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Día de la Infancia: Niños obligados a disfrazarse de adultos

© Andy Dean Photography
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¿Dónde quedan los derechos de la infancia en la sociedad del consumo?

La infancia está sufriendo en los países occidentales un terrible ataque psicológico y social, que podemos describir ya como una nueva forma de violencia: al niño no se le permite comportarse como niño. El reconocimiento de los derechos de los niños está amenazado en muchas partes del mundo: según los datos de la Organización mundial de la sanidad, existen demasiados países donde los menores son explotados por los adultos, privándoles del derecho a jugar, a un ambiente adecuado, a la educación y por esto es importante celebrar la Jornada internacional de los derechos de la infancia y de la adolescencia hoy 20 de Noviembre.

Pero el ataque a los niños tiene características que afectan de cerca a Occidente. La infancia es una época de la vida que el mundo occidental descarta, que siente ajena a sí, a menos que no sea integrada en el pensamiento único dominante y consentido hoy: el de la capacidad de ser funcionales para un sistema que considera a los individuos no como personas, sino como consumidores. Mafalda, la célebre protagonista de los tebeos de Quino, en una célebre viñeta decía desconsolada a los amigos: “Triste descubrimiento, chicos: ¡somos facultativos!” y este era un presagio del malestar de los niños que hoy sienten que llegan al escenario no gratuito del mundo, sino que es funcional para los intereses de los mayores. De hecho, hoy, el niño no está previsto en la sociedad, a menos que sea relegado al papel de guinda del pastel, o bien se integre en la parte del consumidor; se comporte, en resumen, como joven en vez de niño: el único modelo de vida que se admite hoy.

Quien no sabe “hacer de joven”, de hecho, no es aceptado, y se asiste a una carrera donde los viejos quieren rejuvenecer para no parecer lo que son y los niños van hacia el envejecimiento- gracias a los tacones, al maquillaje, alcohólicos ya a los doce años. Y sobre todo el niño no debe comportarse como tal, es decir no debe ser impredecible y temerario, como sería lo normal. Mucho mejor hacerle vivir en un mundo multimedia, lleno de publicidad e invitaciones a gastar, que supera con creces las dos horas entre TV y ordenador, límite propuesto por la American Academy of Pediatrics; transformándolo así en un microconsumidor que tiene la TV en la habitación, que no juega sino que “hace deporte”, que no va de paseo sino “a las fiestas”.

Que ya no es dueño de su casa, donde no debe tocar nada. Las casas están hechas a medida de los adultos, llenas de publicidad invasivas que para vender desinfectantes, hacen ver la amenaza de microbios en cada rincón de la casa. Los niños –y los pediatras de esto se dan cuenta- ya no son “señores” de las calles y de las plazas, donde hace un tiempo eran los dueños, y también han perdido la capacidad de moverse (cuantas obesidades infantiles hoy proliferan también por esto). Hoy solo se mueven si les acompaña una persona mayor; ni siquiera pueden salir de la escuela para ir a casa sin el permiso de sus padres por el miedo a los modernos monstruos del tráfico de las ciudades y de la pedofilia. Monstruos horribles, se entienda bien, pero que no habrían proliferado si, contemporáneamente, no hubiese florecido la indiferencia social. Hace tiempo, el niño era un poco de todos, y si alguien lo encontraba en el barrio o si corría algún peligro, enseguida otra mamá o un amigo del papá, intervenía.

Hoy, sin embargo, reina la indiferencia –una caricatura de la libertad- y con esta excusa se deja actuar a las personas más aberrantes y se deja crecer una ciudad que no está a medida del niño. Es un mundo juvenil saciado pero abandonado, a la búsqueda de aprobación, donde asistimos a fenómenos que nos cuentan los periódicos: bullying y prostitución de menores.

Celebrar la infancia significa celebrar la sana imprudencia que sabe confrontarse con lo imprevisto. Sin embargo lo imprevisto es rechazado por esta cultura occidental. Lo testifica un debate que se dio en una importante revista filosófica internacional, el “Journal of Medical Ethics”, en la que un filósofo llegó a plantearse esta pregunta: “¿Tener hijos es sólo irracional o también inmoral?”. La explicación es la siguiente: el que llega al mundo, antes o después, sufre; por tanto es fácil pensar que cualquier hijo antes o después sufre; y como provocar el sufrimiento está mal, tener hijos es inmoral.

Es una afirmación que provoca un estremecimiento, pero no es una opinión tan innovadora como le podría parecer a alguien. En el debate de la revista otros filósofos discrepaban sobre la irracionalidad o sobre la inmoralidad de tener hijos, sin que nadie argumentase que traer hijos al mundo es sencillamente bello o natural. No sin motivo la Iglesia nos invita a celebrar la Navidad, fiesta que lleva a la atención mundial la figura infantil, celebrando a un niño que es Dios además de ser niño: una señal de respeto debido a cada edad de la vida, sin ningún tipo de exclusión. En ningún momento, desde la concepción hasta la vejez extrema, la existencia humana debe ser considerada descartable o fingir que no es ella misma para poder ser aceptada.
 
Artículo de Carlo Benielli publicado en la edición italiana de L'Osservatore Romano del 20 de noviembre de 2013
 

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