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No existe un solo hombre que no tenga hambre de Dios

© djgis/SHUTTERSTOCK

Centro de Estudios Católicos - publicado el 13/12/13

La fe no busca llenar las fisuras que la filosofía o la ciencia dejan sin respuesta: es mucho más que eso

Cuando el ser humano anduvo sus primeros pasos, cuando empleó la razón y la conciencia, pero, particularmente, cuando poseyó la capacidad de articular la idea de Dios, todo lo imprecisamente que se quiera, “pasó el Rubicón de la hominización”. Aquellas nacientes palabras balbuceadas sobre lo divino dejaron entrever el íntimo sentido religioso de la persona, aquel “deseo de Dios que está inscrito en el corazón del hombre”, el anhelo más profundo de su ser.

El hambre de Dios, la sed de infinito que pertenece “a la misma naturaleza del hombre, más aún a su esencia”, le ayudó a superar la oscuridad, percibiendo un rastro que le remite a lo trascendente, haciéndolo capaz de atisbar “el misterio último de la realidad, valor supremo cuya consideración es la más alta tarea humana”. “Fundar una religión consiste precisamente en dar un rostro al misterio”, afirmaba Miguel Benzo. De allí que intentó delinear, de plasmar esta hambre construyendo templos, labrando símbolos sacrales, elevando plegarias, o componiendo legendarios relatos sagrados.

Los profundos interrogantes remitieron a la persona hacia la exploración de su interior, con el “ojo del alma”. Como ser humano abierto a una perspectiva de encuentro, quizá reflexionó en aquello que San Agustín pronunció más tarde: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.  Pues existe “un lenguaje de las cosas creadas (…) que remite a la persona humana a Dios Padre, nuestro Creador”.

El Obispo de Hipona aportó una intuición esencial: la respuesta a las preguntas fundamentales enciende en la persona el impulso a religarse, elevándose hacia los horizontes donde habitan todas las perfecciones añoradas por el ser humano. Esta capacidad de reflexionar por encima de lo concreto y cotidiano le muestra una vocación sobrenatural que le ayuda a responder “a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios”.

El hambre de infinitud anima al hombre a avanzar más allá de las sabias reflexiones, buscando mitigar la experiencia de fugacidad existencial. André Frossard ha escrito que el origen del dolor y de la muerte son “las piedras en la que tropiezan todas las sabidurías y todas las religiones”. Incontables hombres y mujeres, indagadores pretéritos, expresaron el agotamiento de los que han buscado, estrellándose contra un muro de silencio y confusión. Infinitos exploradores han exclamado con el corazón humilde: “Estoy cansado, ¡oh Dios!, estoy agotado. Soy el más ignorante de los hombres, no tengo inteligencia de hombre. No he aprendido la sabiduría”.

El explorador puede abrir su inteligencia y sus sentidos a la verdad que lo rodea. ¡Ojalá hablara el Infinito!, exclaman quienes andan buscando. ¡Ojalá Dios mismo develase la razón de nuestra existencia, tan magnífica y dolorosa a un tiempo! Por eso tienen que indagar con los ojos de la razón, pero también con la mirada de la fe, respondiendo a su dimensión teologal. Ciertamente, como afirmaba el Cardenal Ratzinger “la fe no significa la resignación de la razón ante los límites del conocimiento; no constituye un retroceso en pos de lo irracional”.

Subsiste el mito de que en la medida en que avanzan los conocimientos científicos, las personas se vuelven menos creyentes porque reemplazan la fe con las certezas científicas. Se trata de las antiguas hipótesis de pensadores como Ludwig Feuerbach o Augusto Comte, para quienes la búsqueda religiosa se sustentaba en la ignorancia humana. Por lo contrario, infinidad de personas sabias se nutren de sus creencias religiosas. Pues no estamos ante una fe que busca llenar las fisuras que la filosofía o la ciencia dejan sin respuesta.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “todo hombre por el hecho de ser creado por Dios, tiene hambre de Dios; no existe ser humano que no lo tenga”. El hombre es limitado porque algo le falta; experimenta el vacío de la contingencia que nada en la tierra puede serenar plenamente. Le incomoda la imposibilidad de realizar y desplegar todo lo que desearía. Como persona humana vive esta experiencia con particular intensidad. También aquello que añora: la relación con Dios.

El hambre de Dios tiene como correlato el anhelo de encuentro, que conduce al hombre a la búsqueda de la felicidad, que da sentido a su existencia. En la historia es Dios quien ha salido al encuentro de la persona. Antes de permanecer oculto, Dios habla en la naturaleza, y en las semillas del Verbo; pero particularmente a través del diálogo personal con el Pueblo Escogido, coloquio recogido en la Sagrada Escritura.

Ha sido Dios quien ha recorrido las imperecederas distancias que separan al ser humano de las alturas celestiales. Se trata de un Dios omnipotente que se encarna, que sale al encuentro del hombre, haciéndose hombre. En el misterio de la Encarnación, el Señor Jesús asume la humanidad, mostrándole al hombre el camino para ser verdaderamente hombre, al tiempo que lo redime. Traza puentes entre Dios y la humanidad, reconciliándola en todas sus dimensiones. Muere de una muerte ignominiosa en orden a que los seres humanos tengan vida, y la tengan en abundancia. Transitando la senda kenótico-ascencional se hunde hasta lo más bajo, para librar al hombre del pecado. Arrastra a muchos hacia la plenitud, donde pueden saciar su hambre de infinito.

¿Cómo desentrañar la oscuridad en el caminar humano? Dios, que es desde el principio, que es luz, y en quien no habita tiniebla alguna, se ha manifestado para gozo y salvación de las personas. El Hijo, Jesucristo anuncia la vida eterna haciéndose persona. Quien conoce al Señor Jesús descubre algo del modo de Dios para ver las cosas. El encuentro con Jesús de Nazaret  revela al “Hijo del Hombre”, una persona, un camino seguro que guía a Dios: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado (…) La gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo”.

Por experiencia propia conocemos las dificultades para acercarnos al ideal señalado por el Señor Jesús. Es común que el hombre construya “barreras de pecado” que le impiden alcanzar su mismidad y percibir su hambre de comunión. El pecado constituye un impedimento para entender el anhelo interior correctamente.

El hombre, abierto a la dimensión religiosa, consciente también de su transitoriedad inherente, indagó sobre el “salvador”. “El Señor es la respuesta. Respuesta harto desconcertante. El mismo Hijo de Dios desciende a nuestra miseria (…) Así ha amado Dios al mundo”.

Quien aprende a conocer con la fe al Señor Jesús, tanto en la mente, en el corazón, como en la acción, descubre la visión de Dios en las cosas. Se abre a una dimensión donde reina el amor sublime; amor que alegra el espíritu. “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado”, exclama San Juan de la Cruz.

Aquello que Jesucristo aporta con su vida y sacrificio es precisamente la senda para “decodificar” el camino preciso a la plena realización y salvación, para sustentar el encuentro plenificante con Dios. El Señor es la meta de nuestra búsqueda.

© 2013 – Alfredo Garland Artículo publicado originalmente por Centro de Estudios Católicos

Tags:
religiosidad popularser humano
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