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La vuelta al cristianismo de una anarquista

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Enrique Chuvieco - publicado el 30/12/13

Tras un largo camino de odio y malestar, Isabel experimentó “un dolor y una fuerza para caer de rodillas y decir: mi Dios”

Sus ojos vivarachos se mueven al ritmo veloz de su deje andaluz y agudizan la vitalidad con la que actualmente vive Isabel y su marido Antonio, ambos jubilados, en una de las casas lindantes con el monasterio de Buenafuente. Allí pasan muchas temporadas a la vera del cenobio de mujeres cistercienses, porque allí se convirtió tras cinco años “durísimos” esta anarquista -que todavía paga su cuota- después de pelearse con Dios y con “todo lo que se movía alrededor”. Un día Jesús le hizo ver su mal, que le hizo caer de rodillas, para tomarla Él renacida y vuelta a la vida. Ahora Isabel sabe que su misión es rezar “por los anarquistas, por la jerarquía católica” y por todos. 

-¿Qué hace en un monasterio una anarquista como tú?

Después de mucho tiempo de estar metida en la lucha por encarnarme entre los pobres, llegué al sindicalismo anarquista, pues me pareció que era lo más acorde con el Evangelio. Es verdad que los anarquistas fueron contrarios a la Iglesia católica en tiempos de la Guerra Civil y antes, pero no en contra del Evangelio ni de Jesús. Quizás era la Iglesia la que no vivía el cristianismo ni a favor de los pobres. Me corrijo, la jerarquía, porque la Iglesia somos todos.

Es verdad que si te metes en la lucha por la justicia y no rezas, vas dejando una presencia íntima de Dios en ti, llega un momento en el que te secas y, en lugar de trabajar por los demás con amor, empiezas a odiar. Eso me pasó a mí: llegué a extremos muy duros, odiaba a todo el mundo y no vivía a gusto, ni siquiera en mi casa, con mis hijos; lo vivía con amargura y malestar. Me acordé de que me encontraba más feliz cuando practicaba el cristianismo,  pero era incapaz de encontrar la fe por mucho que la buscara. En esa época, era 1989, un amigo me mandó venir a Buenafuente.

-¿Encontraste aquí a Jesús, cómo fue el proceso?

Fueron unos años muy duros, de muchísimas luchas y dudas. Me subía a la cruz y le pegaba una patada y le decía: “¿Por qué, tú?, si los romanos mataron a 5.000!, ¿por qué tú?”. No podía creer en Dios, se me había hecho imposible. Tardé como cuatro o cinco años.

Contacté con un amigo de mis primeros años de cristianismo, Pepe Sánchez Ramos –ese es un verdadero santo, no como otros-, quien me dijo que tenía una costra encima, pero que ese amor estaba ahí. Me dijo que hiciera silencio, que dejara todas las actividades y que Dios volvería. Le hice caso. Estuve casi un año en silencio, viviendo y trabajando, pero guardando silencio. Incluso tuve un juicio con los militares por mi lucha (trabajaba de enfermera en el Gómez Ulla, de Madrid) y permanecí en silencio (con ellos tuve muchos juicios –casi todos los gané- porque hacían cosas que no estaban bien). Pero yo seguía llena de aullidos, de rabia, iba, venía… Me peleaba con las monjas, con Ángel (uno de los benefactores de Buenafuente), con todo lo que se movía por aquí. Todo lo criticaba y me ponía furiosa.

Después de mucho tiempo, un día que estaba en una esquina de la capilla, sin querer rezar, pasó Ángel con el Señor –se lo llevaba a su hermana- y yo le pegué un empujón y dijé: ¡Qué se creerá el tonto este que lleva ahí! En ese momento, sentí como un dolor y una fuerza que me empujaban a caer de rodillas y a decir “mi Dios”. Sentí mucho dolor por el mal que había hecho, sufrí muchísimo -¡si dura más me muero!- y me inundó un renacer, un llenarme de amor por completo; me brotaba el cariño por todos los lados. Llamé a mi marido –que nunca ha perdido la fe y es el que más me ha apoyado- y se vino.

Cuando les dije a las monjas: “¡Ya estoy con vosotras!”, María, una de ellas, dio un grito (sor Teresita, que estaba allí, le preguntó por qué gritaba). Las llamaron a todas, tocaron las campanas, me dieron carne de membrillo, estuvimos celebrándolo… Fue muy bonito, precioso. Percibí que debía dejarlo absolutamente todo y dedicarme a rezar: a rezar por los anarquistas, por la jerarquía católica… Se lo dije a mi marido y convino que cuando se emanciparan nuestros hijos, no tenía inconveniente en venirse aquí, porque él quería estar conmigo y el sitio le daba igual.

-¿Qué hiciste después, recuperar el tiempo perdido?

Estudié teología y seguí en el sindicato de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), aunque con poca actividad. Hace poco presentamos un libro sobre las mujeres libertarias. Y, por supuesto, muchas temporadas en el monasterio de Buenafuente.

-¿Ocupaste algún cargo en el sindicato anarquista?

Nunca tuve cargos, salvo algún encargo puntual, porque me parecía que era una vergüenza ocuparlo, ya que yo era de padres señoritos. Actualmente, sigo yendo a los congresos, pago mi cuota, voy a las manifestaciones y recibo información. Incluso hay curas anarquistas.

-Los anarquistas se dicen ateos, Isabel

Se dicen ateos por el Dios que les han inculcado, pero hay mucha gente creyente, creyentes en el hombre que es imagen de Dios, como dice san Ireneo.

-¿Qué te parece el papa Francisco?

¡Es la locura. Si no acaban con él será la felicidad completa! Yo creo que va a ser un gran cambio para la Iglesia (ríe ampliamente).

-La última para tu marido, Antonio: ¿cómo has vivido la trayectoria de tu mujer?

Intensamente. Para mi fue una alegría que ella se reconciliara con Dios. Sobre el hecho de venirnos aquí, me da igual estar en un sitio que en otro.

Sin duda, que noté mucho cambio en Isabel, pues de ser una “bestia parda”…

-¡Ahora está domesticada!

No, no, porque eso iría contra natura. Ahora es más reflexiva, menos impulsiva.

-¿Tuviste que aguantar mucho su carácter, Antonio?

Más que aguantar, sobrellevar; para eso está el matrimonio si arrancas desde la fidelidad y el compromiso.

Isabel: lo bueno es también que nuestros hijos, que no estaban bautizados, el mayor de 29 si que lo ha recibido para casarse, porque quiere que su matrimonio dure como el nuestro.

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ateismo
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