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¿Puedo cambiar? ¿Cómo?

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Los propósitos deben ser pocos, estar anclados en el corazón y surgir de la vida; si no, es imposible que superen la cuesta de enero

Un año más comienza y seguimos anclados en los mismos defectos. ¿Cómo cambiar de piel, revestirse de Cristo?

No podemos dejar de pecar, eso es lo más verdadero. Claro que podemos pecar menos, es cierto, pero no perseguimos no pecar, porque esa lucha nos deja estériles. Así como el sol al salir hace desaparecer las estrellas, así los ideales que encienden nuestro amor hacen que los pecados disminuyan en nuestra vida. Son las cosas que nos dan alegría y nos encienden. Centrarnos sólo en lo que nos apena no es suficiente.

Miramos en un espejo aquel que podemos llegar a ser. Dios nos ha creado muy bien. Ha puesto en el alma una gran capacidad para amar. Es un don de Dios. Podemos guardárnosla, podemos escondernos egoístamente, podemos protegernos para no tener que dar la vida. Pero también podemos romper nuestras barreras egoístas y salir de nosotros mismos. Podemos ser mucho más de lo que hoy somos. ¿Qué nos alegra el corazón? ¿Qué ideales nos mueven a dar más, a darnos por entero?

Comienza un año nuevo, una nueva oportunidad para amar más. Mafalda respondía a la pregunta de cómo será el próximo año de esta manera: «Muy valiente. Atreverse a venir tal como están las cosas es un acto de valentía».

Un año nuevo es siempre un tiempo para volver a comenzar. Un tiempo para tomar propósitos en nuestro anhelo por crecer y creer. Lo hacemos convencidos de que esta vez sí, ahora sí nos va a resultar.

Pensamos en perder los kilos que nos sobran, en aprender ese idioma que se nos resiste, en hacer un curso on-line para seguir formándonos, en hacer por fin algo de deporte. Miramos nuestra vida y pensamos en tantas cosas en las que podemos mejorar.

Llevamos toda la vida haciendo las cosas de una determinada manera y sí podemos cambiar, podemos mejorar, podemos inventar cosas nuevas. ¿Por qué no? Podemos salir de nuestra zona de confort.

Aunque siempre de nuevo nos volvemos a preguntar, ¿es posible? ¿Podemos cambiar? ¿Es necesario innovar? ¿Merece la pena? ¿Sirve de algo tomar buenos propósitos? Si al final no nos resultan. «Año nuevo, vida nueva», pensamos y nos armamos de valor.

El aire que se respira nos invita a soñar. Y, en realidad, soñamos mucho, con fuerza, cada día. Queremos un mundo mejor, más lleno de esperanza y amor, un mundo solidario donde haya paz, humildad, alegría. Entonces llenamos la agenda de buenos propósitos para mejorar.

Pero, como nos diría el Padre José Kentenich: «En una época como la actual, de tanto desarraigo y que nos ha enfermado tanto, no iremos muy lejos acumulando propósitos. Esa acumulación no nos hará mejores, al contrario, nos enfermará más si no se remonta todo a un determinado mundo de valores. La idea tiene que saturarse de valor»[1].

Es mejor tomar pocos propósitos pero cargados de vida y valor. Propósitos que estén anclados en el corazón y surjan de la vida. Sólo así seremos capaces de llevarlos a cabo con fuerza, voluntad y alma. Sin esa actitud interior, sin ese amor del corazón, es imposible que los propósitos superen la cuesta de enero. Por eso queremos ser realistas y soñadores. Tomar propósitos firmes, desde dentro, desde lo más profundo del alma.

El año que comienza nos da la oportunidad de agradecer, mirando el pasado y confiar, mirando el futuro.

El otro día un matrimonio, al celebrar sus bodas de plata, recordaba los meses, las semanas, los días, las horas, los minutos y segundos que llevaban juntos. Se alegraban de años malos y buenos. De semanas complicadas y semanas fáciles. Recordaban días especiales, en los que ocurrió algo significativo. También hubo horas malas y otras muy buenas. Y minutos en los que se dijeron palabras importantes en el momento oportuno o se dieron un abrazo que valía más que muchas palabras.

Pero hasta los segundos tienen su valor. El segundo de un beso, de una mirada, de una caricia, de un gesto, de una palabra. Agradecían por cada segundo. ¿Y nosotros? A veces agradecemos poco. Por eso hoy, al comenzar el año, miramos hacia atrás para agradecer.

Una persona rezaba así: «Señor, te quiero dar gracias por el año que pasó. Por cada bendición, por cada lección y por cada experiencia. Gracias por tu cuidado durante los momentos difíciles. Por las veces en que pude reír y gozar con mi familia y amigos».

Otra persona también agradecía, mirando cada uno de los días trascurridos, por la fe en el Señor: « ¿Qué haríamos sin Cristo que nos sale al encuentro en cada circunstancia? ¿Qué haríamos sin Él en la Eucaristía que tanto consuela y que tanta paz regala? ¿Qué haríamos sin la Palabra que nos indica el camino? ¿Qué haríamos sin María, tan presente en nuestras vidas, tan cercana, tan preocupada por cada uno? ¿Qué haríamos sin el Santuario donde ellos viven y se desviven por nosotros? ¿Qué sería de nosotros y de nuestros hijos y nietos sin la fe?».

Pero también miramos hacia delante para proyectarnos y anhelar una vida más plena. Sí, un año en blanco por rellenar. Con todas las páginas listas para comenzar a escribir. Es tiempo para soñar: «Quiero dedicarte este nuevo año. Quiero poner cada día en tus manos y someterlos a tu voluntad. Que cada esfuerzo, cada paso, cada meta y cada aspiración sean para la gloria tuya. Continua guiándome en mi caminar contigo. Ayúdame a crecer espiritualmente y así poder conocerte mejor. Te dedico mi trabajo, mis talentos y habilidades. Mi salud y la de mis seres queridos están en tus manos. Señor, dame de tu fuerza y sabiduría para vivir cada día mejor. Mi deseo es adorarte y exaltar tu nombre. Mis días son tuyos y me alegro en confiar que Tú estarás conmigo en este nuevo año».

Sí, deseamos muchas cosas. Queremos crecer y ser mejores hombres, más santos, más de Dios. Deseamos que nuestra vida la modele Él según su voluntad. Y así poder ser felices y vivir en su paz cada día. Imaginamos un año nuevo, pero en el cual muchas cosas serán como siempre. Son cosas que no tienen por qué cambiar, porque los que tenemos que cambiar somos nosotros.

Podemos cambiar la mirada y pedirle a Dios una mirada pura para ver lo bueno que hay en cada uno. Podemos cambiar la actitud que nos hace quejarnos de lo que nos falta en lugar de agradecer lo que tenemos. Podemos cambiar el rostro, que en lugar de impaciencia e indignación, refleje paz y alegría con frecuencia. Es necesario que cambie el corazón.


[1] J. Kentenich, Kentenich Reader, Tomo III

 

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