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Por qué abandoné la reproducción asistida

© DR
Una mujer sometida a la fecundación in vitro muestra la foto de sus embriones gemelos
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Anthony Caruso, endocrino reproductivo: De la FIV a los métodos naturales

Anthony Caruso era uno de los endocrinos reproductivos más prestigiosos de Chicago (EEUU). La felicidad de las parejas que conseguían concebir un hijo gracias a su trabajo, creando vida mediante la mezcla de esperma y ovocitos en un laboratorio, le reportaba una gran satisfacción.“La primera vez que vi cómo se producía una fecundación en un plato comencé a llorar”, relataba en unas declaraciones, en 2011, a EWTN (Eternal Word Television Network), una red mundial de televisión, radio, servicios de Internet y noticias católicos. Hoy, 18 años después de comenzar a practicar la fecundación in vitro (FIV), el doctor Caruso es una de las pocas voces que se alzan en EEUU en contra de las técnicas de reproducción asistida. ¿Qué descubrió este profesional que le hizo abandonar esta práctica que tanto éxito le otorgaba?

“Celebrábamos una fiesta anual por las parejas que habían logrado concebir un hijo ese año”, cuenta el doctor Caruso a la revista Misión. Con el paso de los años, la técnica iba mejorando y la práctica in vitro se volvía más eficiente, por lo que su satisfacción aumentaba. Hasta que las dudas comenzaron a aflorar en su conciencia.

“Empecé a ver cosas muy extrañas: embriones pertenecientes a una mujer que no tenían suficiente calidad se transferían por error en otra mujer y, en un caso, el embriólogo perdió algunos embriones durante su traslado sin que esto le preocupara. Además, con el inicio del diagnóstico genético preimplantacional (DGP), los embriones que podían haber sido normales pero eran clasificados de forma imprecisa estaban siendo destruidos bruscamente”, relata.

Anthony es católico de nacimiento, pero, por diferencias con algunas enseñanzas de la Iglesia, dejó de practicar. Sin embargo, la instrucción sobre bioética que publicó en 2008 la Congregación para la Doctrina de la Fe, Dignitas Personae, corroboró el deseo y la necesidad que experimentaba desde hacía tiempo de abandonar este campo.

La confirmación de que así lo debía hacer llegó cuando le despidieron de la Universidad de Chicago, en la que trabajaba, por presiones financieras. Lejos de asustarse o entristecerse, Caruso experimentó una gran paz. “Sentí que la voluntad de Dios se estaba llevando a cabo”, cuenta.

Por otro lado, decidió dimitir como directivo de la Asociación de Endocrinología Reproductiva de Chicago. “Mis compañeros me miraron como si hubiera perdido el juicio, me abandonaron muchos amigos”, recuerda.


Tras renunciar a su trabajo, acudió a confesarse: “Reconciliarme con la Iglesia hizo que ese día fuera uno de los más bonitos de mi vida”, confiesa.

Caruso intenta ahora que su trabajo sea siempre según la voluntad de Dios en la clínica que acaba de abrir, Downers Grove O B/GYN, que trata a las parejas infértiles usando métodos naturales consecuentes con las enseñanzas del catecismo de la Iglesia, como, por ejemplo, una leve inducción ovular puede hacer que los días de ovulación de la mujer puedan vaticinarse con precisión, lo que aumenta las oportunidades de concepción natural.

Objetivación de los hijos

Pero, ¿cuál es el trasfondo ético de las técnicas de reproducción asistida? La Dignitas Personae enseña que son éticamente inaceptables, puesto que “disocian la procreación del contexto del acto conyugal”.

La fecundación in vitro implica, además, la producción masiva de embriones humanos y la muerte de muchos de ellos. Convierte al niño en un instrumento.

Caruso así lo confirma: “Te sorprendería saber cuántas personas que la han usado, al llegar a la semana 24 de gestación, sufren complicaciones con sus embarazos y dicen ‘No pasa nada, lo desechamos’, porque pueden volver a empezar”.

Y es que, en su opinión, el problema radica en la continua secularización de la cultura: “Impera la actitud del ‘lo quiero todo y lo quiero ahora, y conozco el mejor plan para mi vida’”. Así, los hijos se convierten en otro plan más para la pareja: “Con los avances en salud reproductiva, hacemos de los hijos un producto que puede ser comprado y vendido”, denuncia.

También le preocupa cómo se concibe hoy el matrimonio, puesto que “ya no es tanto ‘nos queremos el uno al otro y nos donamos dentro del plan de Dios’, sino que se da más importancia al bebé y menos a la relación”. De esta manera, “la belleza del amor conyugal disminuye, y desaparecerá si no hacemos nada por evitarlo. Debemos educar a las personas en que los hijos son un regalo”, aconseja.
 
Artículo publicado originalmente en el último número de la revista Misión.

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