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¿Por qué nos secularizamos?

© Alexnika
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Sencillamente, vivimos nuestra vida sin que Dios esté presente en ella

Y me refiero a la secularización entre los propios católicos, en el seno de la Iglesia, porque es evidente que si ésta no se hubiera producido la sociedad europea no hubiera seguido este camino en el transcurso de la historia o al menos no en las proporciones que ha alcanzado. Por consiguiente, el origen del daño está entre nosotros mismos y permanece vivo y actuante, a pesar de las reiteradas respuestas, en muchos casos acertadas. Desde la creación del Opus Dei hasta los ulteriores movimientos eclesiales, implícita o explícitamente, todos ellos han sido respuestas a este problema interno. Al decir esto no estoy menospreciando la fuerza de la dinámica social. Es evidente que no, una y otra vez me refiero y teorizo sobre la sociedad desvinculada (que tiene una ontogénesis cristiana que puede remontarse a San Pablo y San Agustín, y que no es otra que el descubrimiento del valor de la conciencia personal, de la subjetividad. Pero, en la lógica cristiana, esta subjetividad se encuentra delimitada por la relación con Dios, y no fue hasta que tal vínculo fue roto, sobre todo a partir de la Ilustración, que el subjetivismo se desarrolló como un torrente incontenible y arbitrario).

Volviendo al centro de la cuestión, quiero subrayar que lo que nos falla es algo muy elemental y a la vez difícil de conseguir, aquello que buscan los maestros de oración, lo que forma parte de la riqueza común de los grandes Padres de la Iglesia: el vivir y actuar en presencia de Dios. En último término, la quiebra interna, la secularización católica, no es otra cosa que el no vivir lo cotidiano, lo individual y lo colectivo, en presencia de Dios. Cuando las clases en una escuela católica, en una universidad católica, no comienzan con una oración o algún tipo de referencia a Dios, se está diciendo que no existe ningún tipo de diferencia entre este centro y el que puede existir en un régimen laico, incluso en uno ateo. Simplemente, Dios no existe, y no basta con que esté en el enunciado de principios en algún documento celosamente guardado, o en las proclamas oficiales. Dios solo existe en nuestros corazones si se vive cada día, en cada acto cotidiano. No existe un momento para Dios, sino que es toda la vida que está orientada a Él. Y como esto para una conciencia abocada al pecado es duro si no ha sido alimentado previamente el espíritu con la satisfacción que tal presencia comporta, el católico huye de esta necesidad, se engaña a sí mismo, y acaba comportándose también como si Dios no existiera, aunque revista en su caso de oropeles religiosos esta forma de vivir.

Vivir en presencia de Dios tiene muchas consecuencias, pero hay una de ellas que deseo subrayar y que afecta a la vida colectiva. Se trata del surgimiento de la comunión entre las personas. En la medida en que somos capaces de hacer surgir esta comunión, Dios se hace presente; y en la proporción en que ésta es substituida por la nada o por el enfrentamiento, se hace notoria la ausencia de Dios. Y quien dice comunión, que es el estadio superior, dice también construcción de la comunidad, que es el mejor antídoto para la sociedad desvinculada. Construir comunidad con todos aquellos con quienes compartimos una memoria, un proyecto, una vida, comunidad en la escuela, en el trabajo, en la política, donde, incluso entre los opuestos, existe o debería existir un vínculo fuerte que no es otro que la unión forjada por la voluntad de buscar lo mejor para la polis. Se llama amistad civil, y es la virtud que Aristóteles define para el buen gobierno de la ciudad. Podríamos traducirlo, más o menos, por concordia.

Una última reflexión se refiere a que, en nuestro tiempo, la respuesta política y económica hay que buscarla precisamente en la Teología. En un mundo secularizado radicalmente como el nuestro, solo esta forma de pensar, este instrumento intelectual, nos lleva a concebir las respuestas a las necesidades humanas en presencia de Dios, buscando la perspectiva de Dios.


Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos. 
Artículo publicado originalmente por Forum Libertas 

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