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¿Qué lecciones pueden aprender los políticos de la figura de Mandela?

Foto AP/Ben Curtis
Fotografía de archivo del 15 de julio de 2013 del artista sudafricano John Adams mientras trabaja en un retrato de Nelson Mandela en su casa, en un suburbio de Johannesburgo, Sudáfrica. (Foto AP/Ben Curtis)


 

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Papa Francisco pone a Mandela como ejemplo para las nuevas generaciones, entrevista a padre Efrem Tresoldi

ROMA. (Aleteia.org) El papa Francisco ha escrito, el viernes, un telegrama de pésame al presidente sudafricano, Jacob Zuma, en el que expresa su dolor y tristeza por el fallecimiento del ex presidente Nelson Mandela. El pontífice ha hecho “homenaje al constate compromiso demostrado por Mandela en promover la dignidad humana”.
 
El papa Francisco ha manifestado que el ejemplo de Mandela puede inspirar a las nuevas generaciones “a poner la justicia y el bien común en el primer lugar de sus aspiraciones políticas”.
 
Al respecto, la redacción de Aleteia.org conversó con padre Efrem Tresoldi, 20 años de experiencia en Sudáfrica, director de Nigrizia.it revista mensual de los misionarios combonianos, antes miembro de la Comisión Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal de Sudáfrica y sucesivamente guía del World Wide Media Center en Pretoria.
 
¿Qué significa para los hombres de buena voluntad haber perdido una figura como la de Nelson Mandela?
 
«Significa haber perdido un punto de referencia y su muerte deja un gran vacío.  Es un ícono universal de los derechos humanos, un gran líder político que se ha distinguido por haber puesto en el centro de su vida el bien de la sociedad. Tuvo momentos difíciles, como ir a la cárcel, pero ha logrado siempre superar todos los desafíos que la vida le ha puesto. Y lo ha hecho con gran sentido de abnegación  por su país».
 
¿Podríamos considerar la lucha de Mandela contra el apartheid como un ejemplo para los católicos en su compromiso por el bien común?
 
«Claro que sí. Mandela ha experimentado sobre su piel opresiones, injusticias, ofensas, incluso por que no tenía la piel blanca. Después de haber pasado treinta años en la cárcel, se esperaba que de allí saliera un hombre consumido por la rabia y que luego tomara el poder del país para vengarse. En cambio, él salió fuera transformado. Fue un hombre que supo mirar también a sus adversarios sin prejuicios racionales, que ha mirado todas las personas, buscando siempre puntos de comunión, más allá de las diferencias. Para los católicos esta es una lección de vida: perseguir siempre el diálogo con quienes piensan diferente a nosotros, sobre todo dialogar con las otras religiones».
 
¿Qué lecciones pueden aprender los políticos del mundo sobre las batallas llevadas por Mandela en calidad de líder de la nación sudafricana?
 
«Mandela ha puesto su vida al servicio de la política en el sentido más noble de su significado. Nosotros necesitamos de tantos hombres como Mandela para resolver los conflictos a través de la política y demostrar que no es una cosa sucia. Muchos usan la política para enriquecerse y no ayudar la colectividad. Él por el contrario ha vivido su compromiso no para sí mismo, sino para luchar por su país oprimido por el apartheid. Recuerdo que en 1994 Mandela mismo se opuso a ser elegido como primer presidente negro de Sudáfrica. Al final aceptó la candidatura  bajo presión de sus compañeros de partido, pero impuso su posición: aceptarla a condición de que al terminar su mandato no se le pidiera una reelección. Quería que a ocupar el cargo fuera un presidente joven, en grado de enfrentar los tanto desafíos de Sudáfrica. En resumen, ha sido un líder que una vez en el poder no ha quedado embelesado, como en cambio sucede a otros políticos».
 
Con la muerte de Mandela ¿hasta donde llega el camino de la reconciliación social, cultural y política en Sudáfrica?
 
«El camino ha iniciado. El carisma (de Mandela) ha sido importante para abrirlo. Digamos que hoy el surco está accesible pero todavía hay mucho que hacer. He regresado a Sudáfrica el año pasado. Quedan todavía secuelas del resentimiento de los blancos respecto a la gente de color. Hay todavía un sentido de odio, de querer ser superiores. Y por otra parte de la gente de color, sobre todo jóvenes, que nutren sentimientos de resentimiento y de rabia por la actitud de los blancos. Estos últimos, también sucesivamente al apartheid no han perdido algún privilegio, como por ejemplo a nivel social y de la instrucción pública. Es muy importante definir bien este contexto para entender como proseguir el camino de la reconciliación y transformar el Sudáfrica en un país “arcoíris”, donde las diversidades sean una riqueza para la convivencia pacifica entre hombres y mujeres de etnias y religiones diferentes».
 
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