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¿Hasta dónde amar? ¿Hasta cuándo la entrega?

@DR

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/12/13

Someternos a los deseos de los otros sin perder la identidad, amar desde un corazón que descansa porque se sabe amado

Hay una tensión entre dos posibles actitudes en la vida: darlo todo y vaciarnos o no dar nada y guardarnos egoístamente. Queremos dar, queremos ayudar, porque dar nos hace sentirnos útiles y porque somos capaces de amar. Pero al mismo tiempo tendemos a reservarnos, a buscar nuestro espacio, a dar respuesta a nuestros gustos, a pensar sólo en nosotros. Vivimos esta tensión muchas veces.

Es verdad que el amor sano y auténtico nos lleva a querer entregarlo todo. Es una necesidad que surge de un alma que busca amar, aunque sepa que la pureza de intenciones cuando nos damos no se da siempre: «Descubro entonces que mi servir no tiene la pureza de intención que debería tener, pero incluso así tengo que salir a servir porque me llena, y me sale natural, y el quedarme sola me espanta».

Nos damos porque nos llena, porque dando recibimos mucho más, porque nos alegra ayudar y servir a otros, porque así nos sentimos útiles, no lo podemos negar. Pero no por eso pierde sentido y fuerza nuestra entrega. Dios se sirve de ello.

Y así estamos siendo fieles a lo que el Papa Francisco señala en su Exhortación: «La vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión». Es misión dar, entregar la vida, hacer algo por los demás, salir de nosotros mismos, ayudar al que necesita, ser misericordiosos.

Añadía el Papa Francisco: «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás».

Siempre podemos dar más y entonces surgen las dudas en el alma. Los sentimientos de culpa aumentan y nos sentimos responsables de toda la humanidad. No llegamos a todo ni a todos. Siempre se nos puede pedir más, nos pueden exigir más, porque podemos dar más.

Siempre hay algo más que podemos hacer, algo más que podemos dar. Entonces, ¿quién pone los límites? ¿Dónde nos detenemos y decimos: ¡Basta!? Dios nos pide a cada uno de acuerdo a nuestras capacidades, teniendo en cuenta nuestro camino, aquella vocación que nos ha regalado. El tiempo es limitado y sólo podemos poner prioridades, para saber cuándo es necesario poner un freno. Pero es verdad que siempre podemos dar más.

Surge entonces la pregunta en el alma, ¿es posible darlo todo sin perder la vida? Es posible, es un milagro, un don, una gracia. María y José lo dieron todo. Muchos santos lo han hecho y lo siguen haciendo hoy, en silencio, con humildad. Porque, al fin y al cabo, la vida nos la dan para darla. Y nosotros queremos darla.

Porque el corazón está hecho para el infinito, eso lo sabemos y no podemos conformarnos con sobrevivir, con dar un poco, con cansarnos en seguida cuando no recibimos nada a cambio.

Eso es el Adviento, ensanchar el alma, para dar más, para preguntarnos si nos estamos dando, para desear más y que los sueños nos levanten cada mañana alegres. El que no da, no ama y se endurece. El egoísmo de aquel que sólo quiere recibir, es algo muy triste. Cuando nos falta amor nos ponemos viejos y feos.

María es bella porque ama. Nosotros seremos más bellos cuando amemos más, cuando nos demos más y no vivamos centrados en nuestro interés. El amor nos hace más puros, más de Dios, más libres. El egoísmo nos afea, nos limita, nos empobrece.
Pero a veces nos sentimos culpables, porque nos guardamos algo, nos reservamos y no lo damos todo. En ocasiones llegamos a pensar que somos egoístas cuando hacemos algunas cosas pensando en nosotros mismos y no en los demás.

Los hobbies nos parecen una pérdida de tiempo. Dedicar tiempo al ocio lo mismo. Y no debería ser así. El ocio bien utilizado nos ayuda y capacita para dar más. Pero aún así podemos sentirnos culpables: ¿Es eso lo que Dios quiere? ¿Es lo más santo? Queremos entregarlo todo y, al mismo tiempo, queremos mantener el equilibrio.

Podemos vivir la tensión de dar demasiado. Nos damos, nos vaciamos, y nos enfermamos. Porque no ponemos límites. Y hay un instinto en el alma, el de la supervivencia. El corazón no quiere morir del todo. Nos inmolamos, pero, no dejamos de ser personas con deseos y sueños propios. ¿Los escuchamos? ¿Nos hacemos caso?

Nos entregamos porque la vida sólo merece la pena si se entrega. Pero no queremos perder el centro, porque si lo hacemos, al final, por algún lado, acaba saliendo la tensión y el sentimiento de culpa.

¡Qué difícil saber hasta cuándo hay que dar cuando miramos a Cristo que se hace uno de nosotros sin privilegios y se humilla y entrega hasta la cruz! ¡Qué difícil cuando contemplamos a María, que acoge como esclava el querer de Dios, camina entre los pobres hacia Belén y se ofrece por entero sin guardar nada para Ella, renunciando en cada paso! ¡Qué difícil cuando pensamos en los santos que se han vaciado por amor y su vida ha tenido un sentido muy grande entre los hombres y en el cielo!

Es el equilibrio entre querer dar la vida amando y amarnos a nosotros mismos respetando nuestros tiempos, las necesidades del alma, el cuidado de nuestra soledad. Si vivimos volcados hacia fuera sin escuchar el corazón, nos acabamos secando. Sólo podemos dar lo que va creciendo en lo profundo del corazón. Vivir totalmente hacia los demás nos acaba descentrando. ¿Nos cuidamos? ¿Cuidamos nuestro jardín interior para poder así dar más desde dentro?

Ante la tentación de dar en exceso, surge el atractivo de no dar. Y así nos podemos volver egoístas. El egoísmo, el egocentrismo, son males de nuestro tiempo. Cuidamos tanto nuestros espacios propios, nuestras aficiones y gustos, que todo lo demás pierde. Descuidamos la misión, lo que Dios nos pide. Y entonces el alma se pone mustia y triste.

Decía el Papa Francisco en la Exhortación apostólica: «Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente preservar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos».

Y entonces nos buscamos, buscamos nuestra alegría y no la encontramos. Buscamos sólo hacer nuestra voluntad y no nos deja contentos. Nos asustan los compromisos. Cuidamos nuestros tiempos reservados para el ocio. El deseo de disfrutar de la vida es más fuerte que el deseo de dar la vida. Es la tentación de querer satisfacer todos los deseos buscando la propia felicidad.

Satisfacer significa hacer lo suficiente para calmar el ansia que anhela lo infinito. Pero nos damos cuenta, cada vez que lo intentamos, que siendo egoístas no somos felices. ¿Dónde está el punto medio en nuestra entrega? Ese punto medio es el ideal, pero, ¿cómo se logra? Consiste en ser capaces de someternos a los deseos de los otros sin ser totalmente sumisos, sin perder la identidad. En dar sin tener que desaparecer. En amar a los demás desde un corazón que descansa porque se sabe amado.

Hoy miramos a María que camina hacia Belén. En Ella se da la perfecta armonía, un sano equilibrio. Es la plenitud del hombre nuevo porque amó con toda su alma. Decía el P. Kentenich de María: « ¿Existe acaso algún ser que haya amado tan intensa y fervientemente como María? ¡Cuánto tuvo que haber amado al Señor! Ella ofreció en el Calvario lo más amado, ofreció al Señor. Y lo hizo eligiéndolo y queriéndolo libremente»[1]. Ella es equilibrio y armonía. Por eso queremos aprender de Ella y le suplicamos que nos eduque.

Una persona le rezaba: «Madre, pongo ante ti mis ansias de pureza. Soy tan impura, tan débil. No puedo hacer nada por mí misma pero en ti está mi esperanza.Madre Inmaculada, santuario vivo de Dios, aseméjame a ti. Llena de Dios cada parte de mi corazón, de mis pensamientos, de mis sentidos. Porque sé que para Dios nada hay imposible».

Le pedimos a Ella que nos regale la armonía entre lo que sentimos, pensamos y decimos. Entre nuestra vida de fe y la vida cotidiana. Entre lo que somos y hacemos. Entre nuestros ideales y esa voluntad rebelde. Todos tenemos alguna ruptura en nuestro corazón, alguna división y falta de armonía. Estamos revueltos por dentro. Cargamos alguna preocupación, algún miedo, muchas preguntas sin respuestas.

Pienso en el Santuario original en el que hace casi cien años se selló la primera alianza de amor con María. Cuando el Padre José Kentenich y los primeros congregantes llegaron allí el suelo era de tierra. Había mucho desorden y suciedad. No era un lugar de paz. Ellos, con su entrega, con su alegría y disponibilidad prepararon el lugar.

Tal vez ese lugar no era el mejor. Como tampoco lo fue el establo donde nació Jesús. Es cierto, Dios no elige los mejores lugares, ni a las personas más poderosas e influyentes. No le interesa el poder, ni el lujo, ni el dinero. A Dios sólo le interesa llegar a corazones dóciles, libres, apasionados. Esos corazones en los que Él pueda actuar y nacer. María preparó un establo y llegó a ser el hogar más maravilloso porque Dios se hizo carne allí.

Nuestro corazón es como ese establo, como aquel santuario desordenado y lleno de polvo. Ahí quiere Dios nacer, en medio de nuestra ruptura interior, de ese quiebre que nos aleja de su amor tantas veces. Allí, aunque nos avergoncemos con pudor. Allí, sí, donde a nosotros nos cuesta estar tranquilos, porque nos volcamos con frecuencia hacia el mundo descuidando lo más nuestro. Sí, allí viene a nacer. Hasta allí caminan José y María buscando posada. Es en nosotros. La historia se hace carne aquí y ahora.

María llega y nos educa a imagen de Jesús, para que seamos felices, para que amemos de verdad, con el amor maduro, entero y no dividido. Creo que es importante mirarnos y saber reconocer dónde está nuestra ruptura para aceptarla y entregarla con humildad. No tenemos mucho que ofrecer. Sólo lo que somos.

Puede suceder que digamos cosas que no sentimos y ahí está el desorden, o decimos cosas que luego no somos capaces de llevar a cabo. O nuestra incoherencia nos lleva a separar lo que creemos y el orden de valores en nuestro ocio, en el trabajo, en cómo manejamos los bienes materiales; en cómo tratamos a los compañeros de trabajo; si nos buscamos nosotros mismos en el ocio o sabemos regalarlo. O quizás nuestra separación se da entre la oración y los actos. O entre los ritos religiosos y lo que vivimos en el interior. O entre el cuerpo y el alma. María es la que nos une.

A veces tenemos poca delicadeza en el corazón, y rezamos y vamos a misa o al Santuario, pero dejamos que crezca al mismo tiempo el sentimiento de tristeza, de victimismo, de juicio, de comparación, de envidia, de deseo de posesión de otros. ¿Cómo son los sentimientos de nuestro corazón? ¿Reflexionamos, miramos el corazón de vez en cuando?

Una persona rezaba a María pidiendo su abrazo: «Descalzos mis pies buscan tus playas, infinita la arena que acaricia tu mar. Sin contar las estrellas enmudece el alma y tu voz, María, calma mi ansiedad. Camino despacio, respetando el tiempo, sintiendo tu voz en mi soledad. Callo, gimo, siento, sin decir palabra porque la Palabra sólo la traes tú. Quiero que me abraces, con paz, lentamente, dejando tu huella marcada en mi piel. Quiero que me mires, como siempre miras, tocando mis labios, calmando mi mar».

Es la paz que buscamos, su paz. Pero a veces estamos frente a Dios, diciéndole que le queremos, pero guardamos algo en el corazón contra alguien, algo que no superamos. Son rencores o heridas que no perdonamos. ¿Cuál es nuestra ruptura? Hay personas que tienden a la pereza o la comodidad y su ruptura es la incapacidad de llevar a cabo lo decidido, o incluso de decidir cosas, dejando que la vida siga sin tomar las riendas.

Otras personas tienen la ruptura en el corazón, personas muy racionales que juzgan, que analizan, pero que no saben lo que sucede en su interior y son poco flexibles con los otros, o con ellos mismos. Otros viven según lo que les apetece en ese momento, por impulsos, sin plantearse nada más. Miramos a María. Su mirada nos calma. Su abrazo nos sana y nos levanta.


[1] J. Kentenich, Kentenich Reader Tomo III, Texto tomado semana de acción de gracias, crónica 1939-45

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