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Aleteia Team - publicado el 11/12/13

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Queridos hermanos y hermanas,
Quisiera iniciar la última serie de catequesis sobre nuestra profesión de fe, tratando la afirmación: “Creo en la vida eterna”. En particular, me detengo en el juicio final. Pero no tengáis miedo, escuchad lo que dice la Palabra de Dios. Al respecto, leemos en el evangelio de Mateo: Entonces Cristo “vendrá en su gloria, con todos sus ángeles… y se reunirán ante él todos los pueblos, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras, y pondrá a las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda … Y se irán, estos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna” (Mt 25,31-33.46). Cuando pensamos en la vuelta de Cristo y en su juicio final, que manifestará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno haya realizado o habrá dejado de realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos frente a un misterio que nos sobrepasa, que no logramos siquiera a imaginar. Un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros un sentido de temor, y quizás también de temblor. Pero si reflexionamos bien sobre esta realidad, ésta no puede sino ensanchar el corazón de un cristiano y constituir un gran motivo de consuelo y de confianza.

A propósito de esto, el testimonio de las primeras comunidades resuena muy sugerente. Estas de hecho solían acompañar las celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathà, una expresión constituida por dos palabras arameas que, según cómo sean pronunciadas, se pueden entender como una súplica: “¡Ven, Señor!”, o bien como una certeza alimentada por la fe: «Sí, el Señor viene, el Señor está cerca”. Es la exclamación con la que culmina toda la Revelación cristiana, al término de la maravillosa contemplación que se nos ofrece en el Apocalipsis de Juan (cfr Ap 22,20). En ese caso, es la Iglesia-esposa que, en nombre de la humanidad entera, de toda la humanidad y como primicia suya, se dirige a Cristo, su esposo, no viendo la hora de ser envuelta por su abrazo; un abrazo, el abrazo de Jesús, que es plenitud de vida y de amor. Si pensamos en el juicio en esta perspectiva, todo miedo y titubeo disminuye y deja espacio a la esperanza y a una profunda alegría: será precisamente el momento en el que seremos juzgados finalmente preparados para ser revestidos de la gloria de Cristo, como de una vestidura nupcial, y ser conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios.

Un segundo motivo de confianza se nos ofrece por la constatación de que, en el momento del juicio, no se nos dejará solos. Jesús mismo, en el evangelio de Mateo, es quien preanuncia cómo, al final de los tiempos, aquellos que le hayan seguido tomarán asiento en su gloria, para juzgar junto a él (cfr Mt 19,28). El apóstol Pablo después, escribiendo a la comunidad de Corinto, afirma: “¿No sabéis que los santos juzgarán al mundo? ¡Cuánto más las cosas de esta vida!” (1 Cor 6,2-3). ¡Qué hermoso saber que en esa coyuntura, además de contar con Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el Padre (cfr 1 Jn 2,1), podremos contar con la intercesión y la benevolencia de tantos hermanos y hermanas nuestros más grandes que nos han precedido en el camino de la fe, que han ofrecido su vida por nosotros y que siguen amándonos de forma indecible! Los santos ya viven en la presencia de Dios, en el esplendor de su gloria orando por nosotros que aún vivimos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certeza! La Iglesia es verdaderamente una madre y, como una mamá, busca el bien de sus hijos, sobre todo de los más alejados y afligidos, hasta que encuentre su plenitud en el cuerpo glorioso de Cristo con todos sus miembros.

Una última sugerencia se nos ofrece en el Evangelio de Juan, donde se afirma explícitamente que “Dios no ha mandado el Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. Quien cree en él no está condenado; pero quien no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Hijo único de Dios” (Jn 3,17-18). Esto significa entonces que ese juicio, el juicio ya está en marcha, empieza ahora, en el transcurso de nuestra existencia. Este juicio es pronunciado en cada instante de la vida, como respuesta de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos los que nos condenamos, somos condenados por nosotros mismos. La salvación es abrirnos a Jesús y él nos salva. Y si somos pecadores, todos somos pecadores, todos lo somos, todos, y pedimos perdón, y vamos con el deseo de ser buenos, el Señor nos perdona, pero para esto debemos abrirnos, abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que todas las demás cosas, el amor de Jesús es grande. El amor de Jesús es misericordioso, el amor de Jesús perdona, pero tu debes abrirte, y abrirse significa arrepentirse, lamentarse de las cosas que no son buenas que hemos hecho. El Señor Jesús se ha donado y sigue donándose a nosotros, para llenarnos de toda la misericordia y la gracia del Padre. Somos nosotros por tanto los que podemos convertirnos en cierto sentido en jueces de nosotros mismos, auto condenándonos a la exclusión de la comunión con Dios y con los hermanos, con la profunda soledad y tristeza que sigue de ello. No nos cansemos, por tanto, de vigilar nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar desde ahora el calor y el esplendor del rostro de Dios, y eso será bellísimo, ese Dios que en la vida eterna contemplaremos en toda su plenitud. ¡Adelante! Pensando en ese juicio que comienza ahora, que ya ha empezado. ¡Adelante! Haciendo que nuestro corazón esté abierto a Jesús y a su salvación, y adelante sin tener miedo, porque el amor de Jesús es más grande, y si nosotros pedimos perdón por nuestros pecados él nos perdona. Es así, Jesús. ¡Adelante con esta certeza, que nos llevará a la gloria del cielo! Gracias.

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