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Están equivocados: ¡la Iglesia no defiende el “matrimonio tradicional”!

Christine Tremoulet
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Lo que la Iglesia defiende es el matrimonio tal como Dios lo quiere, que es muy distinto

Mujer, cásate y sé sumisa” es el polémico y “ofensivo” título de un libro que ha sido escrito por la italiana Costanza Miriano  quien, con un toque de humor, ha querido hablar de la belleza del amor esponsal. Como en todo, quienes no se han tomado la tarea de leerlo se han ido lanza en ristre contra él sólo porque ella ha decidido utilizar una estrategia de venta y parodiando al apóstol Pablo cuando afirma: “mujeres, sométanse a sus maridos” (Ef. 5,22-24), casi que reta a los desprevenidos a que lo lean para que se enteren de lo que se trata.

Pero claro, quienes se dejan llevar por las apariencias, no les interesa conocer la verdad sino simplemente reafirmar lo que siempre han creído: la Iglesia es una institución que vive interesada en someter a la mujer y sus miembros pregonan el machismo para poder mantener de este modo el “status quo”. ¿Pero cuál es la verdad que pregona el evangelio sobre el matrimonio y qué es lo que exactamente la Iglesia, en consonancia con la Palabra de Dios, defiende sobre esta institución natural?

No podemos desconocer que existen “corrientes” católicas que, malinterpretando el texto del apóstol Pablo, aseguran que el matrimonio querido por Dios es el matrimonio del sometimiento de la mujer a  su marido, ese tipo de relaciones que hoy plagan la humanidad en lo que se nota es un envenenamiento por el poder  En ese sentido se habla del matrimonio “tradicional”, es decir, aquel en el que un hombre, casado con una mujer, es el que sale de casa a buscar trabajo y mantenerla,  mientras que ella, sólo está llamada a vivir  cuidando de sus hijos y de las labores domésticas, esperando a que él vuelva para poderlo atender y estar atenta a sus decisiones por ser el “jefe” del hogar.

Ciertamente este fue un estilo de matrimonio institucionalizado durante muchos años, cuando a la mujer no se le preparaba para las labores en el mundo, para la profesionalización, sino únicamente para dar hijos a su marido y dedicarse con encomio a la atención de todos en el hogar. Él a la calle, ella en la casa.

¿Pero es este el matrimonio que defiende la Iglesia? No. La Iglesia defiende el matrimonio CRISTIANO que no es otro que el querido por Jesús: aquel que se establece mediante la donación mutua de un hombre y de una mujer, que han entendido que ambos están llamados a construir su familia y la sociedad aportando cada uno desde su condición de ser hombre y mujer (lo que implica ya una cierta asimetría pues cada uno da desde su identidad sexual, sin que eso implique que uno aporte más que el otro, simplemente aportan en su modo de ser varón o hembra) pero donde ambos tienen la posibilidad de desarrollar todas sus potencialidades humanas sin renunciar a lo que específicamente como padre o madre deben dar. El mundo contemporáneo, habiendo abierto a la mujer la posibilidad del estudio y de la profesionalización, ha comprendido toda la riqueza laboral y de transformación que ella está llamada a hacer. Pero haber abierto esta puerta, necesaria y justa, ha sido tergiversada por quienes creen que la maternidad o el ejercicio de ella van contra la posibilidad de desarrollo laboral y económico.

El matrimonio cristiano es el sueño de Dios: hombre y mujer, llamados a la complementariedad, estableciendo un consorcio de amor, en el que ambos llegar a la oblación del uno por el otro, se ponen en la tarea de educar juntos a los hijos y hacer del mundo laboral, económico y profesional no una cancha de competición sexista sino un espacio donde se entienda lo que tanto él como ella pueden dar.  El problema radica cuando el matrimonio es visto como la sumatoria forzada de dos voluntades donde 1+1=2 o como piensan algunos otros, que el matrimonio es la necesidad de dejar de pensar sólo por mí mismo para empezar a pensar por los dos. Tampoco. Nadie puede pensar por nadie ni le puede negar al otro la posibilidad de que lo haga. El matrimonio no es pensar como un yo o como un tú y yo, sino que el matrimonio es una pensar “nosotros”. Ese pensar “nosotros” exige tener en cuenta el parecer, la opinión, el deseo del cónyuge sin suponer qué es lo que desea o anular su gusto, pero eso sí, estando dispuestos ambos a morir a lo bueno para llegar a lo mejor.  El matrimonio no es la compraventa de una persona a la  que considero un terreno fértil en la que se siembra una semilla y simplemente debe dar todos los frutos que se quiere.

No va el matrimonio contra el desarrollo humano de la mujer, ni es tampoco un acuerdo de subyugación por parte de ella a su marido en la que renuncia a su unicidad e identidad; el matrimonio no es una hipoteca de sí misma a un extraño en nombre del amor; lo que sucede es que ambos toman la arriesgada decisión de convertir al otro en un fin en sí mismo del cual cada uno es un medio para que lo logre. De lo que se trata es de ser padres sin renunciar a ser profesionales, ni ser profesionales por encima de la paternidad. Los hijos, el matrimonio, la alianza esponsal, el nuevo modo de libertad condicionada, no pueden verse como una amenaza al desarrollo humano, cuando es justamente todo lo contrario pues la familia es el espacio donde podemos desplegar todo lo que estamos invitados a ser.

No todos los pareceres católicos son católicos y el hecho de que cada quien crea que así debe ser y se llame a sí mismo católico y apostólico, no implica necesariamente el parecer o la enseñanza de la Iglesia. Por eso es necesario formarse, conocer la manera como la Iglesia defiende la belleza del amor humano, del amor matrimonial y por eso ha estado dispuesta a dejarse “dar palo” sólo por ayudar al hombre a encontrar el verdadero significado de la felicidad. Enhorabuena por la autora del libro, fue arriesgada al titularlo de esa manera; lástima por aquellos que sólo juzgan por un título y sus prejuicios les impiden acercarse a la posibilidad de re-conocer y replantearse la falsa imagen de una institución que, si bien es cierto ha tenido enormes lunares en su historia, ha ido aprendiendo de sus propios errores y sólo ha luchado por llevar al ser humano a la verdad de sí mismo y de Dios. 

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