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Pacificar el alma y el mundo: Velar por las generaciones futuras

© Sergey Novikov/SHUTTERSTOCK
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El planeta no es propiedad ni posesión del hombre, sino un don recibido, una maravilla frágil que hay que preservar

Últimamente se ha desarrollado con mucha intensidad una nueva línea de pensamiento en filosofía práctica que se conoce con el nombre de “ética de las generaciones futuras”. La tesis básica de este planteamiento ético que tanto interés ha despertado en todas partes es la siguiente: hay que anticipar las consecuencias que tendrán nuestras decisiones personales y colectivas en vistas a las generaciones futuras.
 
Hemos tomado conciencia de que nuestras acciones u omisiones no sólo tienen consecuencias en el presente, sino también en un futuro lejano. Claramente, somos responsables de la calidad de vida de las generaciones futuras. En el futuro, los hombres y las mujeres del presente habremos dejado ya este mundo, pero nuestra huelle puede ser decisiva para los que vendrán.
 
La cuestión no es del todo nueva, pero la constatación de los males irreversibles que se pueden perpetrar como fruto de las decisiones ha hecho tomar conciencia del cuidado que hay que tener a la hora de deliberar y de tomar las opciones adecuadas. Además, la conciencia de formar parte de un mundo global y el nuevo sentido de pertenencia que está naciendo, no sólo ha hecho romper las barreras geográficas, sino también las temporales.
 
La ética del siglo XXI tiene que ser global, en sentido geográfico, pero también abierta al futuro, ya que el poder que el ser humano ha adquirido en las últimas décadas le inviste de una mayor responsabilidad.
 
Las decisiones que tomamos tienen efectos en todo el planeta, pero, además, estos efectos, directa o indirectamente, antes o después, tienen consecuencias para los hombres y las mujeres del futuro. Es la idea de la interdependencia y de la contingencia de todos los seres, idea que está plenamente presente en la noción bíblica de creación.
 
El mundo como cuerpo vivo
 
El mundo no es una suma yuxtapuesta de seres que se van apilando en estratos, sino un cuerpo vivo en el cual cada parte hace su función y está ligada a otra. El conjunto es bello y armónico, pero cada parte es dependiente y contingente.
 
Olvidarse de los que todavía no viven, pero que estarán, es una irresponsabilidad y sería un egoísmo de los presentes prescindir de los efectos que lo que hacemos ahora tendrá para ellos.
 
Los que vendrán tienen derecho a vivir en un entorno bello, cálido y agradable, pacífico, en el que haya las reservas naturales necesarias para ejercer dignamente la vida y poder paliar las múltiples necesidades de la condición humana.
 
Algunos presagios expresados en la literatura y, especialmente, en el cine representan un futuro mundo devastado, ensuciado, poblado de máquinas y robots que engullen a los seres humano; un mundo en ruinas en el que el agua escasea y los bosques han desaparecido, y donde los hombres y las mujeres luchan entre ellos para sobrevivir.
 
No es suficiente con velar para que todos  los hombres y mujeres del planeta, cercanos o lejanos, de aquí o de allá, negros o blancos, disfruten de los mínimos requisitos para vivir una vida digna, sino que, además, hay que desarrollar políticas para que esta voluntad no entre en conflicto con los derechos de los no nacidos, de las generaciones futuras.
 
En caso de tensión, no hay duda: primero hay que atender a los que ya han sido engendrados y ofrecerles lo mejor; pero siempre que se pueda hay que desarrollar una economía y un sistema de consumo que permita a los que nacerán vivir una vida digna.
 
Educar el sentido de paternidad
 
Esto exige, naturalmente, una nueva ética de la paternidad y de la maternidad y un sentido muy acusado de la responsabilidad de engendrar.
 
En esta nueva ética hay que hacer ver que tanto el ejercicio de la paternidad como de la maternidad, en la condición humana, traspasan el nivel biológico e incluyen un plan educativo.

 
Ser padre o madre de alguien exige velar por sus necesidades, estimular sus potencias, educarlo y desarrollarlo en el máximo grado.
 
El hijo, como muestra Emmanuel Levinas, no es la prolongación de los padres, ni un apéndice, tampoco es propiedad, ni alguien que pertenezca a sus padres. Es antes que nada y por encima de todo, un sujeto de derechos, alguien que merece ser acogido y amado incondicionalmente, que tiene derecho a ser protegido y educado y este derecho recae, especialmente, en sus padres.
 
Su dignidad es inherente y no depende del grado de aceptación o de rechazo que tenga tanto de su padre como de su madre.
 
Velar por las generaciones futuras exige introducir seriedad en los vínculos y en la dimensión sexuada de la vida y también pide una educación del sentido de paternidad y de maternidad.
 
Hay que superar, por tanto, la frivolidad ambiental y mostrar, con nitidez, que este ejercicio contiene unos deberes que cambian radicalmente el sistema de vivir de los nuevos progenitores.
 
Los primeros responsables en educar a los hijos y en entusiasmarlos por la vida son los que tomaron la grave decisión de traerlos al mundo y de darles la posibilidad de existir.
Profundizar en la conciencia planetaria
 
Sabemos que hay recursos para todos; tenemos, además, mecanismos para hacer llegar recursos allí donde no los hay de manera natural. Nos hace falta, sin embargo, profundizar en la conciencia planetaria y superar la vieja dicotomía entre nosotros y ellos.
 
Mientras todavía exista una conciencia provinciana que separa, como en el antiguo maniqueísmo, entre los que valen y los que no, esta conciencia cósmica permanece por estrenar.
 
Hay que mostrar que, más allá de las legítimas diferencias y singularidades, pertenecemos a un mismo mundo, navegamos en la misma barca y que si entra agua por algún agujero, toda la barca se acabará hundiendo.
 
Necesitamos profundizar en este concepto de conciencia cósmica y, muy probablemente, nos pueden ayudar a ellos autores como Pierre Teilhard de Chardin y su visión del cosmos como un Todo que fluye del punto alfa y al punto omega, o bien el mismo Fiodor Dostoievski y su sentido de fraternidad universal.
 
En definitiva, la cuestión clave que estamos tratando de indicar y que está en el corazón de esta nueva línea de pensamiento con la que sintonizamos es que el planeta no es propiedad, ni posesión del hombre. Es un don recibido, un ámbito de realización de la libertad, un espacio para crecer y expresar los propios talentos, una maravilla frágil que hay que preservar y dejar a las generaciones futuras.
 
Mientras vivimos, disponemos durante un breve tiempo –nuestra vida- de este maravilloso don de existir. Lo utilizamos para satisfacer nuestras necesidades primarias (como alimentarse), pero también para despertar en nosotros nuestra sensibilidad estética y la fascinación por la armonía del mundo y su belleza natural, y hay que asumir, a fondo, que estamos aquí de paso. En palabras de Antonio Machado, “lo nuestro es pasar”.
 
No somos seres puramente contemplativos en el mundo, sino esencialmente activos, pero no toda acción es legítima, ni toda actitud es responsable. Vivir es actuar, pero hay que actuar de manera que no se cause males irreversibles al entorno.
 
Actuamos y producimos objetos, artefactos, innovaciones de todo tipo que alteran, sustancialmente, el medio natural. Esta creación responde, originariamente, a facilitar la vida, a hacer más cómoda la existencia, pero según como, se puede convertir en un verdadero obstáculo para el bienestar de las futuras generaciones.

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