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Día Cuarto de la Novena de Navidad: El Anuncio del Mesías

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Basílica de la Natividad de Belén
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Un “nuevo David” que gobernaría “hasta los confines de la tierra”

Introducción

Bienvenida. Señal de la Cruz.

Oración para todos los días

¡Dios de Bondad! ¡Dios Poderoso, Sabio y Compasivo! Nos hemos reunido en tu Nombre, en primer lugar para darte gracias por el caudal de tus beneficios. En todo vemos resplandecer tu majestad, que no riñe con la piedad con que cuidas tus creaturas, y admiramos tu poder, que no se opone a la ternura de tus manos. ¡Gracias por esta tierra y por los cielos!; gracias, Padre, por lo que vemos y también por lo que supera a nuestros ojos. Gracias por lo que entendemos pero sobre todo gracias por tu amor, que desborda a todo entendimiento.

Nada reveló tanto tu amor como que nos siguieras amando después de que te dimos la espalda. Somos raza y pueblo de pecadores, pero al final no resultó vencedor nuestro pecado. Por encima de nuestros males venció tu bondad y el camino que hallaste para rescatarnos es tan admirable que sólo podemos exclamar: «¡Feliz la culpa que nos mereció tal Redentor!»

Padre Dios, hoy te agradecemos el habernos dado en un solo Bien todo lo bueno; el habernos dado en tu propio Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, el remedio de nuestras desgracias y la fuente misma de toda gracia.

Concede, te suplicamos, que quienes hacemos con fe esta novena tengamos el corazón abierto al Evangelio, los ojos abiertos al Misterio y las manos abiertas a nuestros hermanos, pues a todos nos has llamado a ser tus hijos. ¡A ti sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos! Amén.

Lectura del profeta Miqueas, capítulo 5,  versículos del 2 al 5

Tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel. Y sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad.

El los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel. Y Él se afirmará y pastoreará su rebaño con el poder del Señor, con la majestad del nombre del Señor su Dios.

Y permanecerán, porque en aquel tiempo Él será engrandecido hasta los confines de la tierra. Y Él será nuestra paz.

Consideración para el Día Cuarto

En la vida tarde o temprano uno necesita descubrir dos cosas: que hay un problema que se llama «pecado» y que para ese problema hay una respuesta que se llama «Jesucristo.» Todo lo demás es importante, en su respectiva medida, pero lo más importante de todas las cosas está en esos dos descubrimientos.

Y hay un libro que nos habla amplia y profundamente sobre esos dos puntos tan esenciales para la vida humana. No es un libro de ciencia o de filosofía; no es un tratado de cosmología, antropología o historia. Es un libro que enseña algo infinitamente más importante porque se refiere a la eternidad.

Se trata de la Biblia, a la que consideramos nuestro «Libro de Familia» porque nuestra familia espiritual es la Iglesia, que ha traído hasta nuestros oídos y ante nuestros ojos la Palabra de la Vida.

En la Biblia encontramos cómo la humanidad descubrió, a través del caminar del pueblo de Israel, que verdaderamente necesitamos de Dios y que si Él no nos salva, no seremos salvos.

Ahora bien, los israelitas conocieron tiempos malos, como la esclavitud en Egipto, pero también tiempos bastante buenos, como cuando estaba al frente de ellos el rey David.

En la lectura bíblica de hoy hemos escuchado que un profeta, Miqueas, anuncia que vendrá un nuevo David, a saber, un descendiente suyo, que reinará ya no sólo sobre la región de Israel y de Judá sino «hasta los confines de la tierra.»

Fue este profeta también el que dijo que en la ciudad donde nació el primer Rey David, es decir, en Belén, habría de nacer el «Nuevo David,» al cual describe con palabras profundas y misteriosas: «sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad.»

Tal vez nunca podremos saber exactamente cómo entendía Miqueas esas palabras. Los hechos posteriores, sin embargo, mostrarían que ese texto miraba hacia nuestro Rey, Señor y Salvador: Jesucristo.

Gozos

 Desde antiguo los patriarcas
aguardaron tu venida;
hacia ti miran los siglos
esperándote, Mesías.
¡Que no queden en suspenso
nuestros brazos, que te ansían!
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
Fue David un hombre grande
que reinó por muchos días;
en su tiempo los judíos
conocieron paz y dicha.
Pero tiempos aún mejores
anunció una profecía.
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
¿Qué será el rumor de alas
en los cielos que se agitan?
Hace poco se ha sabido
la bellísima noticia:
¡el Arcángel ya le ha hablado,
y ha aceptado ya María!
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
Con el sí de aquella Virgen
pura y pobre, tan sencilla,
ha brillado aquí en la tierra
celestial sabiduría;
que los sabios de este mundo
canten, pues, y bien repitan:
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
El remedio necesario
para nuestra rebeldía,
y la fuente de la gracia
que perdida parecía:
todo viene de tus labios
de tus manos y fatigas.
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
San José ruega en silencio
caminando con María;
van buscando la posada
que parece tan esquiva.
Nuestra casa ya se ha abierto
para darles la acogida:
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
Ya los valles se levantan
ya se abajan las colinas.
Ya la noche va pasando
ya la luz viene de prisa.
Ya la casa se ha llenado:
se ha reunido tu familia.
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!
Con amor, cuanto podemos,
nos unimos a María;
con José ya te imploramos
que no atrases tu venida.
Bien postrados ya nos tienes,
todo aguarda tu visita,
¡Ven, Jesús, te suplicamos,
dale vida a nuestra vida!

Oración a la Santísima Virgen María

Con las palabras que te saludó el Mensajero del Cielo, el Santo Arcángel Gabriel, nosotros te saludamos hoy, María Santísima, y te decimos: «Llena de Gracia.»

Tú eres la muy amada y muy amorosa. En ti Dios escribió su Palabra de Salvación para todos los pueblos, y de tu fe admirable somos deudores todos, porque tu docilidad al Espíritu Santo hizo posible el milagro que no volverán a contemplar los siglos: la Encarnación del Hijo Único de Dios.

Con gran confianza nos acercamos a ti, dulce doncella de Nazareth, y con gran alegría nos unimos a tus sentimientos de ternura en la espera del Nacimiento de Cristo. Eres amable y pura; sencilla y valiente; buena amiga, buena esposa y buena madre. Acepta hoy nuestro ruego, te suplicamos, y conviértete en nuestra guía y maestra en la contemplación del misterio del Niño Dios.

Danos de tu mirada para reconocer y adorar al Dios que se abaja, el Dios que busca a sus ovejas descarriadas, el Dios que se humilla con caridad y nos levanta con misericordia.

Danos de tu fortaleza para seguir los pasos de este Niño Prodigioso, también cuando sus palabras nos parezcan difíciles o cuando tengamos que verle afrentado en la Cruz. Tu ejemplo nos anima y tu plegaria nos fortalece.

¡Ruega por nosotros y junto a nosotros! ¡Llévanos a la obediencia del Evangelio, Santísima Virgen María, Madre del Amor Hermoso!

Tres Avemarías y un Gloria.

Oración a San José

San José, reunidos en oración recordamos tu vida y tu misión, y te saludamos con admiración y profunda gratitud. Hombre de Dios, modelo de virilidad y de liderazgo, heredero humilde y grande de la Casa del Rey David, obrero de la causa del Reino de los Cielos: recíbenos y danos tu abrazo de amigo y de hermano en la fe.

San José, con amor intenso y puro cuidaste de María y de Jesús, los grandes tesoros de Dios Padre en esta tierra. Supiste hacer bien tu tarea; llevaste a buen puerto la barca, guiaste con mano diestra tu hogar y supiste permanecer sencillo y discreto, obediente en todo a la voz interior de tu Dios, a quien amaste y serviste con ardor y generosidad hasta la hora santa de tu muerte.

San José, ¡cuánto nos enseña tu manera de ser esposo y de ser padre! Necesitamos hoy de la delicadeza y la fortaleza de tu alma santa para valorar a la mujer, sea doncella o madre, y para defender la vida humana, especialmente cuando está más amenazada o es menos valorada.

San José, Padre Virginal de Jesucristo, Custodio de la Vida en el Espíritu Santo: ¡ruega por nosotros!

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Oración al Niño Jesús

Jesús, tu Nombre dulce y poderoso, eleva el corazón a la esperanza. ¿Qué no podemos esperar de Dios, que nos ha dado todo en ti? ¿Qué no podemos esperar de ti, que te has dado en sacrificio por nosotros?

Bien oculto en las ropas de la humildad entraste a este mundo y bien desnudo de todo orgullo saliste de él.

Así nos vestiste con tus virtudes y nos desvestiste de nuestras miserias. Nos diste tu carne limpia de niño y aceptaste las llagas pavorosas de nuestro antiguo pecado.

¡Niño Dios, hermoso sobre toda hermosura! ¡Niño Dios, espejo limpísimo del amor del Padre por la humanidad! ¡Niño Dios, luz de pureza que has llegado en medio de la noche para vencer a fuerza de amores a las espesas tinieblas del egoísmo y la vanidad!

¡Niño Dios, candor incomparable, humildad suprema, adorable Salvador! Niño Dios, ante ti nos postramos de buen grado, siguiendo el ejemplo de los pastores humildes y de los sabios venidos de Oriente.

¡Niño del pesebre! ¡Cuántas lecciones nos das sin decir una palabra! En tu silencio eres Maestro, y en la impotencia de tu pobre cuna eres más fuerte que todos nosotros.

Padeces frío pero traes el fuego; lloras pero brindas consuelo; callas pero enseñas a los sabios; sufres pero en ti reside toda alegría y todo gozo.

Jesús Niño, con amor te suplicamos por todos los niños y niñas del mundo, especialmente por los que no pudieron nacer.

Tú que bien sabes de pobreza, migración forzosa y exclusión social, compadécete de los niños y niñas que viven tu drama cada día, tal vez sin conocerte ni poder saludarte. Inspíranos también las palabras y acciones que defiendan la vida humana de camino en esta tierra y de cara a la bienaventuranza eterna.

Tu rostro, Jesús, que una vez ofendimos, ahora debe ser contemplado con indecible gratitud; tu palabra, que una vez rechazamos, ahora debe ser atendida y puesta por obra; tu Corazón, que una vez lastimamos, ahora debe ser rodeado de amor y alegría, de adoración perfecta y rendida obediencia.

Jesús: grandes y sin medida son los méritos de tu infancia. Por ellos te suplicamos nuestra propia conversión así como la propagación del Evangelio a todo lo creado. ¡Que la Buena Noticia de la Navidad alcance a todos porque tú quieres que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad! Tú vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Publicado originalmente en el sitio www.fraynelson.com

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