerte.

La dueña de la casa me franquea el paso hacia el semisótano. Me doy cuenta de que precisamente sobre la entrada hay una imagen de una divinidad shintoista. Es el signo de que la ley, después de tantos años, ganó la batalla: la que seguramente fue una casa perteneciente a una familia cristiana es hoy una vivienda que se distingue por los signos de la que fue entonces la religión dominante.

Pero el de las bodegas era solo uno de los muchos escondites que los cristianos se veían obligados a inventar para no ser descubiertos. En Taketa de hecho los cristianos perseguidos se reunían más en los bosques, en grupos de veinte o treinta para no hacer sospechar a las autoridades. Celebraban la misa a medianoche, a menudo asistidos por algunos intrépidos misioneros que vivían escondidos en algún refugio natural en las montañas. Hace un cierto efecto imaginar qué habríamos visto si hubiésemos estado en alguno de esos encuentros: velas y antorchas en la oscuridad, moviéndose al unísono a través del bosque, que debían parecer muchas misteriosas luciérnagas en la noche. Arriesgaban la vida a miles, y todo para acercarse a una “luz” aún más resplandeciente.

Las de Taketa son auténticas catacumbas a cielo abierto. Hasta hoy se han descubierto ocho, aunque se cree que haya unas cien. Y es gracias a la conformación volcánica de las rocas de Taketa, si después de cuatro siglos podemos visitar en medio del bosque estas cavernas artificiales usadas por los cristianos para mantener su fe cuando todo alrededor amenazaba su supervivencia. Existen otras cuevas en los alrededores de Nagasaki que se utilizaban con fines similares, pero son grutas naturales. Nadie las excavó. No son el signo vivo y límpido dejado por los fieles en busca de esta quietud que es el fermento natural para la renovación constante de la propia espiritualidad.

El hombre que las descubrió se llama Goto Atsusi. Sus antepasados eran cristianos ocultos. La idea de asociar al cristianismo estos lugares le vino al darse cuenta de que las grutas surgen precisamente en el terreno que se sabe pertenecía a un samurai cristiano. “Algunas grutas ya se conocían, pero se creía que estaban dedicadas a una divinidad sintoísta”, dice Goto, que tiene unos cuarenta años, de buen aspecto y muy alto incuso para los estándares occidentales; “por ejemplo — continua — el culto del zorro, inari en japonés. Inari era una inscripción encontrada a menudo en estas grutas. Se cree que era una transformación del acrónimo INRI. Aunque lo más probable es lo contrario, es decir, que los cristianos dejaran la inscripción INRI y que sucesivamente, después del final de las persecuciones, esas inscripciones se transformaran en el culto del zorro. Probablemente algún fiel shinto sustituyó esas inscripciones para reclamar esos espacios para su propio culto, o quizás para ocultar la existencia de áreas dedicadas al credo religioso “enemigo”.

Hay también un modelo muy preciso que se representa en cada sitio, precisa Goto, “junto a la capilla excavada en la roca hay siempre una gruta natural, esta de mayores dimensiones, donde se reunían los fieles, y junto a esta una fuente de agua para los sacramentos”. Eran tres las personalidades más importantes para los cristianos ocultos: el chokata, es decir, el que organizaba las reuniones de los fieles, el oshiekata es decir, el catequista, y después el muzukata, el que se encargaba de los bautizos. “Desde que era niño sabíamos la existencia de los kakure kirishitan. Eran cristianos escondidos hasta que terminó la prohibición de profesar la fe cristiana. De hecho sucedió una cosa bastante excepcional: cuando la prohibición de profesar el cristianismo cesó, desaparecieron también los cristianos ocultos. Probablemente se hicieron todos budistas”.

Un poco como los animales que viviendo en cautividad, al dejarles libres mueren por incapacidad de adecuarse al nuevo ambiente: esos cristianos, ya sin nada que esconder, no supieron adaptar su fe que se había nutrido durante dos siglos con ritos nacidos para conservarse en secreto.

Hoy viven veinticinco mil personas en Taketa, y de estas sólo trescientas son cristianas. Los católicos se pueden contar con una mano. Aun hoy aquí no existe una iglesia católica pata el culto. Los pocos fieles se ven obligados a ir a Oita en tren o en autobús en un trayecto de más de una hora entre las montañas. Pero en Taketa no están solamente las grutas para dar testimonio de la remota presencia cristiana. Hay también varios cementerios diseminados un  poco por todas partes. Para visitar uno tenemos que viajar en coche durante una hora entre las sugerentes carreteras secundarias sumergidas en una tupida vegetación a través de la cual apenas se filtran los rayos del sol.

Tomamos una carretera de tierra y, a los pocos minutos, bajamos del coche y nos aventuramos por encima del fango y de la hierba mojada por la ligera lluvia de la tarde. Nos encontramos en medio de lo que parece un cementerio abandonado. Un cementerio con lápidas insólitas. Distintas de las normales en Japón, verticales y adornadas con símbolos de divinidades budistas. Muchas de estas de aquí son planas. Y son precisamente estas las que señalan la presencia de difuntos cristianos. Estamos literalmente pisando la historia. Obligados a conformarse a un culto que en el fondo de su corazón no reconocían, estos cristianos buscaban en el más allá el rescate de una vida vivida en mala conciencia: la muerte les dio de verdad esa justicia que de vivos nunca habrían podido obtener.

Cristian Martini Grimaldi. Artículo publicado originalmente en italiano en L'Osservatore Romano

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cristianismojapon
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