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¡Alegría!

© CroMary

Carlos Padilla Esteban - publicado el 13/12/13

"¿Eres Tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?"

Todos soñamos con una vida plena, alegre, lograda. Soñamos con la meta, con una vida llena de luz y sin sombras. Queremos ser felices y vivir en paz. Pero la alegría que hoy celebramos no es la de la Navidad, ni la alegría de la Pascua, que tienen que ver con la presencia definitiva, con contemplar y tocar, con la llegada, con el encuentro para siempre. No, la alegría de hoy es incompleta, tal vez como lo es esa felicidad que degustaremos en nuestra vida mortal. Por eso me gusta tanto este domingo que nos habla de la alegría en medio del camino hacia Belén.

Es la alegría de la espera, de acercarse, de creer sin ver, sin tener todo controlado, pero confiando, como los niños. Es una alegría imperfecta que se nos regala caminando, siguiendo la estrella. Es una alegría cotidiana.

Es verdad que la alegría de la llegada llena el corazón, lo colma, porque nos habla de una realidad eterna e infinita, porque allí uno ya descansará para siempre. Pero hay una alegría en vivir el camino que tiene que ver con la esperanza, con lo más humano que hay en nosotros. Con el deseo y la espera, con el querer retener y el dejar pasar. Con la posibilidad que siempre tenemos de aprovechar el presente o perderlo preocupados por una perfección que no llega.

Siempre pienso en el camino de Santiago al llegar a este domingo. Desde el monte del gozo vemos el contorno de las torres de la catedral. Estamos felices, esperanzados, ya llegamos. De la misma manera vislumbramos hoy el pesebre, la ciudad de Belén, las cuevas y vemos a lo lejos a los pastores cuidando sus rebaños. Vemos a María y a José en el camino, con su mula. Y a lo lejos el buey y algunas puertas cerradas. Todo está preparado, todo pronto llega.

Hoy la alegría que celebramos es esa alegría del camino. José y María, de camino a Belén. Compartirían sus preocupaciones, su incertidumbre, sus sueños. Compartirían momentos de descanso y de intimidad. Compartirían palabras y silencios.

Se alegrarían de compartir la esperanza de la llegada de Jesús, se alegrarían de poderse cuidar mutuamente, de poderse animar y rezar juntos pidiendo fuerzas. Se alegrarían en su corazón recordando cada uno las palabras del ángel que les dijo que eran elegidos, que Dios se había fijado en ellos. Se alegraría cada uno por el otro. Por estar juntos.

¡Cuánta alegría habría en ese camino desde Nazaret a Belén! Sin saber muy bien cómo sería el nacimiento, sin saber si iban a ser capaces, sin entender qué les pediría Dios después, al día siguiente, en la siguiente etapa.

Es la de hoy una alegría todavía no completa, como esa alegría oculta en cada etapa del camino, en cada paso. Es la alegría de caminar hacia algún sitio, sabiendo que nuestros pasos tienen un sentido. Es la alegría de vivir el momento, de disfrutar de ese instante concreto, de la montaña o de la llanura, de la cuesta, del bosque, o de un paisaje más seco.

El otro día leía: «La receta de la felicidad consiste en saber disfrutar los instantes». Es la alegría cotidiana, la que tenemos que cultivar y cuidar cada mañana. La alegría que no depende tanto de los éxitos, de los logros, de alcanzar la satisfacción de nuestros deseos.

Lo sabemos, satisfacer los deseos trae una felicidad pasajera, incompleta, que nos deja un regusto amargo y de vacío cuando pasa. Entonces debe ser que la alegría no consiste en lograr todo lo que nos proponemos.

No. La alegría cotidiana es otra cosa como nos explica el Padre Kentenich: «Es la fuerte conciencia de la conformidad con la voluntad divina. Debemos esmerarnos en la educación a la alegría. También en la dura persecución»[1].

Consiste en estar felices en los momentos buenos y en los malos, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad. ¿Es posible? El corazón tiembla al pensar en la cruz. La alegría cotidiana crece en la dificultad y en el dolor. Es una alegría serena, que sabe confiar y abandonarse.

El Padre Kentenich pone como modelo a María: «En el sufrimiento estuvo fundada en Dios, gozó de la alegría cotidiana. Ella supo decir con toda claridad y nitidez: -Hágase en mí según tu palabra. En esa “esclava del Señor” reside para Ella la fuente de su alegría también en el más profundo sufrimiento. “Dependo absolutamente de Dios. Él tiene derechos de soberanía absoluta sobre mí”. Si tuviéramos esa conciencia de criaturas estaríamos siempre cobijados en el agrado de Dios»[2].

A veces nos parece una alegría inalcanzable. Esa alegría de los santos, de aquellos que están en otro nivel. ¿Es realmente inalcanzable? A veces dudamos. Cuando todo nos va bien en la vida estamos alegres. Cuando algo se tuerce nos ponemos tristes. ¿Es posible que esa alegría cotidiana perdure?

Con humildad tenemos que confesar que muchas veces no permanecemos alegres. La tristeza nos invade. Una nostalgia de paraíso. El deseo de querer que el amor sea eterno y siempre perfecto.

Pero es verdad que el camino da sentido al cansancio porque sabemos que vamos hacia algún sitio. La meta, los grandes ideales, son los que ensanchan el alma y no nos dejan conformarnos con lo que tenemos. Siempre podemos seguir caminando, hacer una etapa más, dar algo más. Aunque el horizonte sea oscuro, vendrá la luz en algún momento.

La alegría de la espera en cada momento, el tener el corazón abierto a lo que ese día Dios quiera regalarnos. La alegría de soñar con la meta pero disfrutando la etapa, aunque esa etapa esté teñida de dolor. La alegría de ir con alguien compartiendo el cansancio y la esperanza, el dolor y la nostalgia. La incertidumbre, la aventura, la ilusión de acercarse.

Es como en Emaús. Jesús está en el hogar de Emaús, en la fracción del pan, pero también caminó con ellos cuando iban derrotados, se hizo el encontradizo, se ajustó a su paso y ardió su corazón en medio del camino mientras les hablaba.
Es la alegría del sí sencillo y confiado, dado en el camino, confiando siempre. El sí del abandono en el corazón de Dios, en el hueco de su mano. Es la alegría de caminar sin tenerlo todo controlado. Con el alma abierta a lo que Dios quiera regalarnos. Con el corazón anhelando la plenitud y disfrutando el hoy como un regalo.

Hacemos cursos de autoayuda para encontrarnos mejor con nosotros mismos, más alegres y en paz. Intentamos que nos digan cómo disponer el orden de las cosas en nuestra casa, para encontrar nuestro centro. Nos dan pautas para manejar mejor las emociones y esos pensamientos que nos quitan la paz. Nos ayudan a llevar mejor nuestras relaciones, esa tarea tan fascinante y a veces tan difícil.

Quisiéramos que todo estuviera siempre en armonía y nos indignamos cuando las cosas no resultan perfectas. Queremos esa paz de «Nirvana», que no es una paz cristiana, porque en ella nos desentendemos de nuestro mundo, de aquellos que descansan en nosotros para buscar paz interior. Nos aislamos y nos alejamos de los que puedan perturbar nuestra tranquilidad.

La persona que experimenta el «Nirvana» se compara con un fuego apagado. Sin vida, sin esperanza. Definitivamente no es la paz que trae Cristo. Él vino a encender un fuego en nuestros corazones y en ese fuego quiere que descansemos en su pecho.
Pero lo cierto es que nos gustaría poder sonreír siempre, porque significaría que estamos alegres y llenos. Un adagio árabe nos recuerda algo esencial: «No es la felicidad la que te hace sonreír, es sonreír lo que te hace feliz». Tal vez entonces el camino para ser felices no es empeñarnos en estar felices a toda costa, sino más bien en hacer felices a los otros sonriendo.

La felicidad consiste en hacer felices a los que nos rodean, a los que Dios nos ha confiado. En un principio no nos parece muy difícil. La teoría parece clara. Pero luego, cuando el hacer felices a otros supone una renuncia, nos preguntamos si tiene tanto sentido. Sufrimos, renunciamos, vencemos nuestro orgullo y nuestros planes, dejamos de hacer lo que el corazón nos pide. ¿Es ése el camino para ser felices? Nos dicen que, haciéndolo así, seremos más felices. Pero la vida cuesta y esa renuncia duele en el alma.

Para emprender ese camino es necesario aceptar que sólo si amamos bien podemos hacer felices a quienes amamos. Sólo si nos amamos bien a nosotros mismos podremos amar a otros. Y sólo si amamos con madurez, con altura, podremos dar a otros la felicidad anhelada.

Eso sí, para amar bien es necesario aprender a renunciar, a dejar lo nuestro por ayudar a otros, a hacer que lo que para otros es importante también lo sea para nosotros. Disfrutar con lo que alegra al que está a nuestro lado, sin preocuparnos tanto, a veces de forma obsesiva, por nuestro espacio personal, por la satisfacción de nuestros gustos y deseos. Es un cambio de mirada, una forma diferente de caminar.

La pregunta es si nosotros somos capaces de renunciar y ponernos en un segundo plano, de alegrarnos cuando los otros pueden hacer su camino y encontrar su felicidad. Una mujer le decía un día a su marido: «Creo que todo lo que te quiero me va a abrir las puertas del cielo». Y ese amor pasaba por la renuncia, por el respeto, por la admiración.

Es cierto, el amor abre las puertas del paraíso. El amor verdadero, el amor limpio, el amor más grande. El amor que busca la felicidad de la persona amada. Entonces, como hoy escuchamos, podremos decir: «El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Verán la gloria del Señor, la belleza de Dios».

La tierra se alegra con la Gloria de Dios y su gloria es su amor. El amor humano nos acerca al amor de Dios. El amor que entregamos con renuncias es camino para llegar al cielo.

La alegría verdadera es profunda, honda y firme. No es una felicidad pasajera o caduca. Es la alegría evangélica que nadie nos podrá quitar. No es esa alegría que los demás pueden robarnos con sus juicios y actitudes. Ni tampoco es esa alegría que depende de cómo resulten las cosas. Es más verdadera, es más auténtica.

La alegría que nos da el mundo acaba pasando, porque no dura eternamente. ¿Dónde buscamos la felicidad? ¿Dónde están las fuentes de nuestra alegría? ¿Cómo profundizamos en el alma para descubrir lo que de verdad nos hace felices?

A veces nos empeñamos en que nuestros proyectos de vida se hagan realidad. Nuestros planes, nuestros deseos. Tenemos una larga lista de deseos y no descansamos hasta que se van cumpliendo y los vamos borrando. Los deseos parecen ir encaminados a comprar la felicidad. Como esa moneda de cambio con la que conseguimos lo deseado. Los realizamos y, entonces, somos más felices.

Pero esa felicidad tiene que ver con la satisfacción y dura poco. Nos llenamos, estamos satisfechos, parece que nuestra vida es lograda. Los placeres parecen llenar y dar sentido a nuestra vida. Cada vez deseamos más, más en profundidad, el anhelo de infinito no se apaga.

En ocasiones pensamos como piensa el mundo: «El dinero no da la felicidad, pero, ¡cuánto ayuda!». Pero luego, cuando la vida no nos resulta, cuando llega la cruz y toca nuestra vida, cuando los proyectos se frustran y el propio camino no parece ser causa de felicidad, nos hundimos.

Nuestra felicidad tiene raíces poco profundas. Apenas florece y muere. No hay hondura. No hemos profundizado en el alma. Es una felicidad a flor de piel. No resiste las pruebas.

Por eso hoy nos preguntamos sobre las verdaderas fuentes de nuestra felicidad. ¿Dónde bebemos? ¿En qué fuentes buscamos esa paz tan anhelada? Se trata de anhelar esa alegría de vivir plenamente cada momento. De vivir a fondo el paso en el que estoy, de disfrutar de las cosas pequeñas. De alegrarme de las cosas sencillas. De volver a ser niño y asombrarme del misterio de la vida. De saber ver que la vida es bella, que merece la pena vivirla a fondo.

A veces estamos tan pendientes del pasado, o de asegurarnos el futuro, o de las cosas que tenemos que hacer, que no sabemos disfrutar el hoy.

Creo que la alegría tiene que ver mucho con el agradecimiento. Con tener un corazón que sepa ver la vida como un regalo y no como un deber. Con no dar por evidente las cosas buenas. Con saber parar un momento y simplemente estar, sin hacer nada, contemplar, disfrutar de algo. Perder el tiempo fuera de la agenda, sin que importe. Regalarlo aunque no sea lo más eficaz. Alegrarme con lo que hago y no estar siempre pensando en cómo deberían cambiar las cosas para ser más feliz.

Es importante mantener la ilusión. La ilusión hace que el corazón permanezca limpio. La ilusión por hacer cosas nuevas, por hacer algo que nos gusta, por vivir como nuevo lo viejo. Consiste en volver a empezar aunque hayamos tropezado. Andar el mismo camino de siempre, pero con ojos nuevos, no envejecidos. Sin aburguesarnos, ni acostumbrarnos.

¿Qué cosas me ilusionan? ¿Soy capaz de ilusionarme con mi día cada mañana? Esa capacidad de asombrarnos ante la nieve, ante el Belén, ante las personas que amamos. A veces creemos que lo sabemos todo y perdemos la sabiduría de los niños, que siempre quieren aprender más. Es importante pedirle a Dios la capacidad de sorprendernos, de mirar de forma nueva a los demás y a nosotros mismos. De aprender a vivir cada día.

La alegría verdadera es contagiosa. Porque el bien es difusivo, incontenible, se expande. La persona que es alegre, que está feliz, lo transmite por todos sus poros.

Decía el Papa Francisco en la exhortación «Evangelii Gaudium»: «Un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor». Es la alegría del que ha encontrado un sentido a su vida.

Aunque a veces no es fácil, como nos lo recuerda el Papa Francisco: «Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua». Caras largas, una alegría reprimida, una tristeza aparente. Si el cristiano no es alegre no es cristiano. Porque la alegría del cristiano está anclada en Dios, en Él descansa.

Dice el Papa Francisco: «Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo».

La certeza de ser amados nos sostiene en el camino. Nos salva de la tristeza provocada por el dolor y la pérdida. Porque es verdad que no siempre encontramos la paz soñada. Las preocupaciones de la vida, las desgracias y cruces, los desgarros y los momentos de dificultad, influyen en nosotros y borran nuestra sonrisa.

Así hablaba Teilhard de Chardin de la verdadera alegría: «No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Quiere lo que Dios quiere. Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades el sacrificio de tu alma sencilla, que pese a todo acepta los designios de su Providencia. Poco importa que te consideres frustrado o fracasado si Dios te considera plenamente realizado, a su gusto. Piérdete confiado ciegamente en ese Dios que te quiere para sí. Y que llegará hasta ti, aunque jamás lo veas. Piensa que estás en sus manos, tanto más fuertemente cogido, cuanto más decaído y triste te encuentres. Por eso vive feliz. Vive en paz. Que nada te altere. Que nada sea capaz de quitarte tu paz. Ni las calamidades, ni la fatiga, ni tus fallos morales. Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro, una dulce sonrisa, reflejo de la que el Señor continuamente te dirige. Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada, como fuente de energía y criterio de verdad, todo aquello que te llene de la paz de Dios».

Una alegría no fundada en los bienes pasajeros sino en los eternos. El amor, cuando experimenta el fracaso sufre. Y ese sufrimiento parece quitarnos la sonrisa y la paz. Sólo la confianza en ese Dios que nos ama nos sostiene. Estamos en sus manos, somos sus hijos queridos, Él nos conforta, nos guarda, nos lleva en su pecho, para siempre.

La alegría verdadera nos convierte en causa de alegría para otros. Cuando nuestra felicidad consiste en hacer felices a otros cambia nuestra forma de mirar la vida. Sólo descansamos cuando los otros son felices, más felices, más plenos. Es la alegría de dar la vida, sin esperar nada.

¿Somos causa de alegría para otros? ¿Se alegran los demás cuando están a nuestro lado? La vida consiste en ser causa de alegría para otros. Crear buen ambiente. Incluso en medio del trabajo cotidiano, de la rutina.

Todos buscamos a las personas con las que el corazón se expande, personas que nos ayudan a tomarnos menos en serio y disfrutar de la vida. ¡Qué valioso es el sentido del humor! Tenemos que aprender a sonreír más y a hacer reír a otros.

¿Qué cosas me hacen reír? ¿A quién hago reír? ¿Hace cuánto que no me río a carcajadas? Creo que a Dios le gusta que nos riamos con Él, a carcajadas. Que le comentemos las cosas cómicas de nuestra vida. Rezar con humor. Eso nos pone en nuestro lugar, nos ayuda a no darnos tanta importancia. Dios se sonríe con nuestras torpezas y se conmueve con ellas.

Creo que Jesús se reiría mucho. Tendría la sonrisa abierta, transparente, de niño. Tendría complicidad con los más cercanos, cosas que sólo ellos entendían y los unían de alguna forma. La complicidad en gestos y en anécdotas une mucho.

Hay personas que iluminan el día sólo con verles sonreír. Otros que están siempre serios, parece que llevan el mundo sobre sus hombros, y su seriedad nos contagia. A veces nosotros mismos dejamos de sonreír y nos tomamos demasiado en serio.

Hoy queremos dar gracias por esas personas que nos descargan, que hacen que nos liberemos de pesos. Que cuando cometemos un error nos dicen que no pasa nada y nos cuentan sus errores para que veamos que todos somos humanos. Personas que, con solo pensar en ellas, ya nos dan alegría. Son un regalo en nuestra vida.

Conozco algunos que son capaces de sonreír aunque lo estén pasando mal, sólo para que el otro no se preocupe. Por amor. Es el amor delicado, el olvidarse completamente de uno. Así sería María con José y José con María en ese camino hacia Belén.

Creo que el humor es importante, no perder la capacidad de jugar, interesarnos por cosas grandes pero también con las pequeñas de cada día. Esas cosas que no son tan profundas y trascendentes, pero que forman parte de la vida.

Tener detalles con otros, sorprenderles, ponernos en el lugar del otro y adelantarnos, no sólo a las cosas que necesita, sino a las que le hacen ilusión. A las importantes y a las más tontas. Tener sensibilidad para tener detalles que alegren de forma sencilla el día de los que me rodean, de responder a lo que les hace ilusión en su corazón aunque no sea demasiado serio, ni demasiado necesario. Ser reposo para los que están tristes. Cumplir sueños de otros.

A veces hemos conocido personas que nos traen a Dios. En sus ojos, en su manera de hablar y reconocerse pequeños, en su forma de ver el sentido de las cosas. ¡Cuánto bien nos hacen! ¡Cuánto bien podemos hacer nosotros cuando alegramos a otros y les hacemos la vida más fácil, más alegre, más divertida! Cuando mostramos horizontes amplios y, con nuestra misericordia, acogemos su dolor sin reproches ni quejas.

La pregunta que hoy nos acompaña es una pregunta verdadera: ¿A quién estamos esperando? ¿Qué esperamos? Todos esperamos algo o a alguien cada día. A veces lo hacemos con ilusión, en otras ocasiones ni lo pensamos.

Juan Bautista estaba en la cárcel. Toda su vida había consistido en esperar al Mesías. Hasta el día en que lo pudo señalar en el río Jordán y les hizo ver a los suyos quién era el Cordero verdadero.

Su búsqueda inquieta en el desierto, sus luces y sombras, sus miedos. Esperaba con paciencia al que había de venir y, cuando vino, lo señaló entre los hombres. Es el mismo Juan que saltó en el seno de su madre al sentir la proximidad del Señor. Vibró con Él, saltó de alegría, se llenó de gozo, se supo amado.

Es la alegría del encuentro más esperado. Juan tuvo que ser paciente. Las cosas que nos exigen esfuerzo las valoramos más que aquellas que recibimos gratuitamente. Juan esperó confiado, aguardó el momento. «Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor», nos recuerda el apóstol Santiago. Es la paciencia en la espera.

¡Qué poca paciencia tenemos cuando no obtenemos lo buscado! Queremos que todo sea rápido, que ocurra aquí y ahora. Nos molesta la demora. La paciencia escasea. Y cuando se la pedimos a Dios, Él nos suele dar momentos para practicarla.

Y cuando por fin Juan encontró al Maestro, se quedó oculto entre los hombres mientras sus discípulos seguían sus pasos. Él no lo hizo. Permaneció oculto, siguió su voz sonando en el desierto, pidiendo la conversión. Hasta que su lucha por la verdad lo llevó a la cárcel.

Sin embargo, no por ello su vida carecía de sentido. ¿Qué es el fracaso al fin y al cabo? Sucede cuando nuestros sueños no se hacen realidad, cuando nuestra vida y misión no parecen tener el éxito esperado, cuando la vida, a nuestros ojos y a los ojos del mundo, no parece una vida lograda.

Pero, ¿cuándo podemos entonces decir de una vida que ha fracasado? Tal vez nunca. Puede que a los ojos de los hombres sí, pero no a los de Dios. Nosotros nos frustramos muchas veces y pensamos que lo hemos perdido todo, pero Dios no lo ve así.

¿De qué vale ganar el mundo entero si perdemos la vida? Sí, no vale de nada. Muchas veces nos afanamos por ganar el mundo entero.

Juan representa valores hoy olvidados. Es un buscador enamorado de Dios, apasionado. Buscó en el desierto su camino, descifró las señales siguiendo el deseo de Dios, esperó con paciencia. Su vida tenía sentido mirando a otro. La alegría brotaba en su alma en la cercanía de otro. Esperó con ánimo, preparando el alma.

Juan es la figura preclara del Adviento. Es la espera concreta. Es la paciencia hecha carne. ¡Cuánto nos cuesta ponernos a buscar! Esperar con paciencia, alegres y expectantes. Así es el Adviento, así debería ser nuestra vida. Tenemos tanto que aprender de Juan

Juan señala a Cristo, porque Cristo es el importante y no Juan. De vez en cuando me encuentro con personas bastante autorreferentes. Generalmente no te preguntan cómo estás, ni qué haces, simplemente te hablan de lo que ellas hacen.

Normalmente uno se lo toma con humor, resulta gracioso. No lo hacen con mala voluntad, más bien porque están acostumbradas a que todos les pregunten qué hacen y por eso cuentan, antes de que llegue la pregunta esperada. Pienso que a esas personas les falta algo de empatía. Pero son felices. Al menos no se percatan de esa tendencia de su alma.

A veces temo que me pueda pasar lo mismo y tampoco yo me dé cuenta de ello. Es un peligro que todos tenemos, el hecho de girar siempre en torno a nosotros mismos. Preocupados por contar al mundo lo que hacemos, nuestros méritos, nuestra historia. Para que nuestra vida parezca lograda, con sentido.

Esta tendencia autorreferente puede volvernos egoístas. Y, en nuestro egoísmo, buscamos lo que nos llena, lo que nos alegra. Podemos así girar de forma obsesiva en torno a lo que nos descansa, a nuestro ocio, a nuestros hábitos lúdicos, y ver la misión sólo como un apéndice de la vida, no como algo que nos identifica.

Decía el Papa Francisco: «Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad».

Cuando esto sucede de forma obsesiva nos volvemos autorreferentes. El yo tiene mucho más peso que el tú, ya no nos importa que la mies sea abundante. Cristo mismo ocupa un lugar menos importante en las prioridades personales. Todo está centrado en nosotros y nos sorprende cuando los demás no nos preguntan nada y no se interesan por lo que hacemos.

¿Quién le preguntó a Juan qué haría con su vida a partir de ese momento? ¿Quién se interesó por su estado de ánimo? ¿Quién lo siguió a él cuando ya estaba el Maestro entre los hombres? ¿Quién lo acompañó cuando estaba en la cárcel y luego lloró su ausencia?

Había estado toda su vida esperando a Jesús y, cuando al fin llega, no puede seguirlo. No sabemos bien por qué. Simplemente sabemos que confía a sus propios discípulos al cuidado del Señor. Lo señala a Él en medio de muchos hombres. Calla y sigue esperando. Juan se niega a sí mismo. No cuenta su cuento, no habla de él, no se busca, simplemente calla y espera. Sabe que él no es el importante. Es Cristo. Y sigue actuando donde Dios lo quiere y como Dios lo quiere.

La actitud de Juan me recuerda esas palabras que repetía tantas veces la Madre Maravillas: «Lo que Dios quiera, cuando Dios lo quiera, como Dios lo quiera». Es la actitud dócil del niño que descansa confiado en las manos de Dios y no teme.
Decía el P. Kentenich: «Un niño más o menos auténtico cree ciegamente en su padre, en toda circunstancia. Transfieran esa fe de niño a la relación con el Padre del cielo»[3]. Juan era un niño enamorado de Dios. Si no fuera así no hubiera podido vivir de esa manera.

Tendemos a buscarnos a veces egoístamente. Buscamos ser amados y recibir. Pero amar sin medida, sin esperar nada, es un milagro.

La vida de Juan nos muestra un ideal encarnado. Un hombre grande, como dice Jesús de él: «Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».

Y al mismo tiempo un hombre humilde, pequeño. Nos gustaría sentirnos capaces de seguir su estela, su camino, su forma de vivir. El ideal de Juan nos deslumbra siempre de nuevo. Como un niño camina y sueña. Espera y se deja guiar.

Y al final de su vida, desde la cárcel, su pregunta nos conmueve.: «En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: – ¿Eres Tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». ¿Llegó a dudar Juan después de ver al Mesías? ¿O su pregunta quiere fortalecer la fe de sus discípulos?

Es más creíble pensar que no dudó. Juan llevaba mucho tiempo esperando al Maestro. Cuando lo vio, creyó en Él. La voz del cielo confirmó su espera. Pero puede ser que los discípulos cercanos sí dudaran. Esperaban una señal, una palabra que los confirmara y les permitiera así seguir a Cristo con una certeza. Por eso pregunta Juan, para animarles.

Y la respuesta de Jesús llega. Jesús no explica, no da certezas, sólo habla de obras de misericordia, con eso basta: «Jesús les respondió: – Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: – Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!». Mateo 11, 2-11.

Jesús habla de obras, no de palabras; de acciones, no de teorías; de amor, no de buenas razones. El amor es el que libera, sana los corazones heridos, levanta a los caídos.

En ocasiones nos gustan las grandes conversiones que nos convenzan. Nos impresiona escuchar la vida de aquellos que han cambiado radicalmente su camino. En esos momentos creemos, porque lo que oímos nos parece espectacular. Pero nos cuesta más alegrarnos y apreciar el crecimiento lento del Reino de Dios. Esos hechos pequeños que pasan desapercibidos, ese crecimiento de la vida imperceptible, lento, profundo.

Dice Isaías: «Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: – Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará». Isaías 35, 1-6a. 10. Es nuestra misión. Hacer presente el Reino de Dios, la misericordia del Dios que llega.

Él viene a salvarnos y su salvación se expresa en signos casi invisibles. No se habla en la noticias de esos pequeños milagros, de esas conversiones lentas y desconocidas. No dan para hacer una película. A veces nos cuesta valorar el milagro de una vida entregada en el silencio, discretamente. Entender que tiene sentido una vida oculta. Que cambiar los pañales es como tocar a Dios. Escuchar a los hijos un milagro. Levantarnos cada mañana y ser fieles en la rutina del trabajo algo digno de admiración.
El amor cotidiano expresado en gestos y palabras es una obra de gran valor. Dios se hace carne en lo cotidiano. Su paz viene a reinar en los corazones de forma silenciosa.


[1] José Kentenich, “Las fuentes de la alegría”, 154
[2] José Kentenich, “Las fuentes de la alegría”, 155
[3] J. Kentenich, “Niños ante Dios”, 451-452

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