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De lavadoras y esquelas: sobre la libertad de la mujer

© Christopher Boswell/SHUTTERSTOCK
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La peor esclavitud de la mujer es… pretenderla una superwoman

“Kelvinator” era una marca de lavadoras que, allá por 1976, anunciaba su producto ajustando el mensaje a los criterios que dominaban en la sociedad española de la época. En uno de sus anuncios aparecía un caballero con las obligadas gafas de pasta gruesa que, repantigado en un sofá orejero, leía el periódico con el máximo interés. Al buen varón se le veía molesto porque sus hijos correteaban a su alrededor armando escándalo, lo que dificultaba su atención a, qué sé yo, las esquelas del domingo. Al fondo, una bellísima y joven consorte era aplastada por toneladas de ropa sucia que parecía no poder dominar. Como la montonera de sábanas y trapos era ingobernable, la mujer no podía ocuparse de esos vástagos medio salvajes que atentaban contra la tranquilidad de su grave y bien amado padre.

En ese momento, una voz en off profunda y masculina lograba sobresalir por encima de todo el barullo: “¡Pórtese como un hombre!”, decía, y al momento otra vez: “¡Pórtese como un hombre!”. Cuando vi el anuncio por primera vez, hace ya algunos años, pensé que en ese momento, movido por un resorte oculto, el hombre se levantaría y comenzaría a colocar la ropa, que correría al amparo de su sobrepasada consorte. Pues no. El pedazo de carne con ojos y gafas gruesas de pasta negra se levantaba, eso sí, ¡para salir disparado hacia la calle! ¿A dónde? Pues claro estaba, a comprar una “Kelvinator: la máquina de lavar”. Había descubierto que el clima de paz familiar dependía de que el asunto de la ropa sucia se solventase más rápidamente; porque si su mujer empeñaba todo el día en lavar la ropa, ¡quién iba a cuidar de los niños!
           
Este ejemplo bárbaro, pero real, nos muestra el fruto de concebir las relaciones entre los sexos mediante modelos basados en roles. Con mucha frecuencia utilizamos cualquier tipo de discurso para imponer modos de vida a la gente que, ávida de ser como los demás, tiende a seguirlos. Los católicos, que en esto no vamos a la zaga del resto, a poco que nos descuidemos empezamos a generar este tipo de razonamientos encapsulantes, y lo hacemos ampliando más allá de lo sensato el concepto y el contenido de la “ley natural”. A mí siempre me han dado miedo esos católicos que tienen un montón de “criterios claros”. Me los imagino poniendo alrededor suyo todas esas normas que tienen por definitivas como piedras que elevaran una gran muralla y me pregunto: ¿podrá Cristo encontrar algún resquicio por el que pasar, o es que este buen hombre (o mujer) se cree que él solito ya se ha resuelto la vida entera?

Al convertir la “ley natural” en una goma elástica sencillamente la desnaturalizamos. Vamos dando la paliza a la gente con una supuesta indiscutible objetividad cuando sólo hablamos de criterios morales que responden a circunstancias sociales, culturales o políticas, cuando no a simples errores que hipostasiamos o, todavía peor, a la aplicación exacerbada de una suerte de “voluntad de poder”. Recuerdo, al respecto, aquellas palabras de la patrona de Europa Edith Stein, ella misma feminista y filósofa, cuando afirmaba: “es por ello muy difícil aislar en un individuo lo que es innato de lo que debe su formalización a la influencia del entorno”.

Sin embargo, no nos faltan metafísicos que pretendan extraer de las diferencias constitutivas entre el hombre y la mujer la norma sobre quién debe ocuparse de darle el biberón al niño, de barrer bajó el sofá o, por así decir, determinar cuántos platos habrá de fregar cada cónyuge después de la cena. Las tipologías basadas en roles tienden a asumir una visión cerrada de la naturaleza que llega a asfixiarnos.

           
Con esto no quiero decir que no existan determinadas peculiaridades del hombre y de la mujer que estén más ubicadas en el cerebro que en los genitales y que, a partir de ahí, podamos intentar comprender mejor las posiciones que adoptamos ante determinados problemas, en el uso del lenguaje, en la sensibilidad, en las relaciones personales, etc.

Por decirlo de manera que se entienda: que eso de que las mujeres somos de Venus y los hombres de Marte tiene razón en buena medida, pero que hacer de la regla general la única regla aceptada es sacar los pies del tiesto. Las excepciones no “confirman la regla”, sino que más bien se burlan de ella y nos hacen estar atentos a la rica y maravillosa variedad del mundo. Imponer un sistema cerrado de roles, sean estos los que sean, los que llaman “tradicionales” o los más “modernos”, o los de las “feministas” o los que usted quiera, no es más que socavar la libertad ahogando a la mujer en discursos prefabricados, generales e impersonales. Dice la leyenda que Procusto acostaba a sus huéspedes en una cama de hierro y, después de amordazarlos, cortaba las partes que les sobresalían del lecho, o bien estiraba a los bajitos para que su tamaño se acomodase a la medida establecida. Eso es lo que para la mujer significan todos esos discursitos de arregla-mangueras: lechos de Procusto que pretenden someterla según el arbitrio del charlatán de turno.

No obstante, querríamos hoy llamar la atención sobre una problemática con la que se encuentran las mujeres casadas (perdónenme que no pueda hablar más que desde mi propia experiencia, que sé que no es la única. Temo que no avenirme a mi experiencia me lleve también a mí a discursos abstractos y absurdos). Hablo de un problema que genera no pocas dificultades en el hogar. La mujer, algunos se apresurarán a decir que por naturaleza, yo me limito a mostrar mi escepticismo ante tanta premura, tiende a ocupar e imponer su criterio en todas las esferas de la realidad. Seguramente sea porque durante generaciones ha estado encerrada en la casa, teniendo que hacerse cargo de todo lo relacionado con la vida doméstica, mientras el hombre se ocupaba de ganar el sustento.

Sea como sea, el caso es que uno de los problemas más comunes en muchos matrimonios es el predominio de la mujer sobre todas las esferas de la realidad. Con su llegada al mundo laboral asume todavía más cargas, con lo que no puede llegar a todo lo que pretende, pero ceder espacio dentro del hogar le supone, en muchos casos, una gran dificultad y una fuente de sufrimientos. Ante esta frustración, desea que el hombre, como es de justicia, pase a asumir una parte de las labores domésticas. Pero si el hombre quiere hacer algo, ocuparse de alguna cosa, se ve ahora obligado a hacerlo según unas reglas que le son ajenas. Evidentemente este es un motivo habitual de disputas, pues es difícil que alguien pueda asumir la responsabilidad de sus actos cuando se le niega la libertad para llevarlos a cabo. El resultado es que el marido queda recluido en el sillón orejero acusado de inutilidad completa, y allí que se repantiga tan tranquilamente.
           
Esto que voy a decir es un escándalo. Tápense los oídos. Que las televisiones saquen los focos. Afilen las máquinas de escribir. Si la mujer quiere que el hombre asuma más labores en la casa: que ponga lavadoras, friegue los platos, atienda la educación de los hijos, etc., no puede mantenerlo en una minoría de edad que luego, al muy golfo, bien que le viene. La mujer debe dar un paso atrás e invitarle a asumir la responsabilidad de lo que hace. Para ello tendrá que replegar velas y dejar de imponer un régimen de dominio absoluto. Si él ha de ser responsable, que sea libre: que se las tenga que ver con las cosas.

¡No sólo no queremos serlo, sino que no queremos ni siquiera pretender ser superwomen! Y si usted no quiere ser sumisa en esto, si usted, señora, quiere seguir dominándolo todo, ya sabe: le tocará fregar y tendrá un perfecto inútil en casa… ¡Pero si el que tiene que servir es él! ¡Que demuestre que su mujer merece que dé por ella la vida entera! No en vano el segundo volumen de Costanza Miriano (la autora del polémico “Cásate y sé sumisa”) lleva por título “Cásate y da la vida por ella”.

No existe ninguna regla ni medida “natural” ni ideológica que imponer a las parejas. Cada una de ellas tendrá que ver, unida y por amor, cómo han de afrontar los obstáculos de la vida atendiendo a las circunstancias particulares y, por qué no, a las características subjetivas, vocaciones, gustos, preferencias y hasta idiosincrasias que atesoren. Seguro que es verdad -yo estoy convencida- que hombre y mujer, en sus peculiaridades como personas sexuadas, son complementarios: tan segura estoy que propongo que se les deje complementarse sin que deban configurar su vida en común según la ideología de turno ni las variopintas metafísicas gazmoñas que encontramos en el mercado. Nace así un camino educativo para ambos miembros de la pareja, que recorrerán juntos con las dificultades propias de una relación que requiere más fuerzas de las que humanamente pueden ponerse sobre la mesa, pero en las que les acompaña su amor finito y, también, el infinito amor de Cristo.

Así que, por favor se lo pido, si quieren ayudar al desarrollo y libertad de la mujer, empiecen por no aplicarnos sus estrecheces de miras. No nos impongan por decreto ley si hemos de estar o no en el AMPA del colegio, o el número de horas que tengo que trabajar ni, por supuesto, el colegio al que ustedes consideran, por su absurdo y estúpido sistema organizativo, que debo llevar a mis hijos. Si quieren defender a la mujer ayúdenla, que pueda crecer sin tener que sortear los obstáculos derivados de sus “soluciones de partido”. De lo primero que precisamos es de libertad. Pero, ¡quietos! No corran tan presurosos a dárnosla. Siempre que lo han intentado terminaron por encadenarnos. Ya tomaremos nosotras la que queramos y como la queramos. Las mujeres somos muy sensatas: no necesitamos que nos otorguen sus parabienes con ese tono paternalista tan propio de las reivindicaciones de buena parte del feminismo contemporáneo.

Queridos machistas, feministas, periodistas o políticos: ¿tienen ustedes alguna imagen preconcebida sobre lo femenino? ¿Creen que saben lo que somos las mujeres? Pues tiren raudos a la basura todas esas memeces y observen cómo son las de verdad, las que pasean por las calles, las que trabajan, las que aman y sufren, las que dan la vida por sus amigos, las separadas, viudas o divorciadas, las maltratadas, las que cuidan de los hijos (suyos o de otros), las que no los tienen… y aprendan de una vez que hay algo más en la realidad de lo que dice su intocable filosofía, su absurdo, estéril e inútil artificio intelectual.
 

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