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No compres nada con mal humor

© Infomages/SHUTTERSTO CK
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Cuando hacemos regalos en Navidad tendríamos que pensar que es al mismo Jesús al que se lo hacemos

Es Navidad y el corazón se alegra. Aunque a veces damos importancia a otras cosas. Vamos corriendo, nos agobiamos, comemos y bebemos, nos reunimos y celebramos. Pero el corazón va demasiado rápido. Nos turbamos.

Quisiéramos que la Navidad fuera otra cosa. Más pausada. Un tiempo de paz, de oración, de alegría, sin prisas, sin atascos, sin miles de planes. Risas, descanso, amor, silencio.

El otro día escuchaba una reflexión interesante de un vendedor: « ¿Por qué la gente está de malhumor en Navidad comprando regalos? ¿Todo tiene que ser con prisas? No compres nada con malhumor. Si te pasa esto siéntate y piensa cómo quieres vivir la Navidad. Quizás no es tan importante el regalo material. Hay otras cosas importantes que se te están escapando».
Pero nosotros nos afanamos en regalar lo que compramos, en estar a la altura. En lugar de alegrarnos al regalar nos agobiamos. Sin darnos cuenta de que los regalos del corazón son los que más valen, los que no tienen precio.

Pero ésos no los damos. Exigen algo más que dar. Exige que nos demos por entero en ellos. Exigen tiempo y el tiempo nos falta. El corazón se acelera. Llega la Navidad y nos sorprende corriendo. Ha pasado el Adviento sin darnos cuenta. Tratando de responder a tantas felicitaciones, a tantos encuentros donde precisan nuestra presencia, a tantos momentos en los que los regalos son lo importante.

Llega la Navidad y nos emociona más pensar en ganar el gordo de la lotería, en ser ricos de repente, sin esfuerzo. Porque eso nos solucionaría la vida, pensamos. Y temblamos al buscar en los cajones el número comprado.

Pero el Niño Jesús pasa sin pena ni gloria. Nace, pero no nace en nosotros. No se lo permitimos. No nos detenemos ante el pesebre. No lo miramos en brazos de su Madre. No corremos presurosos a adorarlo.

El silencio se llena de ruidos y voces, de canciones y expectativas, de preguntas y algunas respuestas. Llega la Navidad y nos sorprende desprevenidos, como tantas veces. Otra vez Navidad, otra vez la familia.

Y nos preguntamos si nuestra familia es lugar de reposo y paz, de alegría y luz. Nos preguntamos si ha llegado la Navidad a casa, si hay más vida entre nosotros, más amor, más alegría, más descanso.

Llega la Navidad. María y José quieren hacer morada en nosotros. Llevan todo el Adviento golpeando la puerta santa del alma. No escuchamos, demasiado ruido interior. Quieren detenerse para que nos detengamos. Necesitamos un corazón más abierto, más roto, más herido, para que entre la luz, la gracia, la paz, la vida. Por la grieta del alma que ocultamos.

Nos escondemos detrás de mil regalos, de mil voces y ruidos, así nos creemos a salvo, seguros. Callamos en el corazón, pero no hay paz. Llega la Navidad y soñamos despiertos. Con cuentos infantiles que nos traen muchos recuerdos. Sabemos que todo puede ser distinto. Todo puede ser mejor. Lo sabemos, está en nuestras manos. Depende del corazón.

Levantamos la mirada porque se acerca nuestra liberación. Lo hemos escuchado. Viene su luz, su paz. Confiamos como niños. Es posible que todo cambie, pensamos, creemos. Y el corazón se alegra. Es Navidad. Es la noche santa. Es el día lleno de luz. Dios hecho carne.

La generosidad es una forma de vivir y de amar, una forma de estar en el mundo. La Navidad tiene que ver con la generosidad en la vida, con el desprendimiento, con dejar todo lo que nos ata. Quisiéramos ser más generosos con nuestro tiempo, con nuestros bienes, con nuestro amor.

Generosos con la ternura, con los gestos de paz, con las sonrisas. Generosos con la vida que compartimos, con las palabras amables, con la esperanza que podemos regalar. Sí, Navidad es la ocasión para ser más generosos, para darnos más, sin medida.

Sin embargo, la generosidad no puede ser un criterio absoluto a la hora de decidir qué hacer o qué camino tomar. Es un criterio importante, pero no el único. Hay caminos muy generosos, pero puede ser que Dios no quiera que los recorramos.

Pensamos que es más generoso tener más hijos que tener menos. Eso es cierto. Pero tal vez a nosotros no nos pide Dios tener tantos hijos y no por eso estamos recorriendo un camino equivocado.

Puede parecer más generoso dejarlo todo e irnos de misiones al África, pero a lo mejor Dios no quiere eso para nosotros. Algunos pueden pensar que una opción implica más generosidad que la otra, pero no por eso tenemos que seguir esa dirección.

Sé que no es fácil decidir, seguir un camino u otro, pero es peligroso tomar el argumento de la generosidad como un criterio absoluto. Es cierto que la generosidad es para todos, pero cada uno ha de preguntarse en el corazón qué le pide Dios, cuántos pasos más nos invita a dar, a nosotros, de acuerdo con nuestra vocación.

Porque tenemos que ser generosos donde Dios nos pone. Con las circunstancias que nos toca vivir. Es verdad que el que no vive la generosidad se encierra en su egoísmo y no vive. Vivir pensando en nuestros deseos y gustos nos limita y envilece, nos seca por dentro, nos destruye.

Pero la generosidad como único criterio a la hora de decidir tampoco nos vale. Puede haber caminos muy generosos que Dios no nos pide recorrer. Dios tiene un camino para nosotros, un camino de plenitud, en el que tendremos que darlo todo. En ese camino iremos descifrando los pasos a dar en medio del claroscuro de la fe. Con mucha alegría, con mucha paz.

Ante el Belén, arrodillados delante del Niño que nace pobre y rico en amor, nos sentimos desvalidos, tal vez egoístas. Queremos ser más generosos, más de Dios, más pobres. Pero siempre allí donde Dios ha sembrado nuestra vida, para poder dar fruto, para no reservarnos egoístamente. Navidad es generosidad. Cada uno en su camino. Dándolo todo porque, si nos reservamos, no estaremos siendo fieles a la vocación marcada.

Hoy es Navidad. Hoy el corazón sueña, se alegra, se despierta. El otro día leía unas bienaventuranzas muy humanas, muy llenas de vida y esperanza que ayudan a vivir mejor este día: «Felices quienes pueden ver y valorar los pequeños-grandes milagros que se producen cada día en el mundo, desde el amanecer hasta la puesta de sol y se admiran y alegran con un corazón de niño. Felices quienes son capaces de prescindir de todo lo que les ata, porque ya son libres. Felices quienes eligen cada mañana experimentar la ternura y la alegría. Felices quienes cultivan la amistad y se sienten parte de la gran familia que todos formamos. Felices quienes saben distinguir cada día qué es lo necesario y qué lo superfluo en su existencia. Felices quienes siguen soñando, recuerdan sus sueños e intentan hacerlos realidad».

Vivir Navidad es vivir en este espíritu. Vivir soñando, vivir despiertos. Es hacer nuestro ese espíritu de las bienaventuranzas que nos dejó Jesús con su vida. Él vino a nosotros para que aprendiéramos a vivir de otra manera. Nos mostró que la felicidad no se busca, sino que se entrega a otros, y entonces se encuentra. Porque cuando más damos somos más felices.

Una persona me comentaba: «La receta mágica de la felicidad no está en cosas materiales o superficiales sino en descansar en Dios tanto en los momentos buenos como en los malos. El sentirte llena de Él para seguir el camino que te va marcando, tropezando a veces porque somos humanos pero confiando en que gracias a Él nos levantaremos de nuevo para hacer su voluntad. Descansar en Él es un don que todos debemos pedir para lograr esa alegría interior y esa paz que sólo Él nos puede dar».

Es la felicidad que nos trae un Dios que se hace carne y se abaja, para abrazarnos, para ponerse a nuestra altura. Un Dios indefenso, sin el poder de los grandes dioses, demasiado pobre. ¡Cómo entender a este Dios que se hace tan humano, tan pequeño, tan limitado! ¡Cómo entender esos planes que chocan con los nuestros!

Nosotros creemos en la fuerza humana, en el poder. Nos cuesta aceptar que el poder tenga que ser débil para ser de Dios. Nos cuesta pensar que la debilidad es fuerte, y que la impotencia lo puede todo. No, no lo aceptamos. Esperamos un rey de reyes, un poder humano, la gloria de la corona de los reyes. Pero este Dios niño necesita de nosotros. Es pobre. No tiene nada. No puede crecer solo. Su precariedad despierta nuestra ternura.

Navidad nos lleva a mirar entonces al que está cerca, a nuestro lado, caminando con nosotros. Decía el Papa Francisco en la exhortación apostólica: «Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. El Hijo de Dios en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura».

Despierta el Niño esa ternura que todos tenemos algo escondida. Nos saca de la comodidad, de la rigidez de nuestros muros. Nos permite expresar más ese amor que tenemos. Nos asemeja a María, que, llena de ternura, abraza al Niño como el tesoro más grande: «Estando allí se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en la posada».

Es la ternura de una madre. La caricia, el calor. Sólo ante lo pequeño podemos sacar esos sentimientos que tenemos guardados de ternura, de protección, de ser padre y madre. Estamos hechos para cuidarnos unos a otros. Dios nos lo muestra en Belén. Sólo ante lo frágil que no nos impone nada, ni nos asusta, sacamos lo mejor de nosotros mismos.

Ante el niño Jesús, ante el nacimiento, salen seguramente todos los sentimientos de infancia, de tantas navidades de niños, cuando montábamos el Belén y cantábamos villancicos con pandereta. Esos momentos guardados en lo hondo, cuando creíamos que todo era posible y soñábamos con una sonrisa en los labios. Sí, sigue siendo todo posible.

Me imagino ese momento de la primera Navidad como un momento sin muchas palabras, con mucha compenetración entre José y María. Lo más grande del mundo era pequeño entre sus manos y permanecían callados, conmovidos.

Se sentirían tan pobres, tan pequeños, tan llenos, tan regalados por Dios… Se animarían con la mirada, se sonreirían ante cada gesto que hiciese Jesús, como hacen todos los padres. Les parecería el más guapo, el más alegre, el más puro. Les sobrecogería la responsabilidad de cuidar a ese Dios hecho carne. Pero confiarían.

Hoy podemos acercarnos al Belén y arrodillarnos en un gesto humilde ante el niño Jesús. Queremos cogerlo en brazos para protegerlo. Lo más grande siempre está oculto y sólo la mirada limpia de un niño puede intuirlo.

En Belén, en Tierra Santa, la puerta que da acceso al lugar del nacimiento es pequeña. Se construyó tan pequeña para que no pudieran pasar por ella a caballo, para proteger así el lugar santo. Por eso hoy hay que agacharse.

Al hacerlo nos humillamos y nos volvemos un poco como los niños. Y es que sólo un niño con ojos limpios puede mirar con asombro ese milagro escondido en la normalidad de un nacimiento más. La señal que dan los ángeles es cotidiana, común, no destaca: «Como señal, encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Algo tan conocido y vulgar que nadie ve allí el milagro más grande.

Hoy nos arrodillamos ante el Belén, asombrados ante ese amor de Dios que sale a buscar al hombre, que nos busca una y otra vez, que aparece en medio de nuestra vida. Él viene a mí. Es el Dios-con nosotros. El Dios conmigo.

Viene para caminar a nuestro lado, para comer conmigo, para vivir conmigo, para sentir conmigo, para disfrutar la vida conmigo, para sostenerme, para animarme, para ir a mi lado cada día. Ahora es pequeño y aún no sabe nada.

Después conocerá la tristeza, el miedo, la nostalgia, la pasión. Aprenderá a disfrutar de las cosas pequeñas, esas cotidianas como lo es el hecho de pescar en un lago, de reírse con los amigos, de mirar las estrellas o un amanecer en Galilea.

Conocerá la amistad, la intimidad, el miedo a perder lo amado, la ternura, las caricias, el anhelo. Conocerá el cansancio, el hambre y la sed, la sensación de la lluvia en la cara, la alegría de vivir, el temor por los suyos, las ganas de conocer sitios, la aventura, la incertidumbre, la ignorancia y el aprender de otros.

Sentirá algo de temor al pensar en el futuro, el deseo de reposo, el abrazo de un amigo, el agradecimiento por beber agua fresca después de la sed del camino. Conocerá la paz de la sombra, los sabores de los alimentos, el asombro ante los hombres.

Se sorprenderá ante su grandeza, sufrirá con el desgarro del dolor de los otros, el dolor físico, la enfermedad, el miedo a la muerte, la esperanza. Pedirá ayuda a otros, sentirá emoción al mirar lo amado. Conocerá el desconcierto, el deseo de que lo bello sea eterno.

Aceptará el fracaso, la incomprensión, el éxito, la alabanza, la crítica como parte del camino. Soñará y se sorprenderá ante la vida. Sentirá el reposo hondo de la oración. Vivirá las preguntas de cada día. Vivirá con paciencia y aprenderá a decir que sí sin conocer todo, sin tenerlo todo controlado pero fiándose.

Conocerá la noche oscura y el día, el camino en cuesta y llano, los bosques, el desierto, el desamor, la fidelidad y se alegrará con las cosas nuevas. Es Niño, hombre, humano. Va a mi lado, sabe lo que yo siento, lo comprende, lo conoce. Y todo porque se ha hecho como yo para que yo pueda caminar junto a Él, siempre a su lado.

Navidad nos habla de un buey y una mula que hacen posible el milagro. A veces pasan desapercibidos en el Belén, están ocultos. La mula cargó con María y el Niño: «José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse, con María, su esposa, que estaba encinta».

La mula carga, lleva, soporta. No se queja. Se mantiene fiel en el camino. Pienso que con frecuencia Dios nos pide que seamos como la mula. Que no destaquemos por nuestra terquedad, sino por nuestra paciencia y aguante.

A veces estallamos, nos rebelamos, no queremos seguir el camino que se abre ante los ojos. Hay momentos en los que parece que el esfuerzo no recibe recompensa. ¿Quién agradeció a la mula que llevó a Jesús? Sólo hizo lo que tenía que hacer, sirvió, caminó, se dejó la vida. Calló, se mantuvo fiel en el camino, no se desesperó. La mula carga y no se queja, es humilde.

En la vida tenemos muchas ocasiones para cargar sin quejas, para servir sin reproches, para dar la vida sin esperar aplausos. El Padre José Kentenich decía: «Debemos convertirnos en un milagro de humildad. Ésa es la corona real de la pequeñez. Debemos llegar a ser un milagro de paciencia, de confianza y de amor»[1].

La mula sirvió con humildad. La actitud de la mula nos lleva a ser más humildes, más dóciles, más silenciosos y obedientes. ¡Cuánto nos cuesta obedecer sin pedir explicaciones, sin quejarnos, sin pretender tomar otro camino! Hace falta mucha humildad.

Pero el premio de la mula fue inmenso. A cambio de tanto esfuerzo, tuvo el privilegio de cargar con María y con Jesús. Un tramo del camino fue hasta Belén. Con incertidumbres y miedos. El otro tramo fue huyendo a Egipto, con la alegría del Niño, pero con las dudas en el alma al temer el futuro. Y en Belén se mantuvo al lado de José y María mirando sin comprender. Pero dando su aliento fielmente.
 
Ser como la mula es el desafío de cargar cada día con Jesús, con María y con José. Acogerlos en el corazón. Pero en ellos cargar con tantas cosas que la vida nos exige. Hacerlo con humildad y alegría. Sonriendo, dando nuestro aliento y esperanza. Entregando confiadamente la vida para que otros tengan más vida.

Hoy pienso también en el buey que espera paciente a José y a María en el establo. Esperó paciente en Belén, aguardó su venida, para que José, María y la mula pudieran descansar al llegar y tener así en el establo un lugar caliente, el mejor lugar. Para que pudieran reposar, para que pudiera nacer Jesús, para crear intimidad y hacer de cualquier lugar un lugar lleno de luz.

Es un don precioso el que tiene el buey. Hay muchas personas, gracias a Dios, que tienen ese don. Saben aguardar pacientes, saben ser esas rocas firmes, sólidas, en las que otros pueden descansar cuando llegan desanimados y cansados de su vida.

Hoy le pedimos a Dios que nos ayude a saber esperar, a saber respetar el ritmo de otros, a ir a su paso, sin querer forzar ni imponer siempre nuestro paso. Le pedimos que nos ayude a tener ese cuidado por el otro para que cuando llegue a nosotros lo recibamos pensando en lo que necesita, en cómo está, en darle alegría.
 
Muchas veces respondemos con indiferencia y así no acogemos a muchos que llegan a nosotros. Cerramos la puerta, no estamos disponibles. El buey siempre está, es fiel discretamente, no llama la atención, pero permanece allí.
 
Decía el Papa Francisco: «El permanecer con Cristo no es aislarse, sino un permanecer para ir al encuentro de los otros. Recuerdo algunas palabras de la beata Madre Teresa de Calcuta: – Debemos estar muy orgullosos de nuestra vocación, que nos da la oportunidad de servir a Cristo en los pobres».
 
El buey permanece fiel, para servir, para darse a los que llegan, sean quienes sean. Hace de su casa un hogar abierto y trasparente. Para que muchos puedan descansar alegremente. El buey está pendiente de la familia que llega. Prepara el hogar.
 
Pienso que en nuestra vida estamos muy pendientes de nosotros mismos, de estar bien, de nuestro espacio, de los regalos que recibimos. Nos hace bien tener la mirada del buey que da aliento al Niño. Una mirada que acoge y acepta, que prepara todo para que haya un hogar. Alguien tiene que estar siempre esperando, aguardando. Alguien tiene que ser buey para que un establo pueda ser hogar. ¿Cómo acogemos en esta Navidad? ¿Cómo preparamos nuestro corazón, nuestro hogar, para que otros descansen?

José y María custodian esta noche a Jesús. Lo custodian junto al buey y a la mula. También los pastores en su pobreza adoran el misterio. Ellos son los que buscan y custodian. Los que sirven con un corazón humilde.
 
Decía el Papa Francisco: «Quisiera pedir a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos custodios de la creación. Nunca olvidemos que el verdadero poder es servicio. Solo el que sirve con amor sabe custodiar. Para ejercer el poder, debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios».
 
Me imagino la emoción de José y María ante ese niño necesitado de ellos, de su poder. ¡Cuántos esquemas les rompe Dios! En Belén está el misterio más bonito del ser humano, el amor más grande de Dios, que se hace de nuestra altura para no asustarnos. Un amor que suplica que le demos cobijo, que nos necesita.
 
¡Qué pocas veces nos mostramos necesitados ante los demás! ¡Qué pocas veces le decimos a alguien «te necesito», «sin ti no puedo hacerlo»! Parece que tenemos que demostrar siempre que lo tenemos todo controlado, que solos podemos. Nos puede el orgullo y el amor propio.
 
Sin embargo, Dios, el que todo lo puede, el que no tiene principio ni fin, hoy, sometido a nuestra carne, limitado en el tiempo, no puede nada y así se muestra ante nosotros. No le importa mostrarse débil.
 
Hoy adoramos al niño Jesús diciéndole en nuestro corazón que queremos protegerle como María, abrazarlo como María, custodiarlo, asombrados, como María y José. En Belén no hay nada, sólo un niño con sus padres. No hay muros que protejan, ni soldados, ni dinero. No hay poder, sólo un niño como tantos otros.
 
Dios irrumpe en nuestra vida cotidiana y no pretende que tengamos poder y medios. Viene a nuestra indigencia, a nuestra pobreza. Un niño envuelto en pañales. Viene Él, se acerca Él, nos toca Él, se mete entre nosotros.
 
El camino lo ha hecho Él. Desde su omnipotencia a nuestra impotencia. No impone, no aparece con grandes señales, no hay milagros en su nacimiento, viene en la normalidad, en la oscuridad, en la pobreza, en la cotidianidad de una familia normal. En un lugar perdido, indefenso.
 
Por muy perdido que yo me sienta, Él viene a nosotros hoy, en la debilidad. Quizás no nos sentimos dignos de que nazca en nosotros, no estamos preparados. Dios es el que llega, el que decide nacer en nosotros. Tampoco estaba preparado el establo en Belén. Sin embargo, su nacimiento, lo convirtió en el lugar más hermoso de la tierra. Así hace con nosotros.

Los pastores cuidaban las ovejas, pero las dejan solas y se acercan a buscar a Dios que se hace carne: «Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, la gloria del Señor brilló alrededor de ellos y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: – No tengáis miedo, porque os traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos: – Hoy os ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. En aquel momento, junto al ángel, aparecieron muchos otros ángeles del cielo que alababan a Dios y decían: – ¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor! Cuando los ángeles se volvieron al cielo, los pastores comenzaron a decirse unos a otros: – Vamos, pues, a Belén, a ver lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del niño, y todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente. Los pastores regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído, pues todo sucedió como se les había dicho». Lucas 2, 1-20.
 
Los pastores no eran poderosos. No sabían mucho, no tenían lo todo controlado. No eran personas respetables, no eran dignos y vivían fuera de la ciudad. Eran considerados impuros, mentirosos. Estaban en el peldaño más bajo de la sociedad. No tenían riqueza ni prestigio.
 
Pero a ellos se les aparecen los ángeles. ¿Qué tendrían los pastores para que Dios los buscara? No eran dignos de crédito, no serían los mejores embajadores de esa buena noticia. No eran dignos de crédito.
 
Pero a ellos viene Dios. A los más simples, a los más rechazados. A ellos, no a los rabinos, no a los que conocían tan bien la escritura. Al pensar en los pastores pienso en aquellos que viven en las periferias de nuestra sociedad. En aquellos que son rechazados por su condición. En los que no encuentran su lugar en la sociedad ni en la Iglesia.
 
Pero pienso también en nosotros, que no tenemos el corazón puro. En nosotros que nos alejamos de Dios con frecuencia buscando otros lugares en los que descansar, otras verdades. A nosotros que no nos atrevemos tantas veces a profundizar en el corazón por miedo a los sentimientos que podemos encontrar.
 
En nosotros que nos confesamos rápidamente, a veces superficialmente, por miedo a enfrentar nuestra pobreza. Pienso en nosotros que tampoco nos sentimos dignos de nada. Pero en realidad, Dios piensa en nosotros, viene a nuestra indigencia, se alegra en nuestro corazón y lo encuentra el mejor lugar para nacer.
 
Es sorprendente. Pero así es Dios. Busca a los desvalidos, a los que no tienen nadie que los defienda. A los que están más solos y perdidos. Sí, viene a cada uno para cambiar nuestro corazón y hacerlo habitable, navegable, para que muchos puedan encontrar ahí su morada.

Los pastores creen como los niños, se admiran, se sorprenden, confían y se ponen en camino. El ángel les dio como única señal algo muy sencillo, que encontrarían a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Ésa era la señal de Dios, el milagro. Dios oculto en lo cotidiano.
 
Muchas veces pienso que me gustaría tener la fe de los pastores. Me quedo en mis prejuicios, decido lo que es creíble y lo que no, me fío cuando me conviene y sólo de quien me conviene. Pero me falta esa fe ciega y valiente.
 
Ellos dejan el rebaño que custodian y se arrodillan ante el Dios esperado, oculto en unos pañales y piel de niño. Ven lo que nadie ve. ¡Cómo pueden dejar sus seguridades y aventurase de esa forma en el camino de la fe audaz!
 
Quisiera tener su fe. Los pastores llegan. ¡Qué alegría para María y José! Fue la primera visita. ¡Qué alegría mostrar al niño! Los pastores contemplan. ¡Qué pocas veces contemplamos y nos dejamos tiempo para mirar a Dios! Ellos ven en la oscuridad.
 
Decía el Padre Kentenich: «La fe debe penetrar todo el ser humano. Debe convertirse en un instinto divino, un instinto que husmee en todas partes lo divino. Un sentido del olfato que rastree lo divino. Se trata de la luz de la razón que ha penetrado ya el sentimiento»[2].
 
Pienso que la Navidad es un tiempo de luz. Para ser capaces de ver lo que muchos no ven. Ver a ese Dios oculto que se hace presente. Dios que habla a través de las personas, de los acontecimientos, de las insinuaciones del alma. Es la luz que ilumina los caminos y permite ver en lo cotidiano, en lo más sencillo de la vida. Ven, creen y llevan lo que tienen.
 
Sí, seguramente les darán alimentos a José y María, todo lo que tenían. Me gustan los pastores que llevan leña, o huevos, o una oveja. Es bonito pensar qué le podría llevar yo a Jesús.

Cuando hacemos regalos en Navidad tendríamos que pensar que es al mismo Jesús al que se lo hacemos. No importa si es caro o no, si es el mejor regalo. Lo que de verdad importa es el cariño y la alegría que ponemos al regalar algo.
 
Así hicieron los pastores. Llevaron lo que tenían, eso era todo. Alguno no entendería qué pasaba ahí, otros seguramente disfrutaron de esa mujer que era un poco Madre de todos y que los recibió con calor y con alegría.
 
Ella tenía algo, en su manera de mirarles, de recibir los regalos, de hacerles sentir a cada uno que su visita era la más esperada. Seguramente se llenaron de paz, como cuando nosotros estamos cerca de Dios y cerca de María. Acogieron los regalos con tanta alegría que los pastores se sentirían los más felices de la tierra.
 
Es cierto, dar nos hace más felices que recibir. Pero qué importante es alegrarnos con los pequeños regalos de la vida, sobre todo en Navidad. Con los regalos que nos hacen, aunque no acierten, aunque no sean muy ocurrentes. No importa, lo que importa es el amor.

Hoy queremos aprender de Jesús, que se despojó, para quitarnos tantos ropajes que tenemos encima, tantas cosas que nos tapan, tantas cosas de las que nos hemos hechos dependientes.
 
Queremos aprender a mostrarnos necesitados y vulnerables. Aprender de María, a guardar todo en el corazón, meditándolo. Aprender de Ella a cuidar, a proteger, a abrazar a Dios, que se hace Niño indefenso. Queremos aprender de José a aceptar los planes de Dios como vengan, a asombrarnos como él ante lo que estaba sucediendo.

Queremos aprender del buey de la mula que hicieron de aquel establo el mejor hogar del mundo. Queremos aprender de los pastores a mirar más allá de lo gris, de lo diario de mi vida, y a descubrir a Dios oculto en nuestra vida, hoy mismo, ahora mismo. Aprender de ellos a darle Dios todo lo que tenemos, sencillamente.

Darle eso que más nos cuesta, eso que nos duele, eso que nos preocupa, o lo que más nos alegra, nuestros planes. Queremos aprender a darle todo. Queremos agacharnos para poder entrar en la puerta santa del Belén y así arrodillarnos ante ese amor de Dios que se hace presente en medio de nosotros.
 
Queremos alegrarnos delante de Dios niño. Queremos aprender de los niños a creer en lo imposible, aprender a jugar de nuevo cada día, con una alegría nueva. Queremos hacer de la Navidad un tiempo para vivir la misericordia, para buscar a los que no tienen, para dar amor con nuestra vida, con nuestra sonrisa.
 
Queremos aprender a dejar de mirar nuestro pequeño mundo protegido y ampliar nuestro horizonte, buscando a los más perdidos, a los que están más solos, a los que se sienten más indignos del amor de Dios.
 
Como nos recuerda el Papa Francisco: «Cuando los cristianos se olvidan de la esperanza y de la ternura se vuelven una Iglesia fría, que no sabe dónde ir y se enreda en las ideologías, en las actitudes mundanas. Mientras la sencillez de Dios te dice: sigue adelante, yo soy un Padre que te acaricia. Tengo miedo cuando los cristianos pierden la esperanza y la capacidad de abrazar y acaricia».
 
Esto es Navidad, aprender a vivir de una forma nueva, con otra mirada, con un corazón que se apasiona y se deja hacer.


[1] José Kentenich, “Hacia la cima”, 128
[2] J. Kentenich, “Dios presente”, Texto 196

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