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Siempre llega la estrella si sabemos mirar

© Anemone/SHUTTERSTOCK

Carlos Padilla Esteban - publicado el 29/11/13

«Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»

No sé muy bien por qué pero muchas veces me falta paciencia. Quiero las cosas ya, de forma inmediata, al instante. Me molesta que las cosas no salgan bien, perfectas, como yo quiero. Me empeño en hacer las cosas solo, sin pedir ayuda, porque puedo. Valoro que las cosas se hagan bien, sin fallos. Me irrita, a veces demasiado, que no resulte algo bien, un contratiempo, un imprevisto y las deficiencias de los demás pueden llegar a molestarme.

Entonces me viene bien escuchar a san Juan Crisóstomo: «Mientras somos ovejas vencemos, y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número. Pero si nos convertimos en lobos somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del pastor. No pastorea lobos, sino ovejas. Y se aparta de ti porque no le dejas mostrar su poder».

Y es que a veces no le dejo mostrar su poder queriéndolo hacer todo bien. No me muestro débil ante Dios y lo busco sólo cuando nada puedo. Me siento lobo, no oveja. Y no recuerdo, para ser sincero, a ningún lobo delante del belén. Recuerdo a pastores indefensos, que cuidaban rebaños de ovejas. Siempre me gustaba poner las ovejas cerca de Jesús, incluso aquella que estaba coja. Pero no había lobos, y si aparecían en el belén, nunca cerca del Niño. Al fin y al cabo un lobo no necesita protección, se basta a sí mismo, tiene poder y fuerza. Es autosuficiente.

La autosuficiencia es como un cáncer que va corrompiendo el alma. Nos hace sentirnos satisfechos con nosotros mismos y nos impide experimentar la precariedad, la carencia, la ausencia, la falta.

En el Adviento me gustaría tener algo más de ese espíritu de oveja arrodillada y coja a los pies de la cuna de Jesús. Una oveja que no traiga logros como carta de presentación. Una oveja necesitada y pobre, herida, suplicante. Una buena forma de empezar estos días.

Por todo ello puede ser que tendamos a valorar más ciertos talentos que hablan de éxito, de poder, de esfuerzo y logros, que otros talentos menos llamativos. Valoramos a las personas por su brillantez, por su eficacia, por su inteligencia, por su fuerza, por su rapidez, por sus logros. Son talentos importantes, sin duda, pero no los más importantes.

Un niño superdotado deslumbra, uno tímido no llama la atención. Éxitos prematuros nos encandilan, son noticia, retrasos en los estudios nos hablan de debilidad. No solemos valorar tanto al que se esfuerza y no logra su objetivo, al que sirve a los demás con mucha generosidad, al que tiene vínculos sanos y profundos. En los niños valoramos más su capacidad intelectual que su bondad, su habilidad en algún deporte, sus talentos en la música, pero no su humildad y sencillez.

Por eso nos cuesta tanto aceptar los fallos. Los propios y los ajenos. Nos cuesta mucho pensar que tenemos que pedir ayuda cuando no logramos algo. Una persona mayor me decía hace un tiempo: «Perdona mis deficiencias», refiriéndose a su debilidad física por la edad. Sus palabras me conmovieron.


Me gustaría a mí mismo pedir disculpas por mis propias deficiencias. Y no lo hago. Tal vez el amor propio es más fuerte que ese amor más grande que da hasta que duele. Porque en eso consiste la mayor virtud, en amar hasta que nos duela. ¿Cuándo duele? Tal vez cuando duele tenemos la tentación de dejar de amar.

Y el amor duele cuando ya no nos queda nada más que ofrecer que la propia vida. Cuando no solucionamos ningún problema pero seguimos amando con sencillez. Cuando nuestro amor no produce ventajas a nadie y continuamos dando la vida.

Cuando somos rechazados en nuestro amor y el amor no se torna odio. Cuando damos lo que somos y no somos valorados en la entrega. Cuando seguimos amando una vez que hemos experimentado el desprecio, el rechazo, la indiferencia. Cuando ya no valoran lo que somos y nuestro amor no por ello se vuelve rancio ni amargo. Cuando sólo podemos decir a los demás: «Perdona mis deficiencias», aunque nos sigan exigiendo ser perfectos.

No por ello dejamos de amar, porque la capacidad de amar es el mayor talento que podemos suplicar. No lo es tanto la eficacia, ni la inteligencia, ni la fuerza, ni las capacidades que Dios nos regala. Es la capacidad que Dios ha puesto en el alma de amar desde lo profundo, desde lo más hondo. Es ese amor inmenso que Dios nos da. Ese don del Espíritu que nos permite seguir dando cuando no queda nada, y seguir amando en el silencio cuando ya todos nos han olvidado.

El Adviento es una nueva oportunidad para darle valor a lo que de verdad vale en nuestra vida y quitárselo a lo que no merece tanto la pena. Miramos el presente con algo de distancia, con perspectiva, desde el silencio de la oración, desde el corazón de Dios donde todo tiene un valor distinto.

¿Qué nos gusta de nuestra vida? ¿Qué nos parece que podemos cambiar? Benedicto XVI decía: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

Queremos que tenga lugar ese encuentro que cambie nuestra vida. A veces, metidos en la vorágine del día a día, no tenemos tiempo para agradecer por lo bueno que Dios nos regala. Decía el Padre José Kentenich: «Hoy nos vemos los unos a los otros casi sólo con ojos de mosca, con los ojos de los sentidos. Por eso el ojo de la fe debe ser vigoroso en nosotros»[1].

Nos cuesta apreciar la belleza, vemos sólo lo que es mejorable, lo que no nos gusta. Tener una mirada de fe nos hace agradecer y valorar lo que es un don en nuestra vida. Enorgullecernos así de lo que vale la pena. Dar gracias de rodillas por tantos dones, talentos, regalos, que caen en nuestras manos.

No miremos con ojos de mosca, que nos hacen ver sólo lo negativo, lo sucio, lo incompleto e indignarnos con lo que falta para alcanzar la perfección. Mejor miremos con los ojos de Dios, con esos ojos que ven en la oscuridad la luz del amor y hacen brillar lo que no aparece como perfecto ante nuestros ojos.

Decía el Padre Kentenich: «Somos la pupila de los ojos de Dios Padre. Siempre nos mira con complacencia. Él me mira. Él me saluda. Me toca con su mano paternal que es siempre bondadosa»[2].

Ojalá supiéramos mirar así siempre. Queremos aprender a darle gracias. Él nos quiere y nos acompaña en el camino. Es bueno todo lo que Él hace y a veces no comprendemos sus caminos. Queremos darle gracias por todo lo que nos da en la vida.

Al mismo tiempo queremos agradecer por lo incompleto, por lo que no está bien del todo, por las desilusiones de nuestro camino, por los desencuentros. En las dificultades de la vida nos habla Dios de forma muy clara.

Decía el Padre Kentenich: «Las grandes misericordias de Dios en nuestra vida las hemos experimentado en los momentos de las más grandes desilusiones. Él sabe aprovechar las desilusiones de nuestra vida como una escalera hacia el cielo para el entendimiento y el corazón»[3].

Y desilusiones sí que tenemos. Anhelamos algo que no llega. Nos tropezamos cuando ya alcanzábamos la meta. Luchamos y no conseguimos el premio anhelado. Desconfiamos cuando antes todo nos parecía tan seguro. En esos momentos preguntamos: ¿Dónde está Dios? ¿Dónde está cuando todo a nuestro alrededor parece ir mal?

Queremos aprender a mirar con ojos de Dios, con ojos limpios, incluso lo tortuoso de nuestra vida, lo que no comprendemos. Queremos aprender a ver ahí la mirada misericordiosa de Dios. Nos contempla y se abaja. Se hace carne para redimir nuestra carne y así salvarnos. Nos rescata desde la debilidad del pecado. Nos salva de la mediocridad del día a día.

Agradecemos por su misericordia reflejada en momentos de dolor. En la soledad. En el miedo. Aparece para sostener nuestro camino y darnos luz.

El Adviento es un tiempo de espera, de una esperanza nueva. ¡Qué bonito es esperar a quien amamos! Todos hemos tenido la experiencia de esperar a alguien que nos anuncia que va a llegar. Eso nos conmueve por dentro, aunque aparentemente todo siga igual. Antes de que llegue ya está acercándose. Algo cambia antes de que esté con nosotros.


La espera de un ser querido, en sí misma ya es importante. El anhelo va creciendo, el corazón va vaciándose de otras cosas que normalmente lo ocupan y desea que esa llegada lo llene todo. La esperanza de que llegue por fin nos anima y así pregustamos la alegría.

Porque la alegría de estar con la persona a la que queremos, comienza mucho antes de que llegue. Soñamos con ese momento. Lo importante en nuestra vida se prepara para el encuentro. Deseamos que dure, que no acabe. Para que no sea un momento fugaz. Cuanto más intensa sea la espera más intenso será el encuentro. Cuanto más grande el anhelo, mayor será la gracia que recibamos.

Hay un poema de Mario Benedetti que habla de esta espera: «No lo creo todavía, estás llegando a mi lado y la noche es un puñado de estrellas y de alegría. Palpo, gusto, escucho y veo, tu rostro, tu paso largo, tus manos y, sin embargo, todavía no lo creo. Tu regreso tiene tanto que ver contigo y conmigo, que por cábala lo digo y por las dudas lo canto. Nadie nunca te reemplaza y las cosas más triviales se vuelven fundamentales porque estás llegando a casa. Sin embargo, todavía, dudo de esta buena suerte, porque el cielo de tenerte me parece fantasía. Pero venís y es seguro y venís con tu mirada y por eso tu llegada hace mágico el futuro».

Me gusta porque habla de alguien que va a llegar, alguien muy amado, y cómo eso hace que todo cambie ya antes de que esté. Así sucede en Adviento. Antes de que llegue el Amado ya nos lo imaginamos, en parte lo podemos tocar en ese anhelo, vislumbramos la luz de su venida.

La poesía habla de que llega, se acerca. Está llegando a mi casa, a mi vida, a mi hogar tal como está, a mi corazón. Antes de que llegue ya el corazón ha cambiado. Habla de un regreso que tiene que ver «contigo y conmigo». Jesús viene a mí. Es personal. Su llegada tiene que ver conmigo.

Habla de cómo esa llegada cambiará e inundará todo, hará «mágico el futuro». Su llegada supone un cambio, el corazón está atento, despierto, tiene luz, vela esperando.

Jesús no pasa de largo. Se queda con nosotros. La poesía hablaba de una espera humana en la que podemos tocar, gustar, mirar, escuchar, anhelar su paso, su rostro, su mirada. Así de concreto es Jesús, así de humano. Jesús nos llena de luz y esperanza, vuelve a venir, está a nuestra puerta. Queremos ver su rostro y que nos sane con sus manos, sentirnos mirados con sus ojos de misericordia.

Nos sugiere cómo la espera hace que la noche oscura se convierta en puñado de estrellas y de alegría. El amor cambia la forma de mirar las cosas. Hasta la noche santa de Nochebuena, muchas noches quedan todavía. Mucho Adviento, muchas ventanas del calendario que abrir, llenas, ojalá de sorpresas, de miradas nuevas.

Es en la noche cuando más esperamos y el sueño es más fuerte y vivo. ¿Cuáles son mis esperanzas? ¿A quién espero? ¿Qué necesito que suceda en mi vida?

Es verdad que la noche tiene que ver con oscuridades, con miedos, con pérdidas. Es la noche en la que hemos podido experimentar que no vemos a Dios. Es la noche en la que no nos sentimos amados, noche del dolor, de no ver el sentido, de no comprender, de no saber por dónde va el camino.

Todos nosotros hemos experimentado la noche en nuestra vida, alguna vez, en algún momento. Tal vez una noche larga, o corta. Es algo humano.

Jesús también la experimentó al hacerse uno de nosotros. Tocó la oscuridad de la duda y el miedo. Acarició la ausencia de sentido. Se sintió solo, abandonado, pobre. Experimentó, como nosotros, ese hambre infinita, que sueña con días sin noche.

Se sintió querido y luego rechazado. Vio la oscuridad y temió no ver la luz. Compartió nuestro camino, nuestra mirada, nuestro corazón apasionado.

En la noche los mismos Magos de Oriente quisieron ver a Dios y vieron la estrella que les guió hasta el portal. Tenían un profundo anhelo en el alma y sabían que no podían ir a su encuentro si no buscaban una estrella que los guiara.

De noche la vieron, de día no la hubieran visto. Se hubieran despistado buscando luces. Por eso llegó la estrella en medio de su noche, cuando dudaban y no sabían. Anhelaban, estaban necesitados, esperanzados, confiados.

Y la vieron porque miraron al cielo, levantaron la mirada, dejaron de mirar el polvo de sus pies. Fue su espera la que hizo que llegase la estrella. Su espera se convirtió en camino hacia Belén.


El deseo de la espera hace realidad lo que se sueña. Es la fuerza de los sueños. Así quiere ser el Adviento: una estrella en la noche, un deseo de plenitud, una mirada al cielo, el deseo de emprender un camino, el anhelo de una plenitud.

Queremos que sea un tiempo de mirar al cielo, aunque sea de noche, de esperar, incluso contra toda esperanza. Siempre llega la estrella si sabemos mirar.

La estrella que nos habla de que Dios está cerca y llega a nuestra vida. Una persona, una palabra, un rato de oración, un acontecimiento, incluso un dolor o un fracaso, un desencanto. Para cada uno la estrella de este Adviento será diferente, porque es verdad que para cada uno Dios recorre un camino original para hacerse niño.

Decía el Padre Kentenich: «Debiera darse una disposición en nosotros frente a todo lo que nos suceda, de modo que la primera pregunta fuese: Padre, ¿qué quieres decirme con esto? Buscar y encontrar a Dios en todo»[4]. Buscar la estrella: ¿Cuál es mi estrella? ¿Para quién soy yo estrella en este Adviento?

Iniciar el Adviento supone ponernos en camino, hacernos peregrinos. Lo hacemos llenos de alegría y esperanza. Lo queremos hacer como los niños, dejando detrás lo que nos pesa. Cogemos una maleta vacía, para que no pese, y nos descalzamos, para no ir corriendo.

Hacemos nuestras las palabras de una persona que rezaba: « ¡Cómo sana caminar descalza! Si pudiéramos descalzarnos, despojarnos ante Dios, nuestra relación con Él cambiaría, sería más íntima, más sencilla y sagrada. Descalza me siento insegura. Descalza camino más despacio, estoy atenta a cada paso, camino con cuidado, descubriéndote mis debilidades, inseguridades y miedos. Descalza ante tu presencia, me ves tal cual soy: insegura, limitada, frágil, impaciente, pequeña, apasionada. Con miedo a seguirte, a darlo todo de golpe, Señor. Así logras entrar en mi rincón sagrado, en mi alma sedienta, en mi corazón encendido. Así experimento el abandono en tus brazos. Despojada de todo lo que me separa de ti, Señor».

Caminar descalzos, despacio, con respeto. Inseguros, calmados, sintiendo el camino en los pies cansados. El Adviento es un tiempo lento, pausado, lleno de calma y deseo.

Decía el Padre Kentenich: «Goethe nos dio un consejo: Mientras estés sereno habrá una solución. La expresión estar sereno podemos interpretarla en el sentido de no andar de prisa, no correr detrás de las cosas, ni vivir la vida simplemente arrojándonos a ella, sino más bien cultivar la soledad y la compañía de Dios. Si obramos así habrá una solución para lo que enfrentemos»[5].

Por eso no corremos, porque no sirve de nada, porque las cosas más importantes podemos pasarlas de largo cuando corremos. Porque es aquí y ahora cuando Cristo nace, en nuestro camino, cuando estamos detenidos.

La vida nos da lo que buscamos cuando no nos impacientamos como esos niños malcriados que quieren recibirlo todo de forma inmediata. Por eso hoy nos descalzamos.

Es tan fácil llenarnos de seguros… El Adviento nos invita a desinstalarnos. Muchas veces compruebo lo instalado que puedo llegar a estar. La vida me ayuda a comprobarlo.

El Adviento nos invita a dejar nuestro sillón, a descalzarnos y emprender un camino nuevo. ¡Qué difícil! La naturaleza se resiste el movimiento. Por eso nos ponemos en camino, descalzos, desprotegidos, expuestos, libres. Así Dios podrá acercarse y entrar.

La espera es en camino, son pasos, jornadas duras y fáciles en las que buscamos a Dios. Es el camino que nos llevará a Belén.

Dios mismo hizo un largo camino para llegar hasta María, hasta Nazaret. Respetó el tiempo de María, caminó a su encuentro.

Cuando María dio su sí, se puso en camino a casa de Isabel para servir, sin pensar en sí misma, para dar. Esa fue su espera, no quieta, sino llena de amor, en camino. Su espera fue cuidar a otros. Su espera fue salir de sí misma.

José y María se pusieron en camino, cuando llegó el tiempo del parto, hasta Belén. Los Magos se pusieron en camino siguiendo una estrella, con el corazón lleno de esperanza. ¿Qué camino tengo que recorrer yo? ¿Qué quiero recorrer en estos 24 días? ¿De dónde necesito salir?


El Adviento es espera, es un camino, es María. Ella es la estrella que nos guía. Camina a Belén llena de Dios. En su corazón inmaculado Cristo se hace carne. En su sí sencillo y humilde. En su entrega alegre y confiada. En sus miedos y en su abandono. En su confianza ciega, en sus manos abriendo el camino en la espesura.

María es nuestra tierra en este Adviento, nuestra espera, nuestra estrella, nuestro modelo. Somos sus hijos. En Ella aprendemos a vivir y a confiar. La esperanza brotó con un sí. Un sí que nadie oyó. Un sí callado en una gruta escondida en Nazaret. Y en otra gruta, en Belén, en silencio de nuevo, se hizo visible la vida.

Belén y Nazaret se unen. El sí de los silencios que se unen misteriosamente. Las esperas están llenas de sentido. Esperar es necesario cuando es seguro que alguien viene. Entonces sí tiene sentido esperar, ser pausado y no precipitar la respuesta.

Esperar con calma como María, porque Dios está cerca. Dios preguntando y aguardando anhelante la respuesta de María. Dios respetando lleno de amor, a la puerta del corazón de María. Respetando su inquietud, su temor, su anhelo. María, ante Dios, callada, escuchando, abierta, inquieta, esperando, guardando silencio.

Y el silencio lo rompe un sí generoso, un sí alegre, un sí lleno de incertidumbre pero confiado, un sí de niña, un sí muy puro por el que Dios puso su tienda entre nosotros. El canto de ese sí, el primero, el inicial. Ese sí en el que todos volvemos a nacer, en el que aprendemos a decir que sí, que queremos, que estamos dispuestos a dar la vida.

El primer Adviento comenzó con un sí. El sí lleno de vida de María. Ese sí que María tuvo que repetir cada mañana y cada noche a lo largo de toda su vida.

El Adviento de hoy, nuestro adviento diario, vive del mismo sí de María. Se hace fecundo en nuestro propio s
í. María nos dice que sí a nosotros, porque nos quiere, porque nos busca siempre, porque no descansa hasta dar con nosotros, porque nos espera siempre.

Ella nos pregunta, como Dios hizo un día: «¿Me quieres?» Y nosotros respondemos con sus palabras: «Hágase en mí según tu palabra». El mismo sí cargado de esperanza, lleno de sentido. ¿Respondemos siempre que sí? ¿Decimos que sí en cada cuesta del camino?

El sí de la alianza de amor con María en el Santuario es ese sí que brota de un corazón de niño que se entrega. Es nuestro sí torpe, desaliñado, inquieto, pedigüeño, débil, enamorado.

Antes de pronunciar nuestro sí, escuchamos el suyo, su sí profundo, hondo, sincero, verdadero. Escuchamos su sí pronunciado en lo más profundo del corazón. Lo oímos de nuevo. Sí, nos quiere. Dios nos quiere. María nos quiere y espera.

Hoy nos preguntamos: ¿Contestamos siempre que sí? Es el sí concreto que quiero dar hoy para que Dios toque mi corazón y se haga carne. El sí a nuestra vida limitada, incompleta, imperfecta. El sí a nuestros sueños frustrados y a los límites que nos desconciertan. El sí a nuestros amores llenos de renuncias.

El sí a nuestra vida, la que hoy es, donde estamos, con sus circunstancias, sin culpar a nadie por lo que nos toca vivir. El sí a la realidad que a veces nos desconcierta. El sí a nuestra debilidad tantas veces ocultada.

Queremos que hoy María irrumpa así en nuestra vida. María nos mira, nos espera, aguarda descalza en medio del camino, respetando, sin prisas. Ella nunca tiene prisa. Nosotros casi siempre. Somos frágiles. Ella es la roca, el abrazo, la mirada, el ancho mar. En Ella descansamos y caminamos hacia Belén. En Ella tocamos a Dios.

La invitación del Evangelio de hoy es clara: tenemos que estar en vela, atentos y despiertos porque Cristo viene: «Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Mateo 24, 37-44.

Nos habla de la segunda venida de Jesús. Más allá del lenguaje apocalíptico y difícil de entender, lo que nos dice Jesús es que volverá, que no nos abandona, que desde que se ha hecho hombre camina con nosotros y que no se ha ido para siempre, que no está lejos, que no nos olvida. Nos recuerda que siempre, cada día, nos sale al encuentro a cada uno para amarnos. Que no tenemos que tener miedo ni desconfiar.

Porque la esperanza siempre vence. Aunque haya desgracias a nuestro alrededor, crisis, tragedias incomprensibles, Dios permanece en mi cruz, atado a mi dolor, sosteniendo mi ánimo.

En medio de las dificultades de la vida, el grito de ese Dios que viene a nuestro encuentro nos sostiene. Él es la esperanza que le da peso a nuestro caminar. Y en medio de la vida, vendrá el día, no sabemos cómo, ni cuándo, en el que volverá Jesús para llevar a la plenitud al mundo que tanto ama.

Así caminamos todos los hombres, con esa esperanza dibujada en el alma, con esa confianza labrada en nuestra tierra, con esos miedos tan humanos que nos paralizan a veces.

Avanzamos en vela, despiertos, atentos, esperando. Para que no nos sorprenda dormidos en medio de la noche. Con esa certeza envuelta en incertidumbre, porque no sabemos ni el día ni la hora, tampoco nos importa.


Nuestro camino es en claroscuro. Siempre hay días de luz y días de sombra. Llevamos en el corazón una sed que necesita ser saciada, un fuego que necesita ser cuidado, dolores que necesitan ser calmados, heridas que necesitan cicatrizar, cruces que necesitan ser descargadas y compartidas, sueños de aventuras que necesitan ser cumplidos, ideales que necesitan ser recordados. Así caminamos y hoy Jesús nos dice que vendrá, que no temamos, que seguro que vendrá.

Hoy de forma especial se nos muestra como el principio y el fin de nuestra vida. En Él comienza el camino, en Él trascurre, en Él concluye. El caminante, el peregrino, que va siempre con nosotros es Cristo.

El Evangelio esconde una promesa de plenitud y una petición de espera, de paciencia. ¡Cuánto nos cuesta ser pacientes! Pero Él vendrá, lo sabemos y nosotros esperamos, le esperamos.

La espera y el encuentro van unidos. La sed y el agua. Nuestra orilla y su mar. Nosotros, torpes y limitados, y Dios, inmenso y lleno de misericordia. Así es el camino que recorremos.

Este tiempo, en realidad, toda nuestra vida, es el Adviento de esa venida. La espera anhelante. El corazón en vigilia. Como el de María.

Cada uno de nosotros espera tantas cosas… Nuestros sueños nos superan, es cierto. Soñamos en grande aunque somos pequeños. Ojalá cada día podamos ponernos de nuevo en camino.

Isaías nos muestra hacia dónde caminamos: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» Isaías 2, 1-5.

Esperamos un mundo en armonía, lleno de paz y de luz. Hoy la Iglesia nos muestra esta lectura al principio del Adviento para mostrarnos cómo nuestro Adviento no se acaba en Navidad. El Adviento es toda nuestra vida. El Adviento precede la luz plena del cielo, donde ya no habrá guerras, ni luchas, ni incomprensión.

Mientras tanto, en el camino, avanzamos siempre esperando, anhelando, caminando. Nunca instalados, porque estamos en camino. Queremos estar maduros y dejar de pecar, soñamos con una santidad estática, labrada en cartón piedra. No funciona. Estamos en camino. Somos distintos a ayer, y muy distintos a mañana.

Ojalá sea para bien. Que hoy seamos mejores de lo que éramos ayer, y mañana mejores todavía.

¡Qué bonito cuando acompañamos a personas mayores que han recorrido muchas etapas de su vida y están más hechas, más maduras, más humanas, más llenas, más alegres! Lo contrario, ¡qué pena cuando pasan los años y en lugar de madurez, encontramos amargura y en lugar de sabiduría, infantilismo, egoísmo, una mirada autorreferente!

Nuestra vida es Adviento, sueño, espera. Nuestra vida es el deseo de ser de Dios, atados a la tierra pero mirando las estrellas. Hoy comenzamos conscientemente a prepararnos para vivir con ilusión y paz ese momento en el que Dios hizo el camino más largo: se despojó de su rango para hacerse uno de nosotros, niño pequeño, ignorante y necesitado, pobre, limitado. Y todo para salvarnos.

No hay amor más grande que el de aquel que da la vida por los suyos, ese amor que se entrega por entero, sin guardarse nada. Amando siempre hasta el extremo. Sin olvidar a ninguno de los que le han sido confiados.

No hay misterio mayor que ese Dios que nace en la piel de hombre, en su precariedad, en la belleza de su vida. Jesús vino a nosotros hace más de dos mil años. Nosotros caminamos hacia Dios todos los días de nuestra vida.

Vino a través del sí humano de María, ese sí ante el cual el cielo enmudeció, esperando reverente la respuesta libre de una niña muy pura en Nazaret. Dios irrumpió en nuestra vida para siempre, para caminar con nosotros, en nosotros. Se sometió a nuestra libertad y esperó nuestro sí confiado, lo sigue esperando.


[1] José Kentenich, “Dios presente”, Texto 209
[2] José Kentenich, “Dios presente”, Texto 215
[3] José Kentenich, “USA Terziat”
[4] José Kentenich, “Dios presente”. Texto 211
[5] J. kentenich, “Niños ante Dios”, 279

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