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Pacificar el alma y el mundo: La lección de Gandhi

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La práctica de la no violencia es el camino hacia la pacificación del mundo

La no violencia es un movimiento amplio y rico que no se puede presentar de manera simplificadora; es un método nacido al abrigo de la experiencia religiosa, pero eso no significa que sólo las personas religiosas puedan practicarla y dejarse guiar por ella. La no violencia tal y como la vivió, pensó y practicó su máximo representante, Mahatma Gandhi, está profundamente arraigada en la espiritualidad y en la oración.
 
Esta filosofía, sin embargo, se extendió tanto en Occidente como en Oriente y ha tenido y sigue teniendo egregios representantes. Algunas de las características que identificamos en los teóricos de la no violencia, sea cual sea su religión: es una forma especial de ser, de estar y de percibir la realidad, una forma rebosante de admiración y de misericordia, una capacidad de conmoverse íntimamente ante todo lo que existe, ante una pequeña criatura o ante realidades como la bondad, el sufrimiento o la belleza; una inspiración que viene más de la intuición que del raciocinio; una convicción de que la fuerza del espíritu es poderosa, una preocupación constante por la fidelidad a la voz interior, una capacidad de aceptación generosa de las situaciones difíciles de la vida, como el fracaso, la enfermedad o la muerte; una esperanza y un coraje sostenidos en el tiempo.
 
Cuando hablamos de la no violencia nos referimos generalmente a la teoría y al método que Mahatma Gandhi practicó y sistematizó, convirtiéndolo en un poderoso movimiento espiritual y social y en un instrumento de paz capaz de alcanzar objetivos, incluso políticos, tan significativos como el de la misma independencia de la India.
 
El concepto de no violencia (o “ahimsa”) no es, para Gandhi, un concepto sólo negativo, sino también una concepción positiva aunque difícil de definir, una especia de benevolencia hacia todo lo que existe, tesis que está presente ya en el hinduismo y muy especialmente en el jainismo. El término sánscrito “a-himsa” significa literalmente el no deseo de perjudicar a ningún ser vivo. El budismo, nacido en el seno de las tradiciones religiosas hindús, asumirá este espíritu y concederá un lugar central al concepto y a la práctica de la compasión hacia todos los seres.
 
La no violencia va más allá de la resistencia pasiva, del no hacer daño, y exige, incluso, la compasión que auxilia activamente a los seres que sufren. Parte de la benevolencia y de la compasión y esto le hace dar un paso más allá de la mera resistencia. Gandhi elabora una teoría y un método que aplicará, de manera sistemática, en el ámbito de las estructuras sociales, políticas y económicas.
 
La fuerza de la verdad y del amor
 
Gandhi partía de la siguiente certeza: “el mundo no se encuentra fundamentado sobre la fuerza de las armas, sino sobre la fuerza de la verdad y del amor. Así como hay una fuerza de unión con la materia, así también hay una entre los seres vivos, y esta fuerza es el amor. Las armas de la verdad y del amor son invencibles”.
 
Según los teóricos y seguidores de la no violencia, la benevolencia hacia todos los seres y la firme adhesión a la verdad deben impregnar hasta los más pequeños actos cotidianos. Se esfuerzan por transformar el mundo según los principios de la no violencia y conseguir una auténtica paz cimentada sobre la verdad y la justicia.
 
Fue en Sudáfrica donde Gandhi hizo sus primeras experiencias de la no violencia. De vuelta a su país, emprendió la tarea de aplicar sus métodos a la lucha por la independencia. En 1920 realizó la primera campaña de desobediencia civil. El propio Gandhi se encargó de explicar el sentido de aquella consigna. No se trataba de una  mera resistencia pasiva. La resistencia pasiva, decía, debe estar concebida como el arma de los débiles y no excluye el uso de la fuerza o de la violencia para lograr su objetivo.

 
En cambio, la desobediencia civil ha sido concebida como el arma de los fuertes entre los fuertes y excluye cualquier forma de violencia. Y citaba dos ejemplos antiguos: el profeta Daniel y el filósofo griego Sócrates. Uno y otro, según Gandhi, son ejemplos perfectos de la no violencia, porque habían luchado por la verdad exponiendo su vida por ella, con la única fuerza del amor. La no violencia es, por tanto, una actitud vital, una ascesis, que no se reserva a las élites sino que es patrimonio de todo un pueblo víctima de leyes injustas.
 
La doctrina de Gandhi encontró eco en algunos medios intelectuales occidentales, aunque no siempre se reconocía la eficacia práctica de su tesis. El filósofo francés Jacques Maritain afirmaba en 1927 que un presentimiento profundo de la primacía del espíritu se encontraba en el origen de las campañas de no violencia de Gandhi, y que su ejemplo debía avergonzarnos; pero unos años más tarde, en 1933, refiriéndose a los métodos de acción de Gandhi, constataba que, como tales, no eran aplicables a otros países distintos de la India. A pesar de todo, nunca dejó de manifestar una simpatía real por una doctrina que afirma el valor -como medio de la acción política y social- de la fuerza del amor, de la fuerza del espíritu, de la fuerza de la verdad.
 
No violencia y cristianismo
 
Una de las figuras occidentales más receptivas a la doctrina de Gandhi ha sido Giorgio La Pira, una figura singular y atractiva del catolicismo italiano del siglo XX. Siciliano de nacimiento, pero florentino de adopción, este profesor de derecho romano, lector de Santo Tomás, intentó buscar los puntos de convergencia entre la no violencia de Gandhi y el cristianismo.
 
Elegido alcalde de Florencia, Giorgio La Pira debía desarrollar, en el momento culminante de la guerra fría, una acción profética a favor de la paz y de la distensión del Este. En profunda sintonía con otros católicos de la época, comprendió que en la era del armamento nuclear, la humanidad no tenía otra alternativa que la paz y la fraternidad. La posibilidad de un suicidio colectivo se convertía en el signo de los tiempos.
 
Para Giorgio La Pira, Gandhi era el profeta de esta nueva era de la historia con su método de la no violencia de los fuertes que, con su mirada profética, veía como la única norma que debía regir el comportamiento de los pueblos y de las naciones.
 
En la estela de La Pira, el dominico Pie Régamy publicó en 1958 el libro Non violence et consciente Chrétienne. En la primera página del libro, evoca el ejemplo de Gandhi: “Hemos visto un pueblo inmenso liberado sin violencia. No es extraño que nosotros, cristianos, reconozcamos en las llamadas de Gandhi los más puros acentos del Evangelio”.
 
El libro mostraba cómo, a partir de una relectura de la Biblia, los métodos de Gandhi estaban en armonía con el Evangelio y podían proponerse como norma de conducta para los cristianos. Y concluía: “Una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo consiste en preparar a los hombres para eventuales desobediencias”. Mensaje audaz, subversivo, de parte de un teólogo que daba testimonio de la madurez de una nueva conciencia ante el problema de la guerra.
 
Escribe Gandhi: “No tengo mayor amor que la no violencia (···). Durante más de cincuenta años seguidos he intentado poner en práctica la no violencia con rigor científico. Me he entregado a fondo en todos los ámbitos: vida privada y pública, economía política (···). No recuerdo ningún caso que haya acabado en fracaso. O, en todo caso, si he creído haber fracasado, he podido atribuir la causa a mis propios límites. No pretendo ser perfecto, pero busco la verdad con pasión. Es en el curso de aquella búsqueda cuando he conseguido descubrir la no violencia. Extender sus beneficios se ha convertido en la misión de mi vida. No tengo en mi existencia ningún otro interés que no sea el de llevar a buen puerto esta empresa”.

Artículo original publicado en el número de septiembre de 2013 de la revista Església d’Urgell

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