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Lo mejor de la vida: cásate y no tengas miedo

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Entrevista a Costanza Miriano (autora de Cásate y sé sumisa) y a su marido, Guido, sobre el matrimonio y los hijos

Los libros de Costanza Miriano se han recibido en España parcialmente desde una perspectiva ideológica, en clave de confrontación entre el hombre y la mujer. Sin embargo, ambos están llamados a la unión y el amor. Así responden Costanza Miriano (autora de Cásate y sé sumisa) y Guido, su marido, a nuestras preguntas sobre la feminidad, la masculinidad, el matrimonio, los hijos y el bricolage…
 
– Su primer libro lo escribió para mujeres sin miedo. ¿De qué tienen miedo hoy las mujeres?
 
(Constanza) Sobre todo, las mujeres de hoy tienen miedo de depender de alguien. Pero olvidan que cada uno de nosotros nos definimos en relación con otra persona. El amor es relación. Las mujeres, a veces, con tal de emanciparse, están dispuestas a tolerar casi cualquier fatiga y esfuerzo sin sentido, incluso trabajar en una fábrica ocho horas al día, y así poder pensar que no dependen de nadie. Por supuesto, es un riesgo darnos al otro, pero una relación es lo más hermoso que nos puede suceder, es nuestra verdad profunda. Además, lo que me da paz es saber que no me he dado a mi marido -al que, por supuesto, amo y elijo cada día-, sino que, a través de él, me doy a Dios. Por este motivo, no tengo miedo de depender y de confiar, ya que -como dice san Pablo- sé en Quien he puesto mi esperanza.
 
– Algunos no han entendido bien lo de Sé sumisa. ¿Cómo explicar bien esta expresión?
 
(Guido) No sé, ¡nunca he conocido a ninguna esposa sumisa…! Bromas aparte, lo que en nuestra relación me causa más problemas es cuando percibo que mi esposa me quiere cambiar, cuando trata de mejorarme desde su punto de vista. Pero cuando me permite ser como soy, sin querer cambiarme, entonces precisamente quiero ser como ella quiere, pero en libertad. En esos momentos me doy cuenta de que ella está realmente debajo (en italiano, sotto messa, su-misa, que se pone debajo), no como alguien inferior, sino como la base y fundamento sobre el que se construye nuestra familia. Con su dulzura desactiva mi peor cara, y pone en movimiento mis mejores recursos.
 
– ¿Cómo es un hombre de verdad?
 
(Guido) Un hombre de verdad, como en todas las épocas de la Historia, debe ser generoso y capaz de no satisfacer su propio egoísmo. Ha de ser capaz de desgastarse, de desprenderse, de hacerse cargo de las personas que dependen de él. Hoy más que nunca, debe ser capaz de no dejarse influir por las presiones culturales que quieren que sea, cada vez más, igual que una mujer, que subrayan la sensibilidad femenina en lugar de la virilidad, la estabilidad y la solidez. Debe tener el coraje de, en ocasiones, parecer impopular ante sus hijos, y mantener su posición con un poco de energía cuando haga falta. La madre querría siempre complacer a los hijos; el padre tiene otra función.
 
– Los libros de Costanza comienzan por Cásate… ¿Por qué recomiendan ustedes el matrimonio?
 
(Guido) En realidad, es mi mujer la que aconseja el matrimonio. ¡Yo no he dicho nada!
 
(Constanza) Mira que mi marido está fingiendo; en realidad, es incluso simpático. ¡En verdad, él está feliz de haberse casado conmigo!
 
(Guido) Digamos que estoy convencido de que, en esta era de la emoción y la espontaneidad, el matrimonio custodia nuestro corazón misterioso y nuestra voluntad inestable.
 
(Constanza) Pues sí, en verdad hay un poco de locura: ¿quién de nosotros puede apostar por una cosa que dura para siempre ?
 
(Guido) El hecho es que la cosa no dura por sí misma. Necesita un trabajo. El matrimonio es un laboratorio. Es algo que hay que custodiar y, a la vez, en lo que hay que invertir.
 
– ¿Cómo se puede dar la vida por el otro? ¿Cómo lo hacen ustedes?
 
(Constanza) Yo no tengo que dar la vida; ¡es él quien se ve obligado a hacerlo, de acuerdo con san Pablo! Sin embargo, el punto es que los hombres y las mujeres no son dos seres que, en determinado momento, deciden por sí mismos hacer una parte del camino juntos, sino dos pobrezas que se entregan una a la otra. Morir por el otro significa que cada uno busca convertirse, pidiendo la gracia de ver sus propios pecados para así matar al hombre viejo, como diría mi amigo san Pablo.
 
En cuanto a mí, mi mayor esfuerzo es tratar de no imponer siempre mi estilo, mis proyectos, mi manera de ver las cosas. Trato de escuchar lealmente a mi esposo, y confiar en él. ¿En la práctica ? Bien, nuestra mayor diferencia es que yo invitaría a gente a comer y a cenar todos los días; mi marido, posiblemente nunca, ni siquiera en Navidad. Soy sumisa al reducir el número de invitados; y él muere por mí aceptándolo y ayudándome.
 
(Guido) Te voy a dar una exclusiva, una primicia. Mi esposa está convencida de que me gusta el bricolage, pero en realidad lo odio. Pero muero por ella llevando el mantenimiento de toda la casa, porque ella tiene un sentido práctico poco desarrollado. Cuando se acerca a algo, ten por seguro que se rompe casi inmediatamente. Y me corresponde a mí arreglarlo.
 
– Tener hijos hoy es algo completamente contracultural. ¿Por qué se han decidido ustedes a tener cuatro? ¿Es verdad que los hijos unen mucho al matrimonio?
 

(Constanza) Tener hijos es la más maravillosa aventura que le puede suceder a una persona. Es una suerte maravillosa. De hecho, pensamos que los hijos son un don, no un derecho; y que son los niños, la parte más débil, quienes tienen derecho a una familia, y no al revés.
 
(Guido) Sin embargo, no nos decidimos a tener cuatro. Simplemente, nos hemos mostrado disponibles a acogerlos. Oímos un golpe, y abrimos la puerta. Toda nueva vida tiene el derecho de ser acogida.
 
(Constanza) Si partimos de la base de que tenemos un problema que resolver: nuestro egoísmo, entonces los niños son nuestra mayor esperanza para curarnos. Los niños te obligan a salir de tu pequeño rincón, y a cruzar el mar abierto de la vida sin querer defender tu comodidad.
 
(Guido) Es cierto que los hijos unen a la pareja. Es estúpido eso que se oye de vez en cuando: que los hijos pueden vivir bien la separación de los padres, si se maneja bien. Los niños resultan heridos y arrancados por una separación, y de esta herida son responsables los padres.

Artículo publicado originalmente por Alfa y Omega

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