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Monseñor Zimowski: la eutanasia, una vergüenza de nuestro tiempo

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Los ancianos enfermos tienen aún una misión hacia sus familias y la Iglesia

“Hoy hemos verdaderamente pedido y gritado al mundo ‘no a la eutanasia’, porque es una vergüenza de nuestro tiempo”. Lo dijo el presidente del Consejo Pontificio para los Operadores Sanitarios, monseñor Zygmunt Zimowski, esta mañana en la apertura del congreso “La Iglesia al servicio de la persona anciana enferma: el cuidado de las personas afectadas por patologías neurodegenerativas”, en el que participan más de 400 personas, entre ellas especialistas de los cinco continentes.
 
“Las transformaciones de la sociedad, en la segunda parte del siglo XX, especialmente en los países más ricos, con el envejecimiento de las poblaciones, la reducción del apoyo social asegurado por la familia, y la frecuente marginación de los ancianos, ha hecho que la suerte de estas personas haya paradójicamente empeorado, aumentando la tentación de recurrir a la eutanasia”.
 
Antes, la ancianidad era considerada como “un periodo de sabiduría” , y hoy en cambio se la considera una “fase de declive”: en una sociedad que pone en primer lugar la “productividad”, los propios ancianos se ven impulsados a preguntarse “si su existencia es aún útil” y por tanto a caer en la tentación de considerar la eutanasia como una liberación.
 
Por ello, es muy importante el acompañamiento que familiares y amigos pueden ofrecer a los ancianos. También es fundamental el acompañamiento espiritual para descubrir en el sufrimiento “una participación en la pasión de Cristo y, por ello, en la redención”, subrayó monseñor Zimowski recordando a Juan Pablo II. La persona anciana enferma puede ser “un eficaz predicador del Evangelio”, que se manifiesta en la alegría y en la paciencia a pesar del dolor y la enfermedad.
 
El sufrimiento impulsa a plantearse la pregunta sobre el sentido de las tribulaciones, y éste es el momento que “puede llevar a la desesperación… o a acercarse al Señor”.
 
“Este acercarse de la persona anciana al Señor puede desembocar en la apertura a los demás y a Dios. Esto hace fecundo el acompañamiento y lleva al paciente a la esperanza activa, es decir, a la realización de la propia vocación de anciano enfermo. Se trata, para el anciano enfermo, llegar a reconocer la mano de Dios en la prueba”.
 
En la fase terminal, el anciano enfermo se encuentra expuesto a dos peligros opuestos: el encarnizamiento terapéutico y la eutanasia. El primero hoy tiene lugar más raramente en los ancianos. “La Iglesia nunca ha estado a favor de un exceso terapéutico que vaya contra la dignidad de la persona y le quita el grado de libertad necesario para prepararse ante la muerte”, afirma el prelado.
 
Por el lado contrario, el “suicidio asistido”, la Iglesia ofrece dos respuestas: por una parte, recuerda a los médicos y agentes sanitarios que asumen el derecho de eliminar físicamente a los ancianos enfermos considerados ‘inútiles’”, “el principio inalienable de la sacralidad e inviolabilidad de la vida". Pero también, la Iglesia recuerda que la petición de la eutanasia expresa a menudo “un estado de aflicción profunda”, y que la respuesta a esto no viene de la técnica sino del corazón.
 
La Iglesia recuerda por tanto los deberes de la familia y el desarrollo de los cuidados paliativos. Se alienta a las familias a cuidar de sus ancianos, acogiéndolos y haciéndose cargo de ellos. “Cuando la familia no puede o no quiere acoger al anciano, el cuidado pastoral debe orientarse al acompañamiento en estructuras sanitarias”, y aquí no se trata sólo de aliviar el dolor físico sino de seguir a las personas con competencia y amor.
 
“Se trata de acompañar humana y espiritualmente a estas personas en su enfermedad, haciéndoles realizar el valor de su vida y de su misión, para la Iglesia y para el mundo. Este acompañamiento busca llevar estas personas a la esperanza, a pesar de sus sufrimientos: a una esperanza iluminada por Cristo, ‘llena de inmortalidad’”.
 
 

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