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J.F. Kennedy: Entre Camelot y Jerusalén

Boston Library

L'Osservatore Romano - publicado el 22/11/13

Hace cincuenta años, el 22 noviembre de 1963, fue asesinado el presidente estadounidense

Los americanos de hoy, que ya habían nacido el 22 de noviembre de 1963, día en el que el presidente John Fitzgerald Kennedy fue asesinado, sabrían decirte exactamente donde se encontraban cuando recibieron la devastadora noticia. Se acuerdan todavía de la confusión, la desorientación y el miedo que sintieron entonces.

Naturalmente, aunque se sabía que otros presidentes fueron asesinados (Lincoln en 1865, McKinley en 1901), eso era solo historia. Esta, sin embargo, una dolorosa realidad: nuestra realidad, nuestro dolor. El fascinante joven presidente y su fascinante y refinada mujer parecían representar el rostro de una nueva generación de americanos. El presidente había hablado de una “nueva frontera”, una frontera que comprendía la exploración del espacio, pero también la mejora de las condiciones en la tierra. Fue la famosa invitación que dirigió a los americanos: “No os preguntéis que puede hacer vuestro país por vosotros; preguntad qué podéis hacer por vuestro país”. Muchos jóvenes respondieron, participando en las nuevas iniciativas llevadas a cabo por Kennedy, como los Peace Corps.

La primera vez que fui a votar en una elección presidencial fue en 1960 y, como muchos de mis compañeros, voté a Kennedy. La elección del primer presidente católico significó que, finalmente, los católicos habían obtenido la plena ciudadanía en la vida política de la República. El inicio de los años sesenta marcó el apogeo de la dimensión institucional de la vida de los católicos en los Estados Unidos. Se construyeron nuevas iglesias y escuelas para responder a las necesidades de una población católica en expansión y en crecimiento; florecían las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. El retrato emblemático que representaba a Juan XXIII y el presidente Kennedy, uno al lado del otro, parecía prometer una nueva era, ya sea para la Iglesia católica ya sea para la nación: una nueva Pentecostés, eclesial y civil. Kennedy fue definido como el primer presidente televisivo. Muchos opinan que venció las elecciones por su aspecto bello y sano, durante el primer debate televisivo de la historia americana, contrastaba con el de su antagonista, Richard Nixon. Trágicamente, su funeral fue el primer espectáculo televisivo que unió al mundo en una aldea global, con millones de personas reunidas entorno a sus propios aparatos electrónicos.

El 22 de noviembre de 1963 estudiaba teología en Roma y vivía en el colegio Capranica. Después de la cena, muchos de nosotros nos dirigimos como siempre hacia el pequeño televisor para ver el telediario de la noche. Fue entonces cuando escuchamos la noticia, casi increíble, del tiroteo de Dallas. La incredulidad se transformó en horror cuando, poco después, se anunció que el presidente había muerto. El hecho de encontrarme a cinco mil millas de casa, sin ninguna posibilidad de comunicarme con mis seres queridos, para compartir el desconcierto y el dolor, hizo que me costará más de aceptar. Los días siguientes, que se concluyeron con los funerales de Estado y la misa por las exequias, transcurrieron como en un sueño. El Dies Irae de esa misa nunca resonaron tan potente y temible. Los compromisos cotidianos, la oración, el trabajo y el estudio se fueron llevando a cabo de forma automática, pero con la sensación de que la propia vida había quedado marcada para siempre por los sucesos de aquel día negro.

Naturalmente la vida siguió adelante. En Roma la segunda sesión del Concilio terminó dos semanas después, seguidas por otras dos antes de concluir en 1965. En los Estados Unidos, el histórico Civil Rights Act fue aprobado finalmente por el Congreso, favorecido por los sentimientos suscitados por el asesinato de Kennedy y por la gran habilidad legislativa de su sucesor, Lyndon Johnson.

Sin embargo, las esperanzas suscitadas por los documentos conciliares y por las leyes del Congreso fueron puestas a prueba fuertemente por lo que sucedió en otro año trágico: el 1968. En los Estados Unidos fueron asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy, en algunas ciudades explotaron disturbios y en muchas universidades se provocaron tumultos. En la Iglesia, la promulgación de la encíclica Humanae Vitae desilusionó las esperanzas de muchos católicos. Sacerdotes y religiosos abandonaron, en gran número, su vocación, dejando relativamente vacías residencias y conventos otrora llenos. Se inició una fase de polarización intensa. La Camelot de la era Kennedy tuvo una vida breve. Además, enseguida se reveló que había sido más mito que realidad, demasiado desfigurada por secretas infidelidades.

Una vez más, quedó claro que las reformas verdaderas y duraderas deben siempre enfrentarse con la mutabilidad del corazón humano. Sin conversión auténtica, el bienestar y la integridad de la nación y también de la Iglesia se ven comprometidos y corrompidos. Cincuenta años después de aquella triste jornada de noviembre, nos acercamos de nuevo al final del año litúrgico. Este año la solemnidad de Cristo Rey marcha también el final del Año de la Fe promulgado por Benedicto XVI. Pero en el sentido profundo, cada año es un año de la fe. De hecho, cada día exige al creyente un nuevo inicio, un nuevo concentrarse en Cristo camino, verdad y vida, en una continua conversión a Cristo, único Santo y único Señor, como proclamamos en el Gloria. Y la esperanza de los creyentes no se responden por una mítica Camelot, sino en la nueva Jerusalén, que desciende “del cielo, de Dios” (Apocalipsis 21,2).

Artículo publicado en la edición italiana de L'Osservatore Romano

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