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Misioneras de la Caridad: lugar donde se aprende a vivir

© DR
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Voluntarios construyen su vida acompañando a seropositivos y ancianos

Son las ocho y media de la mañana del sábado. Un grupo de voluntarios patea el suelo para quitarse el frío al tiempo que reza una oración para preparar el servicio. Otros salen tras pasar la noche atentos a las necesidades de los residentes, también para que no se quemen con sus cigarrillos en la cama. El lugar: el alojamiento de las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta de Madrid.
 
Se saludan los integrantes de ambos grupos. A veces basta con un “¡adiós!” o “hasta otra”. Los que esperaban, entran al ver a Basilio, uno de los “ángeles guardianes” del recinto, donde están los enfermos del SIDA. Bajo la indicación de una hermana, unos voluntarios se aprestan a levantar a los residentes mientras que otros bajan a la dependencia de los sin techo, mayormente ancianos, para bañarles y vestirles. 
 
Los que se han quedado en la casa de los seropositivos, empiezan a embutirse en batas blancas y guantes de latex, por seguridad para los enfermos y para ellos mismos. Las chicas tienen la misión de limpiar cristales, barrer, hacer las camas y fregar el suelo. Los chicos, muchos ya maduros, comienzan saludando a los residentes levantados pitillo en mano, que son los que tienen cierta autonomía. “¿Que tal has dormido, Antonio?”: “Bien”, contesta el aludido. En una de las habitaciones, se oyen “buenos días” por doquier y las muestras de afecto de quienes se conocen desde hace tiempo. Jesús, “Madriles”, Philips, Juan, Paco… se preparan para una nueva jornada en este casa de una familia muy especial, pero familia al fin y al cabo.
 
Una de las misioneras prepara la ración de metadona para algunos de los residentes, también las pastillas que cada uno toma diariamente (en casos, superan las cinco) y varios de los llegados colocan la mesa para el desayuno. Cada residente tiene su sitio, los voluntarios deberán maniobrar con las sillas de ruedas en ese familiar circuito improvisado. Paco sigue voceando en el dormitorio, que comparte con otros siete, mientras que Basilio le limpia las defecaciones nocturnas. Basilio siempre se ocupa de Paco en primer lugar, tras asistir a Misa diaria. Padeció la enfermedad y se curó –cuenta- en Lourdes. Está agradecido a las hermanas que le cuidaron cuando vivía aquí y por eso sigue pegado diariamente a este lugar donde encontró la razón de su vida. Desde su barrio, en la otra punta de Madrid, llega a los 8 de la mañana para participar de la Eucaristía y acabará su tarea pasadas las ocho de la noche. Una horas más tarde llega a su barrio, donde comparte piso con un amigo, alquilado a un precio fraternal por otro voluntario. 
 
Orden necesario
 
Paulatinamente, van aseando a los residentes: ducha o lavado de cuerpo en posición tumbada, según la autonomía del residente. La ropa se titula con sus respectivos nombres, así como sus esponjas y utensilios para realizar la micción nocturna. Todo ordenado en esta casa de humo espeso –casi todos son fumadores- de casi 20 personas, todos hombres, que atienden a un horario completo de comidas y actividades varias. Dos o tres monjas, según las disponibilidades de las misioneras, y unas cuantas novicias de todas las partes del mundo dedican su tiempo aquí. Se oye un “Adeu” en catalán de una de ellas, dirigido a Juan. Éste sonríe y reconoce a su paisana Ana, ingeniera industrial que ha dejado todo por seguir a Cristo en esta vocación. 
 
Juan llegó hace varios años a este alojamiento de Madrid, cercano al estadio de fútbol del Atlético de Madrid. Vino recomendado por el sacerdote de su parroquia de Barcelona, porque en casa no le podían atender. El SIDA le enganchó por el sexo, reconoce. Alguna vez le gana la partida su lado oscuro y ennegrece su esperanza. “¡Basta!”, dice. Cuenta cómo tuvo su proceso de aceptación de la enfermedad, que le ha sentado en silla de ruedas y le afectó a su visión. En él vence ahora lo que tiene y no lo que falta: la acogida y el cariño de las misioneras y de sus compañeros. Con un SMS a Rafa, manda un abrazo a quien compartió con él muchas “charletas” con humo y que decidió marcharse para vivir “a su aire”, subraya nostálgicamente Juan, mientras espera con fruición la llegada quincenal de su familia. Vienen desplazados de las Baleares, Murcia y Barcelona. Se le nota que quedan pocos días para el encuentro.
 
Voluntarios de mil pelajes
 
Entre los voluntarios, muchos y variados modos de engarzar con este lugar de amor. Manoli y su novio, ambos enfermeros de la UVI, del Gregorio Marañón; Antonio e Isabel, él, ejecutivo de Indra; ella, profesora. Tienen dos hijos acogidos. Acogidos también fueron los paraguayos Mauricio y su madre por miembros de un movimiento católico italiano. “Vivimos en familia”, afirma con sonrisa agradecida. A Nicolás, maquinilla en mano, le hacen cola los residentes para afeitarse. Trabaja en una ong y dedica las mañanas de los sábados para visitar a “sus chicos”.
 
De los sábados y algunos domingos, ha sido habitual hasta hace unos meses Juan. Es cocinero, y de los buenos, lo que le ha llevado a dejarles sin sus apetitosos menús durante algunos meses por sus compromisos profesionales. Juan anuncia su pronta vuelta. 
 
El seminario de Madrid es un buen semillero de candidatos. Algunos alumnos se descuelgan desde los altos de la atalaya del barrio de san Francisco el Grande para colaborar en la casa de las Misioneras. Con un horario en varias dependencias de la casa, ellas ordenan las actividades cotidianas y, por otro lado, tratan de organizar la venida de los voluntarios para cubrir semanalmente el horario diario. Como en ocasiones, llegan más de los previstos, los recolocan en otros lugares de la casa.
 
Tras dejar las dependencias en orden, voluntarios y residentes de la casa del SIDA se sientan en el comedor para escuchar la charla de Berna, uno de los sacerdotes que viene con el grupo de los que empezaban la mañana pateando el suelo, quien comenta el Evangelio y atiende las preguntas de todos.
 
Concluyen, así, unas horas de chispazos de vida para unos y otros, de cómo se engarzan con la experiencia propia, que palpa el hecho de que uno sale más contento de cómo ha entrado en la casa de las Misioneras de la Madre Teresa.
 
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