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Día Séptimo de la Novena de Navidad: Anuncio del Nacimiento de Cristo

THE ANNUNCIATION, BY FRA ANGELICO
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Hoy vemos que una mujer llena de gracia, de prudencia y de fortaleza le ha dicho SÍ al plan del Señor

Introducción

Bienvenida. Señal de la Cruz.

Oración para todos los días

¡Dios de Bondad! ¡Dios Poderoso, Sabio y Compasivo! Nos hemos reunido en tu Nombre, en primer lugar para darte gracias por el caudal de tus beneficios. En todo vemos resplandecer tu majestad, que no riñe con la piedad con que cuidas tus creaturas, y admiramos tu poder, que no se opone a la ternura de tus manos. ¡Gracias por esta tierra y por los cielos!; gracias, Padre, por lo que vemos y también por lo que supera a nuestros ojos. Gracias por lo que entendemos pero sobre todo gracias por tu amor, que desborda a todo entendimiento.

Nada reveló tanto tu amor como que nos siguieras amando después de que te dimos la espalda. Somos raza y pueblo de pecadores, pero al final no resultó vencedor nuestro pecado. Por encima de nuestros males venció tu bondad y el camino que hallaste para rescatarnos es tan admirable que sólo podemos exclamar: “¡Feliz la culpa que nos mereció tal Redentor!”

Padre Dios, hoy te agradecemos el habernos dado en un solo Bien todo lo bueno; el habernos dado en tu propio Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, el remedio de nuestras desgracias y la fuente misma de toda gracia.

Concede, te suplicamos, que quienes hacemos con fe esta novena tengamos el corazón abierto al Evangelio, los ojos abiertos al Misterio y las manos abiertas a nuestros hermanos, pues a todos nos has llamado a ser tus hijos. ¡A ti sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos! Amén.

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas, capítulo 1, versículos del 26 al 38

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre que se llamaba José, de los descendientes de David; y el nombre de la virgen era María.

Y entrando el ángel, le dijo: ¡Salve, Llena de Gracia! El Señor está contigo; bendita eres tú entre las mujeres. Pero ella se turbó mucho por estas palabras, y se preguntaba qué clase de saludo sería éste.

Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que soy virgen? Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso lo santo que nacerá será llamado Hijo de Dios. Y he aquí, tu parienta Isabel en su vejez también ha concebido un hijo; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril. Porque ninguna cosa será imposible para Dios.

Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.

Consideración para el Día Séptimo

El plan original de Dios tenía como señal propia la bondad. El pecado original y luego nuestros demás pecados han empañado esa bondad y han traído muerte, odio, soledad y tristeza. No podía ser de otro modo porque el pecado es decirle NO a Dios.

Pero hoy vemos que una mujer llena de gracia, de prudencia y de fortaleza le ha dicho SÍ al plan del Señor. Gracias a la misericordia de Dios, que se compadeció de su pueblo, y gracias a María, que hoy es la embajadora de ese pueblo pobre pero lleno de fe, ha sido posible la Encarnación del Hijo de Dios.

Un ángel caído, Satanás, trajo una palabra de muerte a Eva, mujer que fue llamada «madre de todos los vivientes,» pero que sólo en parte hizo honor a su nombre.

Otro ángel, esta vez uno fiel a Dios, San Gabriel, trajo una palabra de vida a María, la mujer que es madre de la nueva humanidad, empezando por su hijo, Jesucristo.

Eva acogió la palabra del ángel caído; María acogió la palabra del Ángel Santo. De modo que la escena de la Encarnación devuelve y sana lo que fue destruido en la escena del paraíso terrenal. El camino que mal andamos como hijos de Eva ahora lo desandamos como nacidos del sí de la Virgen Santa.

La virginidad de María tiene apoyo en hechos reales. Si ella pregunta «¿cómo va a ser esto, puesto que soy virgen?», esa frase sólo cabe en quien tiene propósito de virginidad, pues si ella no hubiera pensado así, su pregunta hubiera sido superflua. Sencillamente ella hubiera pensado: «Me dice este Mensajero que seré madre; está hablando del hijo que tengamos con José.”

Pero ella preguntó, y su pregunta reveló dos cosas: el misterio de su propia y perpetua virginidad y el misterio de su singular fecundidad. Así hemos tenido noticia de un poder y un amor que no han tenido ni tendrán paralelo en la historia de todos los siglos, algo que nos conmueve escuchar: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.» Sabemos que no nos va a alcanzar la eternidad para contemplar y tratar de entender la profundidad de esas palabras.

Lo que sí sabemos es que Dios NO vino a «reemplazar» la parte masculina. Dios no hizo algo contra la naturaleza sino más allá de toda naturaleza creada. En efecto, cuando un ángel le explica a José lo sucedido le habla de María como «tu mujer» y luego sabemos que José actúa con toda paz como auténtico padre y jefe de hogar.

Más que «hacer las veces de padre» José es verdaderamente padre, aunque de un modo único, ya que su ser de hombre y de esposo ha sido bendecido de un modo único con la acción del Espíritu Santo. No es menos prodigio que él sea padre de esta manera que el hecho de que María sea madre de la misma manera. Y así, si el Espíritu fecundó a María, haciéndola madre virginal, hemos de decir que a San José lo hizo padre virginal.

En este día, pues, la majestad y la potencia del amor de Dios se revelan, a la vez que su delicadeza y ternura quedan patentes. En este día se muestra la grandeza de la virginidad mientras la fecundidad alcanza su fruto más precioso: Jesucristo, Nuestro Señor.

Gozos

 Desde antiguo los patriarcas
aguardaron tu venida;
hacia ti miran los siglos
esperándote, Mesías.
¡Que no queden en suspenso
nuestros brazos, que te ansían!
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
Fue David un hombre grande
que reinó por muchos días;
en su tiempo los judíos
conocieron paz y dicha.
Pero tiempos aún mejores
anunció una profecía.
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
¿Qué será el rumor de alas
en los cielos que se agitan?
Hace poco se ha sabido
la bellísima noticia:
¡el Arcángel ya le ha hablado,
y ha aceptado ya María!
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
Con el sí de aquella Virgen
pura y pobre, tan sencilla,
ha brillado aquí en la tierra
celestial sabiduría;
que los sabios de este mundo
canten, pues, y bien repitan:
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
El remedio necesario
para nuestra rebeldía,
y la fuente de la gracia
que perdida parecía:
todo viene de tus labios
de tus manos y fatigas.
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
San José ruega en silencio
caminando con María;
van buscando la posada
que parece tan esquiva.
Nuestra casa ya se ha abierto
para darles la acogida:
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
Ya los valles se levantan
ya se abajan las colinas.
Ya la noche va pasando
ya la luz viene de prisa.
Ya la casa se ha llenado:
se ha reunido tu familia.
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
Con amor, cuanto podemos,
nos unimos a María;
con José ya te imploramos
que no atrases tu venida.
Bien postrados ya nos tienes,
todo aguarda tu visita,
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!

Oración a la Santísima Virgen María

Con las palabras que te saludó el Mensajero del Cielo, el Santo Arcángel Gabriel, nosotros te saludamos hoy, María Santísima, y te decimos: “Llena de Gracia.”

Tú eres la muy amada y muy amorosa. En ti Dios escribió su Palabra de Salvación para todos los pueblos, y de tu fe admirable somos deudores todos, porque tu docilidad al Espíritu Santo hizo posible el milagro que no volverán a contemplar los siglos: la Encarnación del Hijo Único de Dios.

Con gran confianza nos acercamos a ti, dulce doncella de Nazareth, y con gran alegría nos unimos a tus sentimientos de ternura en la espera del Nacimiento de Cristo. Eres amable y pura; sencilla y valiente; buena amiga, buena esposa y buena madre. Acepta hoy nuestro ruego, te suplicamos, y conviértete en nuestra guía y maestra en la contemplación del misterio del Niño Dios.

Danos de tu mirada para reconocer y adorar al Dios que se abaja, el Dios que busca a sus ovejas descarriadas, el Dios que se humilla con caridad y nos levanta con misericordia.

Danos de tu fortaleza para seguir los pasos de este Niño Prodigioso, también cuando sus palabras nos parezcan difíciles o cuando tengamos que verle afrentado en la Cruz. Tu ejemplo nos anima y tu plegaria nos fortalece.

¡Ruega por nosotros y junto a nosotros! ¡Llévanos a la obediencia del Evangelio, Santísima Virgen María, Madre del Amor Hermoso!

Tres Avemarías y un Gloria.

Oración a San José

San José, reunidos en oración recordamos tu vida y tu misión, y te saludamos con admiración y profunda gratitud. Hombre de Dios, modelo de virilidad y de liderazgo, heredero humilde y grande de la Casa del Rey David, obrero de la causa del Reino de los Cielos: recíbenos y danos tu abrazo de amigo y de hermano en la fe.

San José, con amor intenso y puro cuidaste de María y de Jesús, los grandes tesoros de Dios Padre en esta tierra. Supiste hacer bien tu tarea; llevaste a buen puerto la barca, guiaste con mano diestra tu hogar y supiste permanecer sencillo y discreto, obediente en todo a la voz interior de tu Dios, a quien amaste y serviste con ardor y generosidad hasta la hora santa de tu muerte.

San José, ¡cuánto nos enseña tu manera de ser esposo y de ser padre! Necesitamos hoy de la delicadeza y la fortaleza de tu alma santa para valorar a la mujer, sea doncella o madre, y para defender la vida humana, especialmente cuando está más amenazada o es menos valorada.

San José, Padre Virginal de Jesucristo, Custodio de la Vida en el Espíritu Santo: ¡ruega por nosotros!

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Oración al Niño Jesús

Jesús, tu Nombre dulce y poderoso, eleva el corazón a la esperanza. ¿Qué no podemos esperar de Dios, que nos ha dado todo en ti? ¿Qué no podemos esperar de ti, que te has dado en sacrificio por nosotros?

Bien oculto en las ropas de la humildad entraste a este mundo y bien desnudo de todo orgullo saliste de él.

Así nos vestiste con tus virtudes y nos desvestiste de nuestras miserias. Nos diste tu carne limpia de niño y aceptaste las llagas pavorosas de nuestro antiguo pecado.

¡Niño Dios, hermoso sobre toda hermosura! ¡Niño Dios, espejo limpísimo del amor del Padre por la humanidad! ¡Niño Dios, luz de pureza que has llegado en medio de la noche para vencer a fuerza de amores a las espesas tinieblas del egoísmo y la vanidad!

¡Niño Dios, candor incomparable, humildad suprema, adorable Salvador! Niño Dios, ante ti nos postramos de buen grado, siguiendo el ejemplo de los pastores humildes y de los sabios venidos de Oriente.

¡Niño del pesebre! ¡Cuántas lecciones nos das sin decir una palabra! En tu silencio eres Maestro, y en la impotencia de tu pobre cuna eres más fuerte que todos nosotros.

Padeces frío pero traes el fuego; lloras pero brindas consuelo; callas pero enseñas a los sabios; sufres pero en ti reside toda alegría y todo gozo.

Jesús Niño, con amor te suplicamos por todos los niños y niñas del mundo, especialmente por los que no pudieron nacer.

Tú que bien sabes de pobreza, migración forzosa y exclusión social, compadécete de los niños y niñas que viven tu drama cada día, tal vez sin conocerte ni poder saludarte. Inspíranos también las palabras y acciones que defiendan la vida humana de camino en esta tierra y de cara a la bienaventuranza eterna.

Tu rostro, Jesús, que una vez ofendimos, ahora debe ser contemplado con indecible gratitud; tu palabra, que una vez rechazamos, ahora debe ser atendida y puesta por obra; tu Corazón, que una vez lastimamos, ahora debe ser rodeado de amor y alegría, de adoración perfecta y rendida obediencia.

Jesús: grandes y sin medida son los méritos de tu infancia. Por ellos te suplicamos nuestra propia conversión así como la propagación del Evangelio a todo lo creado. ¡Que la Buena Noticia de la Navidad alcance a todos porque tú quieres que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad! Tú vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Publicado originalmente en el sitio www.fraynelson.com


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