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Venezuela: “Que Dios te lleve y la Virgen te traiga”

© JUAN BARRETO / AFP

Caracas : People gather and release white balloons during a demonstration to protest over the death of former beauty queen turned soap opera star Monica Spear, in Caracas on January 8, 2014. Gunmen killed a former Miss Venezuela and her British-born partner Thomas Henry Berry in front of their young daughter in an attack that shocked the crime-plagued nation. The couple was killed in what appears to have been a botched robbery after their car broke down on a highway in northwestern Venezuela late Monday, police and prosecutors said. Their daughter, five-year-old Maya Berry Spear, was wounded in the right leg but was stable after receiving medical treatment after a crime that put a harsh spotlight on Venezuela's soaring homicide rate. 

Macky Arenas - publicado el 09/01/14

Las madres se persignan cuando sus hijos salen de casa pues no saben si regresarán

El problema del dramático aumento de la criminalidad en Venezuela tiene un doble acicate : el discurso violento que desde hace 15 años se envía al país desde los más elevados niveles de gobierno y la impunidad que impera como política oficial. Una cosa respalda y anima la otra. Es un círculo diabólico en que se encuentra atrapado el país

Según datos del Observatorio Venezolano de Violencia, hay 79 muertes por cada 100.000 habitantes en el país, una cifra superior a la de 39 muertes que estima el gobierno. Para 1998, por cada 100 homicidios que se cometían en el país, hubo 118 detenciones. Desde hace cinco años, por cada 100 homicidios que se cometen en el país teníamos 8 o 9 detenciones. Con un agravante: si el año pasado hubo 24.700 homicidios, este año inicia con "un incremento" y se nota un mayor ensañamiento en la ejecución de las acciones de los delincuentes.

Cada lunes, la morgue caraqueña reporta una media de 50 asesinatos sólo en la zona capital. Lo que se ha invertido en los anunciados – y a todas luces fracasados – planes para controlar la violencia hace aún más difícil explicar unas cifras que, en cualquier país civilizado, harían rodar cabezas y emprender investigaciones que sentaran en el banquillo a los responsables de la seguridad pública.

La espiral de violencia que sacude al país y enluta, día a día y calle a calle a cientos de hogares venezolanos, tiene una particularidad y precisamente en ella reside la gravedad del asunto: en países como México, en su día Colombia, Brasil y tantos otros enclaves violentos en la historia de América Latina la delincuencia es combatida por los gobiernos, al menos desde el discurso y el despliegue del esfuerzo policial.

Sin entrar a considerar la eficacia de esa lucha, que puede ser mayor o menor, la criminalidad es un asunto de los gobiernos desde el punto de vista de su combate y reducción. En Venezuela es alentada por un discurso de odio y mantenida por un deliberado montaje de impunidad que incluye ignorar expresamente el tema en las declaraciones de funcionarios representantes de fuerzas “del orden” y en las extensas cadenas presidenciales por radio y TV. Se ha llegado al intento de prohibir difundir cifras, fallido, debido al escándalo de la violenta cotidianidad.

El discurso violento, el elogio a la violencia y los violentos ha marcado las pautas políticas, en esmerado empeño por sacar lo peor que pueda anidar cada corazón y es justamente allí donde se inocula el daño al tejido social venezolano.

Hugo Chávez jamás aceptó abordar públicamente el drama que gestó su discurso violento el cual, durante su gobierno, hizo picos alarmantes. Nicolás Maduro, por primera vez, se ha visto obligado a hacerlo por la crueldad del asesinato de Mónica Spear y su esposo, por la circunstancia de que las víctimas involucradas eran emblemáticas para la comunidad nacional, y por la indignada reacción popular, peligrosamente recargada de frustraciones y dolor acumulados a lo largo de años donde hemos constatado, impotentes, la pobre valoración que  quienes gobiernan a Venezuela muestran por la vida humana y la tranquilidad ciudadana.

Pero tal vez lo que coloque más de relieve la intencionalidad gubernamental en propiciar y sostener este estado de cosas es el descarado traslado de responsabilidades hacia los medios de comunicación. Puntualmente lo hacen. Parecen leer una cartilla. Cada vez que un escándalo sacude a la opinión pública, de inmediato viene la respuesta oficialista: “Los medios amarillistas, oligarcas y fascistas son los culpables por politizar los casos de violencia”. Para el gobierno, somos los medios los que incitamos a delinquir porque reseñamos lo que ocurre. Matan al mensajero y en eso basan su argumentación. El problema es la noticia, no el hecho. El problema es el periódico, la estación de radio o el canal de televisión, no el dato de la realidad. No sólo es una manera de esquivar la responsabilidad, sino una prueba contundente de la decisión de mantener las cosas tal cual como están. Para los que se interesan por los números, a estas alturas, el 90% de los medios están bajo control estatal en Venezuela.

A ningún gobierno sensato convendría la delincuencia desatada, pero sí a uno teledirigido desde Cuba. Es harto conocida la táctica de control por la vía del terror que se puso en práctica en los comienzos del castrismo, cuando a toda costa debían consolidar la revolución y deshacerse de los sectores con capacidad de respuesta. La ecuación es sencilla: si usted tiene que ocuparse de sobrevivir, mal podrá pensar en disentir y mucho menos entregarse a conspirar. Y si vive un duelo diario, sólo querrá que se aprieten las tuercas de la represión. 

Venezuela está en el ojo de un huracán diabólico. Durante la campaña electoral que llevó a Chávez al poder por primera vez, Manuel Caballero, reconocido historiador recientemente desaparecido, hizo esta premonitoria y arriesgada afirmación en un programa de televisión que conducíamos: “Este hombre nos llevará a una guerra civil”. En aquél momento alarmó su osadía. Hoy se ha quedado corto. La guerra en Venezuela se libra en las calles de sus principales ciudades, de las no tan principales, en las zonas rurales y hasta en los aparcaderos de los centros comerciales.

No hay nadie que no haya sufrido, en carne propia o a través de cercana e interpuesta persona, el azote criminal. Las madres se persignan cuando sus hijos salen de casa pues no saben si regresarán: “Que Dios te lleve y la Virgen te traiga”, es la letanía cada mañana en todo hogar decente. Civiles contra civiles. Delincuentes sitiando al ciudadano. El venezolano de a pie paralizado por el miedo, siempre en guardia, desconfiando hasta de su sombra. Es parte de la guerra asimétrica que se ha proclamado como novedad para someter y desmovilizar.  El misil, la vocería brutal, azuzando el rencor; el ejército, la criminalidad armada hasta los dientes; los tanques, la armazón de impunidad. Las víctimas: la ciudadanía inerme. El juego podría sumar cero, porque estás situaciones son inviables y revierten. Pero mientras tanto, siguen muriendo inocentes. Mónica Spear y su esposo son los últimos de una tétrica seguidilla de asesinatos que ya cobra 25 mil vidas. ¿Cuál será el próximo?

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